Parece conveniente una reflexión ante el hecho de que, a la reseñada presencia de España en Europa, que encuentra su culminación durante el largo Siglo de Oro de nuestra historia, haya seguido un eclipse, si se juzga en términos de presencia activa entre las potencias del continente. Resulta inevitable, sin embargo, una cierta audacia, aunque razonada, para acercarse al tema.

 

3.1. Quiebra de Europa

Europa ha conocido una construcción y también una demolición de sí misma a partir de la edificación y del posterior desmontaje de la cristiandad. Todo lo más significativo de la historia europea gravita sobre esta doble realidad.

La cuestión es que desde la Reforma nos hemos planteado la existencia del hombre europeo al margen de Dios o contra Dios, y gradualmente nos hemos puesto en su lugar, con el designio, más o menos explícito, de llegar a ser su alternativa. La modernidad se propuso descubrir al hombre por su cuenta, pero más bien lo ha encubierto, no con una imagen uniforme, sino con una profusión tal de iconos que ha fragmentado y disgregado la unidad en la concepción del hombre.

La quiebra de Europa se produce mediante la ruptura del vínculo común, del sustrato fundamental, del factor de unidad más poderoso, que era la visión común de Dios y del hombre, a partir de la visión cristiana. Poco a poco viene la fragmentación y la ruptura. Descartes separa la filosofía de la teología, Spinoza niega la posibilidad de los milagros, Hobbbes y Locke proclaman la independencia de la razón, Shaftesbury separa la moral de la religión, Blaunt niega los milagros, Hume rechaza toda realidad trascendente, Wolf niega a Dios el derecho de revelar las verdades de derecho natural, Kant confunde la moral de Jesús con la ética natural, Strauss niega la divinidad de Jesucristo. Desde Lutero a Marx, pasando por todos los ideólogos del racionalismo y materialismo y, hoy del relativismo, el pensamiento se aplica sistemáticamente a desarbolar la concepción cristiana de la vida, mientras reclama la divinización del espíritu humano.

Europa usurpa así la centralidad de Dios, de Cristo y del Evangelio, y la deposita en el hombre, al que sin embargo vacía finalmente de los rasgos esenciales de la naturaleza humana mediante un transformismo ideológico integral.

Pero son esas premisas las que sostienen la superioridad humanista y cultural, las que justifican la afirmación de la libertad, de la razón y del derecho, del progreso, la justicia y la fraternidad. Si en lugar del fulgurante aparato intelectual que cubrió su puesta en escena hubiera aceptado nutrirse de esa matriz, los valores fundamentales que se quisieron abrir camino en esos siglos habrían alcanzado la autenticidad y el dinamismo que pretendían. No fue así.

Porque no es solo la razón la progenitora original de estos valores, ni la columna sobre la que se sustentan establemente. Así lo ha demostrado su evolución. Su fragilidad final se presentía en la insuficiencia de la razón y en su pretendida autonomía, porque se prescindía del soporte teológico y teologal, que es la fuente original de todos los valores humanos, cuya primera raíz es la «imagen de Dios» en el hombre, imagen que posibilita su participación en la realidad de Dios.

Si estas palabras que abren la revelación acerca del hombre son verídicas, y no parece haber duda sobre lo esencial de las mismas, el conocimiento del hombre y su realización en el mundo sólo pueden abordarse eficazmente a partir de esta realidad. El resto de premisas ya han demostrado su inanidad, que explican por qué Europa ha perdido la sabiduría, por qué la humanidad se ha salido de sí misma, y por qué hoy somos el simio del hombre que fuimos.

En lugar de cimentar la unidad sobre la roca de una fe común trascendente, basada en principios de origen divino, como así lo habían reconocido hasta entonces todos los pueblos de Europa, la nueva construcción se apoya sobre unas ideas cuyo primer principio no es siquiera la razón universal, sino una secuencia de opiniones personales o de escuela que invocan la razón, como si la razón y la sabiduría hablara eminentemente por ellos.

Pero, ¿cómo sostener que los conceptos elaborados por quienes han forjado el pensamiento de la Edad moderna son la máxima expresión de la racionalidad humana? ¿Por qué las preguntas y propuestas de estos nuevos profetas son las únicas válidas?

