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Nos consideramos un pueblo paradójico, tantas veces inmanejable para nosotros mismos, por lo que nos movemos entre nuestros propios complejos de inferioridad y las leyendas negras de los demás.

Contradictorio como la propia tierra donde se asienta, o en armonía consigo mismo cuando las alternancias internas se aquietan.

Capaz, como en nuestros días, de no estar de acuerdo ni con Dios ni con su vecino, pero también de haber llevado a cabo empresas comunes portentosas.

Entre esos claroscuros, hemos escogido una porción de hechos que han dejado huella profunda entre nosotros y en Europa. La mayor parte son sobradamente conocidos.

Por eso me limito a su mención y a alguna anotación más o menos amplia según su importancia. Me detengo a mediados del siglo XVII.

Pero sí me voy a extender en una reflexión sobre el sentido y las consecuencias de la Paz de Wetsfalia y la representación que le ha correspondido a España en los tiempos de la modernidad. 

 

P. ANSELMO ÁLVAREZ OSB

 

El Valle de los Caídos, por mor de decisiones políticas interesadas, ajenas a los problemas reales de nuestra sociedad, y que abundan en lo que separa y no en lo que vertebra, cobra de repente una presencia pública que distorsiona, por la forma en que se quiere presentar, su finalidad y su razón de ser.

Según nos narra el papa San Gregorio Magno, en el libro II de sus Diálogos, un joven estudiante en Roma, a finales del siglo V d.C., fue interpelado por el Señor. Aquel joven, Benito, nacido hacia el año 480 en Nursia, escuchó la voz que le llamaba, y, dejándolo todo, siguió a Cristo, y a semejanza de los antiguos monjes, fue a vivir con Dios en la soledad de una cueva de Subiaco. Su hermana, Escolástica, había sido consagrada a Dios desde su infancia. Después de tres años de vida en soledad, Benito decide  compartir el don recibido con otros jóvenes que se acercaban a él, y funda entonces en Subiaco varios monasterios. Basándose en el Evangelio, en la sabiduría de los antiguos monjes y en su propia experiencia, organiza y dirige la vida monástica de estos monasterios.

En torno al año 529, funda en Montecasino un nuevo monasterio, en el que reside hasta su muerte. Allí escribirá una Regla para monjes, norma de vida del monacato cristiano occidental. La Regla de San Benito.

La Regla consta de un Prólogo y 73 capítulos, y, dirigida para monjes cenobitas, es decir, que viven en comunidad, sintetiza toda la tradición monástica. Ordena toda la vida de los monjes, orientándola para la oración, no obstante el propio San Benito, en el último capítulo, la define como mínima regla de iniciación, es un instrumento poderoso para transformar los corazones, imitando a Cristo y agradando a Dios, y que lleva a quienes la practican fielmente a las puertas del encuentro amoroso con Dios. En palabras de San Gregorio, San Benito y su Regla están de tal modo unidos que "si alguien quiere conocer más profundamente su vida y sus costumbres, podrá encontrar en la enseñanza de su Regla todas las acciones de su magisterio, porque el santo varón en modo alguno pudo enseñar otra cosa que lo que él mismo vivió". (Diálogos II, 36).

