Bienvenido al Foro San Benito de Europa

Europa, cuyas naciones se formaron a la par con su evangelización, es incomprensible sin su identidad cristiana, donde nacen sus raíces comunes y en la que se ha construido su civilización y su cultura. El Foro San Benito Europa, fundación de derecho canónico, tiene como finalidad la creación y desarrollo
 de respuestas a las necesidades sociológicas contemporáneas, desde una perspectiva católica, recuperando la tradición benedictina, determinante en la construcción de Europa.

 

Hace unos años escuché a un presidente de gobierno español afirmar que con las Bienaventuranzas evangélicas no se podía gobernar un país. En seguida me vino a la mente una reciente lectura donde, precisamente, se recordaba que la CDU alemana, en sus estatutos e ideario, toma como referente para su acción política precisamente el Sermón de la Montaña. Por lo tanto, un desmentido en toda regla a nuestro político hispano.

Lo que ocurre es que, quizá por nuestra reciente historia o también por la devaluación ideológica de determinados partidos, se ha olvidado en España que la fe cristiana no es un mero elemento decorativo y para muestra, un botón.

En el año 2012, la canciller alemana Merkel, en una visita a la Universidad de Berna (Suiza), expuso ideas y propuestas sobre el papel del cristianismo inéditas en nuestro panorama cultural. Muchas de ellas al hilo de la relación conflictiva de Europa con cierto sector del Islam. Afirmó, por ejemplo, sin ambages, que se necesitaban “cristianos con coraje con fundamentos bíblicos” y que “todos tenemos la libertad de profesar nuestra religión, de practicarla, y de creer en ella” contra los que les puede la tentación de olvidar la libertad de conciencia y religiosa es uno de los pilares de nuestra civilización.

En este sentido, manifestó que le gustaría que los cristianos conocieran su fe mejor, asistieran a la iglesia y estuvieran abiertos a comprometerse en debates sociales constructivos. Cuando fue interrogada sobre los potenciales “peligros de la islamización de Europa” respondió subrayando que, aunque el terrorismo islamista es una realidad en países como Siria, no es menos cierto que "trágicamente, ello es también una realidad que tiene que ver con nosotros: muchas de estas personas jóvenes yihadistas que luchan allí crecieron en nuestros países".

Advirtió: "el miedo no ha sido nunca un buen consejero", comentando algunas reacciones “defensivas” que tuvo oportunidad de ver en su país. “Las culturas que están marcadas por el miedo no conquistarán su futuro”.

Yendo más allá, se explayó sobre las raíces cristianas de Europa -que han coadyuvado definitivamente a la formación de los valores del Continente-.”Tengo que ser muy honesta (…) me gustaría ver más gente que tenga el coraje de decir ‘soy un cristiano creyente’. Y más gente  que tenga el coraje de entrar en diálogo”.

Verdaderamente, toda una lección de cómo no esconder el valor y las convicciones cristianas en el foro público. Un discurso así, es lo que necesita Europa. Dicho por una laica, que es la canciller alemana y que lidera la Unión Europea, para bien o para mal, es un testimonio fehaciente de la posibilidad de ir sin tapujos práctica política al más alto nivel e identidad creyente: es la fecundidad del Evangelio en la política, una de las formas más altas de la caridad –como ha repetido continuamente el Magisterio eclesial-.

En el contexto alemán, donde la secularización y el abandono de la fe están haciendo mucha mella, Merkel sugirió que la gente debería volver a “la tradición de asistir a los servicios religiosos y tener formación bíblica”. Al no tenerla, continuó, muchos no tienen claros los conceptos básicos, como por ejemplo: Pentecostés. Sobre el debate sobre el Islam y la identidad de Europa, Merkel concluyó: “puede conducirnos de nuevo a nuestras propias raíces y a conocerlas mejor”.

Es claro que vivimos una Europa muy plural, en la que conviven corrientes e idearios muy diversos pero ello no puede significar que la tradición espiritual más señera e importante que ha configurado la cultura occidental sea acallada, como algunos pretenden y la Canciller alemana demuestra no es posible censurar.

En los momentos en que escribo estas líneas, parece que Merkel vive su ocaso político debido a las sucesivas derrotas electorales y que prepara su despedida y sucesión. Sin embargo, es precisamente el momento de reivindicar la figura de esta científica –que estudió en la Alemania del Este- e hija de un pastor evangélico. Es posible que lo que más le haya perjudicado en su etapa final haya sido la gestión de la crisis migratoria a raíz de la guerra de Irak y Siria y haber abierto su país a cientos de miles de refugiados por motivos humanitarios.

Es difícil precisar aún si ha cometido errores graves en su enfoque pero de lo que no cabe duda es que en la raíz de su motivación, volviendo al comienzo de este artículo, está el espíritu evangélico de las Bienaventuranzas. Ante una crisis humanitaria sin precedentes se arriesgó a acoger a las riadas de personas que huían despavoridas de la crueldad del Daesh. Es lo que cuenta. Que se puedan introducir en esa corriente migratoria elementos indeseables es muy difícil de controlar pero, a mi juicio, prefirió beneficiar a la mayoría en su decisión que abandonar a su suerte a casi un millón de personas. Ciertamente este ha sido el elemento clave de su desgaste, quizá por una Alemania amedrentada y a la defensiva que le cuesta recordar que ha sido el faro civilizatorio de la Humanidad durante siglos.

Bajo mi punto de vista, el mandato de la Canciller ha mostrado a las claras, al menos en algunos aspectos, que los principios aún pueden jugar un papel clave en la alta política, que el humanismo cristiano aún juega un papel decisivo en la configuración de nuestro continente y que, al contrario de lo que proclaman algunos, el Evangelio sigue latiendo –discreta pero sostenídamente- en el corazón de Europa. Nos toca a todos nosotros mantener esta llama, que se apaga en la figura de la Dra. Merkel pero que, como ha ocurrido siempre en el cristianismo, no depende de las personas concretas, siempre pasajeras, sino del aliento vital de una fe cristiana creativa y comprometida con los retos y dramas de nuestro tiempo.

 

Gabriel Alonso

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