España ha antepuesto la teología y la mística a la filosofía. O si se prefiere, ha hecho de lo teologal y místico una filosofía práctica. No se trata de los saberes teológicos, que eran asunto de los expertos, pero sí de una mentalidad y estilo teologales que mientras permitía, entre otras llamativas expresiones, la comprensión de los autos sacramentales –a veces, verdaderos textos teológicos–, sabía interpretar la vida personal y colectiva como una especie de auto sacramental viviente, es decir, de una concepción fundamental de las realidades humanas: las cosas, el hombre, la vida, la historia, bajo una visión espiritual y trascendente. Recuérdese, por ejemplo, que fue la «confesión de fe» católica la que, durante aquellos siglos y hasta tiempos todavía cercanos, iniciaba la mayoría de los testamentos en los que, al llegar los momentos finales, los españoles expresaban y transmitían lo que había constituido su principal riqueza. Siempre, ciertamente, con las sombras y las limitaciones obvias.

Era una voluntad de vivir la vida a la luz y al servicio de Dios: «Dios, primer servido», o «solo Dios»; tal fue la divisa de los españoles durante generaciones. (En el otro extremo, la Rusia cristiana, el testimonio era todavía más contundente: «a Dios lo mínimo que se le puede dar es todo»). España ha preferido el Verbo, que es Logos, Palabra y Vida, a la Razón, porque la Razón sólo es un destello del Logos. No la ha desdeñado pero la ha sometido a la Sabiduría de lo esencial y ha comprendido que la clave para la comprensión del mundo y del hombre es únicamente Cristo. Que Él es la expresión de toda sabiduría y toda ciencia (cf. Col 2, 3), y que lo demás son fuegos fatuos cuando no brotan de esta raíz.

A la vista de nuestra ausencia global en el panorama filosófico de la época de las Luces, la pregunta que algunos se harán es si estamos dotados para el pensamiento filosófico, e incluso para el pensamiento en general. Pero el hecho de que España sea la patria de un pensar teológico, místico, metafísico y jurídico absolutamente sobresaliente, de un pensar que ha hablado con voz tan alta a través del arte, o que ha creado tantas expresiones superiores en el campo de la cultura, que se mueve con tanta facilidad entre lo lúdico y lo trágico, indica que es un pueblo de experiencia y de pensamiento intensamente elevados.

Lo que ha sucedido es que al raciocinio ha preferido, más comúnmente, lo contemplativo, el éxtasis, la oración, aunque haya sido en términos no pocas veces elementales. En pleno siglo de las Luces España produjo el barroco que, mostró la hondura espiritual de su alma, no sólo la del artista, sino la del pueblo al que iba destinado o por el que era solicitado. Quien hace de la mirada al cielo y a la muerte, al Cristo agonizante o muerto y al dolor de la Madre, el centro de su tensión espiritual, es que tiene la intuición penetrante de las verdades esenciales.

Esta experiencia se ha centrado en esas dos realidades que son centrales en el cristianismo universal, las mismas que han tenido en el cristianismo español la máxima representación. Dos realidades que son dos personas: Cristo y María. Jesús recapitula el origen, la dirección, el sentido, la tarea, la plenitud de la historia y del hombre en ella. María es, en el contexto humano y cristiano, la máxima expresión de la cercanía del ser humano a Dios, al mismo tiempo que mediadora entre ambos. Con este significado aparece desde la Edad Media en el parteluz de todas las iglesias de la cristiandad.

En ambos hemos centrado lo más representativo de nuestra experiencia espiritual y humana. España es un pueblo de profundidades, las que elevan más alto la vida y marcan el camino superior de la existencia. Cuando hoy deambulamos por nuestro desierto experimentamos la nostalgia de aquella concepción de la vida que, con todas sus sombras, mantuvo encendida entre nosotros la luz de la única Verdad que ha brillado en este mundo.

España es el país de Europa donde la preeminencia de lo religioso católico ha sido la constante más destacada y durable. Pero esto tiene una significación que trasciende lo propiamente religioso, porque hace de ello el rasgo nacional distintivo, pese a todas las deficiencias que se le puedan imputar. Eso es lo primero que expresó al comenzar a balbucir el idioma castellano: una profesión de fe en el misterio de la Santísima Trinidad, seguido de esta breve oración: Fácanos Deus omnipotens tal servicio fere que denentesua facie gaudiosisegamus, que, ya en «román paladino», suena así: «concédanos Dios omnipotente hacer tal servicio que delante de su faz gozosos seamos» (glosa incorporada a un manuscrito del monasterio de San Millán de la Cogolla, hacia 975). Entre tanto, el primer documento en francés de que se tiene noticia es un tratado militar entre Carlos el Calvo y Luis el Germánico (hacia 842). En Italia, por las mismas fechas, el primer testimonio de la lengua nativa contiene una reclamación de tierras que pertenecen a la abadía de Montecasino. En Inglaterra, simbólicamente, se trata de un contrato comercial (sin fecha).

Hoy podemos percibir que lo único que sigue teniendo vigencia es esa invocación a la Santísima Trinidad, y que el resto se lo lleva la marea del tiempo. España daba a Europa una lección soberana: la historia se asienta sobre Dios o sobre arenas.

 

P. ANSELMO ÁLVAREZ OSB,

 

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