Sin temor a exagerar, podemos sostener que el legado de San Benito plasmado en su Regla, conforma plenamente la cultura europea y la civilización occidental. Un legado que conformará plenamente la cultura europea y la civilización occidental. Según la tradición, el mismo Papa Gregorio, hacia el 597, encomienda a un grupo de monjes la evangelización de los anglosajones en Inglaterra; allí San Agustín de Canterbury habría propagado la Regla benedictina. En el S. VIII, desde esas tierras parte la misión de otro monje-obispo: San Bonifacio, que predica el evangelio en Alemania, coronando su obra con el martirio en 754. La expansión de la Regla benedictina fue gradual, al ser adoptada sucesivamente en los antiguos monasterios y en los nuevos que se iban fundando. Otro monje de nombre Benito, llamado luego San Benito de Aniano (750-821), es el primer gran reformador monástico. Estudia y recopila las diversas Reglas monásticas existentes, y en su afán de unificación promueve la implantación de la Regla de San Benito en los monasterios del Imperio carolingio. En el año 910 se funda la abadía de Cluny, cuyos primeros abades buscaron manifestar por medio de la liturgia, el trabajo manual y la limosna, su búsqueda de la Belleza de Dios. La alabanza se convirtió en el centro de su vida monástica. Cluny formó una Congregación de monasterios, centralizada en torno a su abad. En estos siglos fue, junto a Roma, el foco de la cristiandad; varios de sus monjes, entre ellos Hildebrando, luego San Gregorio VII, ocuparon la silla de San Pedro.

En Toda Europa surgen monasterios, mientras nacen nuevas familias religiosas, inspiradas también en la Regla benedictina: Camaldoli, Valombrosa, los Silvestrinos, Monte Oliveto. Pero de todas ellas, la llamada a desempeñar un papel preponderante es el Císter. Fundado por San Roberto en 1098, se afianza y expande con San Bernardo de Claraval (1090-1153), el cual le da su contenido doctrinal y su definitiva cohesión como Orden, extendida muy rápidamente por toda Europa.

En 1215 el IV Concilio Lateranense prescribe reuniones trienales de los abades de monasterios de una misma provincia, y visitas periódicas para velar por la observancia. El papa Benedicto XII reagrupa a los monasterios en provincias. Las primeras Congregaciones Benedictinas que se formaron son: Melk (Austria), Sta. Justina de Padua (Italia), Bursfeld (Alemania), Valladolid (España), y Pannohalma (Hungria). EI Concilio de Trento (1563) da a estas Congregaciones un carácter jurídico, y además establece normas sobre el noviciado y las visitas canónicas. En 1618 se erige la Congregación de San Mauro en Francia. En esta época surge una nueva reforma dentro del Císter: la ORDEN CISTERCIENSE DE LA ESTRICTA OBSERVANCIA, más conocida como Trapenses. El abad Rancé propugna en el monasterio de La Trappe, Francia, un retorno a la letra de la Regla de San Benito, en un espíritu de penitencia, oración y trabajo manual.

Hacia finales del S. XVIII y durante el XIX se lleva a cabo en Europa la paulatina supresión de las órdenes religiosas. Pero en la primera mitad del S. XIX comienza la restauración de la vida benedictina. En 1833 Prospero Gueranger restaura la abadía de San Pedro de Solesmes. El 18 de diciembre de 1880, su discípulo Ildefonso Guépin hace lo mismo con la Abadía de Santo Domingo de Silos. Juan Bautista Muard funda la Pierre-qui-Vire en 1850. Los hermanos Plácido y Mauro Wolter ocupan Beuron en 1863. Junto con las restauraciones de los monasterios se crean las nuevas Congregaciones. En Italia Pedro Casaretto realiza la reforma de los monasterios, obra encomendada por el papa Pio IX, y se encuentra en el origen de la Congregación de Subiaco. En 1884 se erige la CONGREGACIÓN DE SANTA OTILIA. Entre 1841 y 1881 se Ilevan a cabo fundaciones en los EE.UU, tanto de benedictinos como de cistercienses. EI papa León XIII va a dar nueva fuerza a este movimiento con la creación de la Confederación Benedictina en 1893, a cuyo frente, como signo visible de unidad, coloca al Abad Primado. El mismo Pontífice restaura el Colegio de San Anselmo (Roma), fundado por Inocencio XI en 1687, que es la sede del Abad Primado y la casa de estudios para la Confederación

La amplia familia benedictina, seguidora de San Benito y su Regla, cuenta con muchas ramas, de las que sobresalen los propiamente “benedictinos” y los cistercienses. Y a su vez, los benedictinos, que pueden ser considerados como los discípulos directos del santo de Nursia, se agrupan actualmente en veinte congregaciones y varios monasterios no pertenecientes a ninguna; en conjunto, forman desde época de León XIII la Confederación Benedictina, habitualmente denominada “Orden de San Benito” (Ordo Sancti Benedicti, O.S.B.).