¿Se agota en ellas la razón, la filosofía y la verdad? ¿Se ha hecho alguna vez, de manera sistemática y global, la disección crítica de ese pensamiento y de su operatividad en los campos a los que se ha aplicado? Para determinarlo sería necesario cotejar sus conclusiones con los fundamentos primeros de la Verdad que concierne al hombre, es decir, la Palabra primera que le constituyó y le ha confirmado en su ser, así como la ley natural que lo conforma. Y asimismo, con los elementos que constituyen la suma del acerbo racional de la humanidad, como es la historia y la experiencia que ha fundado la sabiduría de las generaciones precedentes. La verdad –también las verdades particulares– se han de construir con todos los elementos que integran cada realidad.

El hombre es un ser que se sobrepasa a sí mismo absolutamente, incluso cuando se contempla en alguna dimensión particular, porque esa dimensión nunca está aislada de todas las restantes. De hecho, sólo Dios conoce al hombre, por lo que sólo quien conoce a Dios puede acercarse eficazmente al conocimiento del hombre.

Pero el racionalismo ilustrado fue planteado como una alternativa global al conjunto de la visión cristiana del hombre. Intentó anular a la vez su dimensión metafísica y cimentar exclusivamente sobre la razón la ordenación del régimen de la vida social y la comprensión del mundo. Pero tuvo una visión reductivista de todos los problemas que abordó, empezando por su visión del hombre.

Por otra parte, el sujeto de esta arquitectura ya no fue el hombre sino el ciudadano. Pero en cuanto tal ciudadano ya no está ligado a ninguno de sus anclajes esenciales: ni a sí mismo, ni a la nación, ni a la naturaleza, ni a Dios, sino a una abstracción: el Estado. Con Hegel y Marx se instala el culto de las ideas abstractas: nación, Estado, proletariado y, últimamente, la ideología de género. El ciudadano es la creación de un ente teórico y él mismo una teoría forjada por los artífices y agentes del Estado, que finalmente tampoco es nacional, sino colectivo y universal: el reino de este mundo. Nos han vaciado de nuestra realidad primaria y nos han metamorfoseado en un género de realidad inversa, en la que nos hemos encontrado con una apariencia tal vez muy atrayente, pero totalmente vaciada de sustancia humana y sobrehumana. Una figura que se disuelve como un soplo pero que sirve para darle al individuo la sensación de que se ha transformado en un ser superior, según el objetivo al que ha servido la utopía surgida de las tinieblas de los último siglos.

La Ilustración y la modernidad han borrado a Dios de la historia y del espíritu de los hombres. Se pueden hacer entonces todos los elogios que ya conocemos hacia quienes nos han ayudado a levantar la ciudad terrestre moderna. Pero una ciudad levantada contra Dios es un castillo de arena que un niño terraplena con la misma facilidad que lo levanta. Amputadas nuestra raíces, sólo nos queda reconocer: «si no venimos de ningún sitio no vamos a ningún sitio» (A. Finkielkraut, a propósito de la raíces de Europa). A no ser que nos reingertemos.

 

3.2. Paralelismo entre Israel y Europa

El final de Europa, desde una perspectiva espiritual, va ser muy parecido al de Israel, como parecidas han sido sus historias. Israel, pueblo elegido de Yahvé, del que recibió la promesa y la realidad de sus predilecciones; destinado a ser conductor espiritual de los otros pueblos, ya que él conocía al Dios Verdadero, y debía ser el portavoz de Su Palabra, la ejemplarización de sus mandamientos y el símbolo de su presencia entre los hombres. Israel chocó contra el sentido de esta misión, quiso imponer su propia visión y, cuando el Mesías se hizo presente, según su promesa, los representantes del pueblo judío dijeron que no tenían nada que ver con Él. Ahora bien, la conjura sostenida contra Dios nunca queda impune, no como venganza, sino como advertencia y llamada de rectificación. En el caso de Israel fueron tres exilios, el último de los cuales ha supuesto la dispersión durante veinte siglos, más el Holocausto.

Europa ha seguido caminos paralelos. En los últimos siglos Europa ha dicho a Cristo: no te conozco, y ha intentado encerrarle de nuevo en un sepulcro. Tal vez, todavía no hayamos adivinado que la realidad que está en el origen de la atormentada historia de Europa en los últimos siglos, tanto en el orden de las ideas como en la convivencia entre sus pueblos es esta expulsión gradual de Cristo, que deja la historia, personal y colectiva, a la deriva. Porque entonces se desplaza la piedra angular sobre la que se sostiene todas las construcciones humanas.