Por eso, dentro de la Confederación Benedictina se encuentran congregaciones que ofrecen una vertiente eremítica de vida semisolitaria, como la de Camaldoli (de origen italiano; hay además otros camaldulenses, los de la Congregación de Montecorona, que no pertenecen a la Confederación ); otras también principalmente contemplativas pero del todo cenobíticas (de vida comunitaria), como las de Solesmes (de origen francés) y Beuron (alemana), ambas muy volcadas en la Liturgia y el canto gregoriano; otras con una dedicación acentuada a la enseñanza, como la Inglesa o la Americano-Casinense (implantada sobre todo en Estados Unidos), que cuentan con grandes y prestigiosos colegios; y otras con una ventana muy abierta a la acción misionera, como la de Santa Otilia (de origen alemán). La Congregación más grande y difundida es la de Subiaco (de origen italiano), que se divide internamente en diez provincias. En España están implantadas esta última y la de Solesmes.

En la actualidad hay unos 9.000 benedictinos repartidos por los cinco continentes habitables. La mayoría de los monasterios se asienta en Europa y en América, si bien la Orden se está expandiendo con notable vigor en África y Asia. Como podemos ver, la Orden Benedictina es determinante en el desarrollo y configuración de Europa y la civilización occidental, construidas sobre Roma y la Cruz.

Los Benedictinos del Valle.

Entre esos 9.000, una veintena de monjes benedictinos, de la Congregación de Solesmes, viven de forma cenobítica en la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Ora et labora et lege es su forma de vida.

La fundación de la abadía benedictina en el Valle de los Caídos no es coetánea ni con el proyecto de construcción del monumento, ni con la finalización de sus obras. Al comienzo se valoró que fuera una Orden de vida activa la que se encargara del monumento. Sin embargo, la idea de realzar más el culto litúrgico en la Basílica, hizo que en 1.955 se optara por una Orden monástica, y más en concreto por la Orden Benedictina. Por ello, se realizó una solicitud a la abadía de Santo Domingo de Silos, de larga tradición, y restaurado en 1880 por monjes provenientes de la Congregación de Solesmes.

El 23 de agosto de 1957 se publicó el decreto-ley para la fundación, previo consentimiento del Capítulo General de la Congregación de Solesmes. Por su parte, el papa Pío XII emitió el 27 de mayo de 1958 el breve pontificio Stat Crux, caso único en el siglo XX con respecto a la Orden de San Benito, por el cual, mediante esta intervención oficial de la Santa Sede, se disponía todo lo oportuno para la erección inmediata del monasterio en abadía dentro de la mencionada Congregación.

El 29 de mayo de 1958, se formalizó el convenio entre el Estado y la Abadía Benedictina de Silos, por la que ésta se obligaba a, siguiendo los requisitos de la legislación canónica, a realizar los trámites precisos para el establecimiento de una Abadía Benedictina independiente que residiría en el Valle de los Caídos de Cuelgamuros, a orar por el bienestar, la prosperidad y la paz en España,  orar por los caídos en la Guerra Civil,  poner en funcionamiento una Escolanía,  y promover el estudio y conocimiento de la doctrina social de la Iglesia, como instrumento de vertebración de la justicia y la paz social.  En la fiesta del Triunfo de la Santa Cruz, el 17 de julio de 1958, veinte monjes llegados de Silos emprendían el inicio de la vida de la nueva comunidad benedictina en el Valle de los Caídos. Desde entonces, y durante 60 años, los monjes benedictinos han venido cumpliendo con su obligación, estando  su vida organizada básicamente por un código escrito hace quince siglos, la Regla de San Benito, educadora de generaciones de monjes y uno de los libros que han dejado su huella más profunda en la historia general, y no solo espiritual, de Europa.

 

Ámbito jurídico.

Conforme al derecho canónico, una abadía territorial es una determinada porción del pueblo de Dios, delimitada territorialmente, cuya atención se encomienda por especiales circunstancias, a un Abad, que la rige como su pastor propio, del mismo modo que un Obispo diocesano.

En 1960, San Juan XXIII, papa, declaró Basílica a la Iglesia de la Santa Cruz,

 “En este monte sobre el que se eleva el signo de la redención humana ha sido excavado una inmensa cripta, de modo que en sus entrañas se abre amplísimo templo, donde se ofrecen sacrificios expiatorios y continuos sufragios por los caídos de la Guerra Civil de España. Y allí acabados los padecimientos, terminados los trabajos, y aplacadas las luchas, duermen juntos el sueño de la paz, a la vez que se ruega sin cesar por toda la Nación Española”.

Para que un templo pueda alcanzar el título basilical, debe reunir tres requisitos:

  • ser un templo de excepcional esplendor, levantado con un perfil destacado;
  • ser el foco espiritual de una comunidad que es santuario para la multitud de devotos que acuden a él;
  • poseer un tesoro espiritual y sagrado, dando culto ininterrumpido al Señor, a la Virgen y al Santo venerado en él.

Conforme al Instrumento de Ratificación del Acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede sobre asuntos jurídicos el Estado garantiza a la Iglesia las actividades que le son propias, y en especial, las de culto, jurisdicción y magisterio; reconoce la personalidad jurídica civil y capacidad de obrar de las Órdenes religiosas, sus provincias y sus casas; los lugares de culto tienen garantizada su inviolabilidad con arreglo a las Leyes, sin que puedan ser demolidos sin ser previamente privados de su carácter sagrado, debiendo, en caso de ser expropiados, ser oída la autoridad eclesiástica competente, que en el caso de una abadía no es sino el abad, o en su caso, el Papa.

 

La Cruz del Valle

La Cruz del Valle mide 150 metros de altura, y sus brazos miden 46 metros. Hasta la fecha, la cruz más grande del mundo. La cruz es el resumen de toda la teología cristiana. Es el misterio de la salvación en Cristo, que mediante su Pasión, muerte y resurrección ha dado al mundo la reconciliación y la Nueva Alianza. Es la evidencia de un Dios que para vencer el mal, se hace hombre, se abaja, anonadándose, entregándose, amándonos hasta el extremo, dando su vida por nosotros. La Cruz es esperanza, victoria, luz. Escándalo de judíos, y tildada de necedad por los griegos, instrumento de tortura cruel y humillante, es el signo seguro de la salvación y la gloria.

San Benito usaba el signo de la cruz con singular fe y confianza, como signo de salvación, verdad y purificación de los sentidos. Ello le valió para salvarse del intento de envenenamiento que sufrió, quebrando el vaso que contenía el veneno con la sola señal de la cruz hecha sobre él. También ordenó a sus monjes que se hicieran el signo de la cruz sobre el corazón para vencer la perturbación provocada por el maligno. Esa cruz que, como reza la medalla de San Benito, queremos que sea la luz de nuestra vida.

Ese y no otro es el objetivo, puesto de manifiesto ya no de una forma velada, sino expresa y claramente. Derrumbar la cruz. No por razones políticas, que son ajenas a la misma, sino por lo que realmente significa. Cristo. La orden benedictina contribuyó esencialmente a la vertebración y construcción de Europa y la civilización occidental. Son los enemigos de las raíces cristianas de nuestra sociedad los que pretenden destruir la Cruz.