Europa no sólo ha perdido pie, sino que ha extraviado el camino. Quiso reconstruirse sobre sí misma, sobre la hipótesis de que la base cristiana era inconsistente, pero el resultado es que hoy ya no es más que la ruina y el museo de sí misma. Los caminos de Israel y Europa se iniciaron bajo los mismos auspicios: un impulso espiritual depositado por Dios, para recordarnos que ambos pueblos eran ante todo un pueblo de Dios y un pueblo de Cristo, y que su misión fundamental se inscribía en este contexto. Todo lo demás se le daría por añadidura.

El que Europa haya hecho finalmente superfluo el acontecimiento de Cristo significará que ha hecho estéril el acontecimiento humano y europeo del que ha sido protagonista. El racionalismo ilustrado, que bajo enunciados diversos persiste hasta nuestros días, ha incurrido, de forma paradigmática, en el máximo irracionalismo cuando ha querido anular cuanto representa la persona y la propuesta de Cristo de quien, con diversas expresiones, asegura la Escritura que «no se nos ha dado otro Nombre en el cual podamos ser salvados» (Hch 4, 12). Tras esta ruptura, cualquier insensatez es posible. Quien no respeta a Dios es incapaz de respetar cualquier otra realidad, y carece incluso de la noción misma de realidad: «sin Dios los gobiernos terrestres son grandes bandidajes» (San Agustín, La Ciudad de Dios, IV, 5), texto que Benedicto XVI recordó en su visita el Bundestag.

En este punto, parece interesante observar que los intentos que se hicieron mediante las nuevas ideas para poner las bases de un orden social racional, habían tenido, desde los orígenes de la Edad Media, una experiencia que se ha revelado hasta hoy, tal vez, la más fecunda de cuantas se han desarrollado en el mundo occidental: cientos de lo que se podría calificar como pequeñas repúblicas diseminados por toda Europa, que son en realidad los monasterios, los cuales pusieron en práctica una organización ejemplar de la comunidades humanas que los habitaban, y que han persistido hasta nuestros días en su estructura básica. Ellos fueron las primeras y únicas democracias durante siglos, donde, además de su condición esencial como «escuelas del servicio de Dios», la concepción de la persona y de los derechos humanos, la representación, la elección de los órganos de poder, el equilibrio entre derechos y deberes, etc. tuvieron su formulación práctica en la Regla de San Benito, antecesora, bajo esta dimensión, de las Constituciones modernas

Aquel Código aseguró no sólo la vida espiritual de todas las generaciones de hombres y mujeres que han vivido bajo su inspiración durante siglos, sino que convirtió los monasterios en el germen del desarrollo religioso, cultural y social desde los siglos medios: desde la evangelización de Europa hasta la multiplicación de escuelas, academias y universidades, pasando por el desarrollo agrícola del suelo europeo, la cultura del trabajo y la enseñanza de las artes y la técnica, la pacificación, la apertura de vías de comunicación, incluso hasta los inicios de la industria metalúrgica.

 

3.3. Fidelidad de España a Europa

Pero, en este contexto, hablemos de nosotros. Nadie como España ha sido fiel a la Europa auténtica. Nadie como ella ha resistido y se ha opuesto a esa perversión de la cristiandad. Bajo esta perspectiva, España se ha mantenido más europea que cualquier otra nación de ella, y eso es lo que le ha costado el ostracismo, la leyenda negra y la exclusión.

No somos nosotros los que hemos desenraizado a Europa de su subsuelo, ni los que hemos volatilizado la cultura europea, ni los que hemos proclamado la muerte de Dios, ni los que Le hemos sustituido por el superhombre, que es en realidad un homúnculo.

No es España la que ha desarticulado y vaciado a Europa de sí misma. Ni es en España donde se han formulado las afirmaciones, los conceptos y teoremas en los que cristalizó una fulguración del pensamiento en la que centelleaba lo más brillante de las Luces, pero que encubrían lo más demoledor, hasta entonces, del pensamiento humano. Porque lo más demoledor es la apariencia de la verdad, lo que se desliza hacia su confusión y negación final. Fue España la que, incluso en su declinar político, mantuvo la tesitura espiritual de Europa, y con ella la primacía de las premisas teológicas y ontológicas del hombre y de su historia por encima de los valores de segundo orden imperantes, –sociales, políticos, científicos o filosóficos– que se habían separados de su matriz.