 

FRANCISCO JOSÉ HERNÁNDEZ RAMOS

PRESIDENTE DEL FSBE

Explicación  del anverso:

En las medallas antiguas, en el anverso aparece la figura de San Benito, rodeado de la frase latina: Eius in óbitu nostro preséntia muniámur, es decir,  "que a la hora de nuestra muerte, nos proteja tu presencia". El santo aparece con una cruz en la mano derecha, mientras que en la izquierda porta la Regla de la Orden Benedictina. Asimismo aparece a la izquierda de San Benito una copa y a la derecha un cuervo. Esto tiene su razón de ser  en un acontecimiento de la vida de San Benito. Estuvo viviendo como ermitaño en una cueva, a lo largo de tres años, con fama de santidad. Fallecido el abad de una comunidad religiosa, ésta se llegó a él, con el fin de pedirle que tomara su relevo. A algunos de los “monjes” de dicha comunidad no les gustó la idea, y planearon matarlo, envenenándolo con vino y con pan. San Benito hizo la señal de la cruz sobre la copa de vino y el pan, momento en el que supo que estaban envenenadas, cayendo la copa, y encomendando a un cuervo que se llevara el pan. Encima de la copa y el pan, que se colocan bajo sendas columnas, que enmarcan al santo, aparece la expresión Crux Sancti Patris Benedicti.

Esta expresión en medallas más actuales, es la que aparece circundando a la figura de San Benito.

Explicación del reverso: 

  • El reverso viene presidido por una cruz. En cada uno de los “cuarteles” que forma la cruz, aparecen las letras:  S. P. B. Crux Sancti Patris Benedicti: Cruz del Santo Padre Benito
  • En el palo vertical de la cruz:  S. S. M. L. Crux Sácra Sit Mihi Lux. Que la Santa Cruz sea mi luz.
  • En el palo horizontal de la cruz:  D. S. M. D. Non Dráco Sit Mihi Dux. Que el demonio no sea mi jefe.
  • En la orla que recorre la circunferencia, y empezando por la parte superior, en el sentido del reloj:  R. S. Vade Retro Satána. Aléjate Satanás
  • A continuación:  S. M. V. Non Suáde Mihi Vána. No me aconsejes cosas vanas
  • Subsiguiente aparece  M. Q. L. Sunt Mála Quae Libas. Es malo lo que me ofreces
  • Finalmente, y cerrando la circunferencia,   V. B. ípse Venéna Bíbas. Bebe tú mismo tu veneno

En la parte superior, encima de la cruz suele aparecer unas veces la palabra PAX y en las más antiguas IESUS.

 

Historia de la Medalla:

El origen de esta medalla se fundamenta en una experiencia espiritual que se nos narra por el papa San Gregorio Magno, en el Libro II de los Diálogos, sobre la vida de san Benito.. El Padre de los monjes usó con frecuencia del signo de la cruz como signo de salvación, de verdad, y purificación de los sentidos. Quebró el vaso que contenía veneno con la sola señal de la cruz hecha sobre él; venció la perturbación por el maligno de sus monjes, mandándoles que hicieran la señal de la cruz sobre sus corazones; la cruz era la firma de los monjes en su carta de profesión, si no sabían escribir. La cruz como símbolo de la pasión de Cristo, que vence el poder del mal y de la muerte.

Se desconoce la fecha de origen de la medalla. En el siglo XVII, en Nattenberg -Baviera-, hubo un proceso contra unas mujeres acusadas de brujería. En el proceso, estas mujeres reconocieron que nunca habían podido influir malignamente contra el monasterio de Metten, de la orden benedictina. Y lo atribuían a que estaba protegido por una cruz. La curiosidad llevó a la investigación de esa cruz, lo que trajo consigo que se encontraran en las tapias del monasterio varias cruces pintadas, con unas siglas misteriosas que no supieron descifrar. La clave de la interpretación apareció en la biblioteca del monasterio, en un libro miniado del siglo XIV. Entre las figuras aparecía una de san Benito alzando en su mano derecha una cruz que contenía parte del texto que se encontraba sólo en sus letras iniciales en las astas cruzadas de las cruces pintadas en las tapias del monasterio de Metten, y en la izquierda portaba una banderola con la continuación del texto que completaba todas las siglas hasta aquel momento misteriosas.