Uno de los momentos más representativos de esta situación es el que se plantea hacia el final de la guerra de los 30 años (1618-48), que culminó las guerras religiosas entre protestantes y católicos. El episodio, conocido como la Polémica de 1635, tiene lugar entre pensadores españoles (Quevedo en su Política de Dios, Pellicer, Guillén de la Carrera, Céspedes y Meneses en su obra Francia engañada, Francia respondida), y franceses (BessianArroy, Ferrier), que tratan de justificar sus propias razones. Para los españoles lo que importa no es el imperio político sino el orden cristiano y teocéntrico de la sociedad. Orden sostenido en valores sustanciales como son la Verdad, el Bien, la Justicia, es decir, valores inequívocos e irrenunciables del orden natural y cristiano, en sí mismos permanentes e irrenunciables. Los franceses sostienen por su parte la primacía del absolutismo regio, de la racionalidad, la coexistencia dentro del pluralismo de opciones políticas y religiosas nacionales. Esta última perspectiva es lo que finalmente se impuso en la Paz de Westfalia.

Hubo, sin duda, valores e ideas válidos que ayudaron a entender y organizar la sociedad sobre una base superior de racionalidad frente a las inercias o despotismos que imperaban en la época. Ideas que se han hipostasiado y han convertido los conceptos de Estado, libertad o democracia en pilares supremos de la sociedad.

 

3.4. Significado de España en Europa

¿Desapareció España del primer plano? Sí, si se trata de la escena política o militar, o de la influencia en el acontecer histórico de Europa. España se eclipsa después de haber entregado el último soldado y el último doblón. El intento de defender a Europa frente a sí misma había recaído, de forma prácticamente exclusiva, en los Estados españoles, muchos de cuyos principados en Alemania estaban contra el Imperio católico. También, en no pocas ocasiones, la Sede Apostólica, que temía el afianzamiento de la hegemonía española.

 Por otra parte, España necesitaba seguir defendiendo las costas españolas del Mediterráneo contra las incursiones berberiscas, y todo el Atlántico contra la piratería internacional que hostigaba sin descanso los mercantes, las costas y las ciudades marítimas de la América hispana. Tras siglos de esfuerzos en todos los frentes al servicio de las causas más noble en el continente, España debió ceder un testigo que nadie recogió en la defensa del catolicismo. ¿Se eclipsaba su destino?

Es dudoso que la verdadera historia humana sea, ayer u hoy, la que discurre en esos escenarios donde se han jugado las confrontaciones entre intereses e influencias opuestas. La historia genuina es la historia del hombre, individual o colectivo, que trata de forjar su realidad humana auténtica, la que ha recibido del Creador. A lo largo del tiempo unos son los que hacen historia, otros los que hacen humanidad, es decir, los que intentan la realización del hombre auténtico.

Pero habremos de esperar a que el Señor y Juez de la historia diga su palabra sobre los acontecimientos humanos cuya dirección Él mismo ha marcado. Algunas ya las ha adelantado: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18), por eso «nadie puede poner otro cimiento que el que ya ha sido puesto: Jesucristo» (1 Cor 3, 11). «Si no es el Señor quien edifica la ciudad, en vano se cansan los que la construyen» (Sal 127, 1), porque “Yo soy Aquel que ahora hace nuevas todas las cosas» (Ap 21, 5). «Yo soy el Alpha y la Omega, estoy en el Principio y en el Fin», dice Él de Sí mismo en el capítulo final de la historia, (Ap 1,8), y treinta siglos antes había afirmado: «mis mandatos son luz y ley de las naciones» (cfIs 51). Son incontables los textos de la Escrituras que hablan este mismo lenguaje. Por eso, Cristo «es el gran artesano del orden y la paz sobre la tierra, porque es Él quien conduce la historia humana» (“Mensaje del Concilio a la humanidad… A los gobernantes”, 3).

El tiempo de Dios no ha pasado porque así lo decreten los hombres. Nadie decide nada acerca de Dios. Es un empeño inútil negarle o rechazarle. Él se afirma a sí mismo, soberanamente, según expresa su propio nombre: Soy el que Soy. Nadie puede negar al que es ni lo que es. El que es se sustenta en Sí mismo, está irrevocablemente por encima de cualquier veredicto que le reconozca o le rehúse La pretensión de sustituir a Cristo en el señorío sobre el mundo y en la dirección de la historia es quimérica, por más que en su momento el pueblo de Israel y, en los últimos tiempos, el pueblo de Europa, lo haya denunciado como un intruso.

De hecho, la historia camina, a pesar de todo, a enlazar de nuevo con el hombre original, el que salió de las manos de Dios. Porque Él no ha renunciado a dar cumplimiento a su proyecto. Con la colaboración del hombre o sin ella.

Frente a la deserción de la mayor parte de Europa, España se empeñó en mantener esta misión. ¿Con qué recursos? Aquí es preciso cambiar el plano de visión porque entran en juego criterios que no son los comunes. En primer lugar, tras Westfalia, España sigue reafirmando su fidelidad a la causa central a la que su pueblo había servido durante siglos: la de Dios. De hecho, la máxima aportación de España a Europa ha sido la de mantener viva, en un rincón de la misma, la memoria de Dios. Hasta que, en nuestros tiempos, el huracán de la apostasía general ha tronchado también esa voz.

Además, España cuenta, en esos momentos, con factores que no pertenecen a la estrategia de los Estados sino al alma de los pueblos, y que todavía durante mucho tiempo demostrarían su viveza. En ese año de Westfalia y en el siguiente periodo de la Ilustración, España era y se mantuvo como una potencia espiritual. Lo cual es determinante en una historia que, como la de Europa, está caracterizada en su conjunto por este signo.

En términos generales, la teología, la mística y, en general, las altas experiencias espirituales, son superiores a otros factores considerados de más decisiva relevancia histórica. Sin embargo, lo espiritual pertenece al hombre como su peculiaridad esencial y signo distintivo, y por tanto es el factor determinante de su historia, cualquiera que haya sido en ella su presencia activa. Ello es lo que otorga su último valor a las realidades humanas. Sin él todos los demás valores, se llamen poder, bienestar, riqueza, fuerza, sabiduría, raza…, son irrelevantes para la construcción del hombre y de la historia auténticos.

Por eso, no es arriesgado insinuar que la mística española, como doctrina y como experiencia vital de la teología, es superior al espíritu de la Reforma y de la Ilustración. Porque el espíritu es superior a la razón. La mística es una experiencia y un saber teórico-práctico, que envuelve la totalidad de la persona y de la existencia. Una experiencia que asciende y se desarrolla en las cumbres superiores del hombre, que penetra en Dios, que por tanto da cumplimiento total al hombre en lugar de entretenerse en teorizaciones sobre él.

Una experiencia que parte de la Verdad Suprema, que centra en ella su indagación, se alimenta de ella y culmina en ella. Es decir, va directa al núcleo de la realidad y del cumplimiento del hombre en La Verdad. Le lleva al núcleo de sí mismo, le permite atisbar las realidades más profundas y decisivas que conciernen a él, al mundo y a Dios. La mística no pasa, al contrario de esas especulaciones y de las realidades que generó. De hecho, España se había impuesto en Trento un siglo antes de Wetsfalia. Sus tesis desarmaron las concepciones protestantes y sostuvieron desde entonces la Europa católica que ha permanecido hasta la Edad Contemporánea y el Vaticano II. Este es un hecho determinante al valorar la contribución de España a la causa de Europa.

 

3.5. Pensamiento y espiritualidad

La filosofía es una divagación en torno a la verdad; la mística es la percepción y la experiencia de La Verdad y del Verdadero. Él es la fuente y la plenitud de toda verdad, tanto de la que indaga el filósofo como la que busca cada hombre. Es la Verdad que nos hace libres y verdaderos. La visión mística y teológica del hombre le acerca más poderosamente a su «significación» y «trascendencia», a su realidad y sobrerealidad. El místico –el hombre espiritual– se sitúa en el terreno del Ser y de la Sustancia. Por tanto, permite la construcción de un hombre y una historia más verídicos.

Por otra parte, los hallazgos hechos por la filosofía de las Luces, entre ellos los más preciados, como los de la libertad o la dignidad del hombre, no fueron en realidad su hallazgo, sino una interpretación más o menos acorde con el talante racionalista de su tiempo. La libertad y la dignidad habían hecho aparición, en grado eminente, en el hombre creado por Dios, al que pertenecían originariamente. Fue la intervención del «Sofista» (el «Padre de la Mentira») la que las hizo entrar en crisis. De hecho, el concepto de «Verdad» es también lo primero que ha anulado la modernidad, porque ésta sólo podía afirmarse a sí misma sobre las ruinas de aquélla.

La mística, como todo pensar religioso y metafísico auténticos, trasciende los fenómenos porque sabe que detrás de ellos hay otras realidades. La persecución de esa metarealidad es la aventura humana más atractiva y, finalmente, la más eficaz. Lo sabe a partir de la premisa mayor de todo conocimiento: la realidad o contexto teológico en que se inscribe el hombre y su obra, así como toda la verdad que conciernen a ambos.

 

 

P. ANSELMO ÁLVAREZ OSB

 

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