En el pasadol siglo XX, se encontró otro dibujo en un manuscrito del monasterio de Wolfenbüttel, en la Baja Sajonia, en el que se representaba a un monje combatiendo contra el mal, que venía simbolizado en una mujer con una copa llena de todas las seducciones del mundo. El arma del monje en su defensa, es una cruz que levanta, y que contenía la parte final del texto.

El uso de la medalla fue aprobado por el papa Benedicto XIV, en marzo de 1742. Dom Gueranger, liturgista y fundador de la Congregación Benedictina de Solesmes, comentó que el hecho de aparecer la figura de san Benito con la santa Cruz, confirma la fuerza que su signo obtuvo en sus manos. La devoción de los fieles y las muchas gracias obtenidas por ella es la mejor muestra de su auténtico valor cristiano.

Cada vez que celebramos esta fiesta del Apóstol  Santiago nuestra imaginación se remonta ante todo al pasado: a la tradición de su presencia en España, a la aparición de la Virgen que le visitó en Zaragoza para animarle ante el escaso fruto de su evangelización  en estas tierras. Lo que no dice la tradición es si aquella decepción se refería sólo al desinterés de aquellos celtíberos, o también a la premonición sobre la deserción de los actuales ante aquel mensaje del Evangelio.   

Santiago nos dejó la siembra y las raíces de lo que fue el constitutivo esencial de lo que más tarde sería España. Porque todo lo que hemos sido y hecho de más importante bajo la condición de españoles lo hemos identificado, tanto nosotros mismos, como desde fuera de nuestras fronteras, con la adhesión a Cristo, a su fe y a su Evangelio. Ellos han sido nuestra inspiración permanente, aunque con las inevitables limitaciones humanas.

Esta festividad y todo lo que evoca nos invita a reflexionar sobre el momento actual de aquella predicación que nos engendró para el Evangelio y que inspiraría con el tiempo lo más significativo de nuestra trayectoria histórica.

Una Nación no es sólo el conjunto de sus habitantes, de sus hechos históricos o de su cultura.  Una nación, lo mismo que una persona, es ante todo su alma, su espíritu, sus valores sustanciales, lo que define la línea más profunda sobre la que se han sustentado el vivir de las sucesivas generaciones, lo que ha alimentado las convicciones más profundas de sus individuos y de sus comunidades. Son aquellas afirmaciones básicas en las que ha creído y a las que servido, y sobre las que ha constituido la base de su estructura fundamental

Lo que hoy está en juego para nosotros es que España pueda seguir siendo ella misma cuando la estructura básica de sus instituciones y ciudadanos ha sido sustituida por realidades antagónicas.

La ruptura, en España, con casi todo lo que nos ha venido dando una identidad común dentro de una diversidad secundaria, se volverá contra nosotros. Dejaremos de reconocernos un pueblo común y todo lo que hemos sido y hecho en su nombre: los sacrificios y las grandezas, la riqueza sencilla de la vida cotidiana y las acciones históricas más significativas. España será entonces el nombre de una realidad pasada. Porque ya no habrá una tierra que nos transmita una savia colectiva.

Entonces tendremos, tal vez, la amistad de los poderes de este mundo, por los que nos hemos dejado empujar hacia esa catástrofe moral. Y tendremos el aplauso de esa modernidad, demoledora de todos los auténticos valores humanos. Pero no tendremos la de Dios. Y si no es Dios quien inspira y “construye nuestra ciudad”, en palabras de la Biblia, si no damos a Dios lo que es de Dios, en la esfera personal y pública, en vano trabajaremos para edificar un futuro y una nación habitables.

Sin Dios ni nos respetaremos entre nosotros, porque ya no nos reconocemos ni como hermanos ni como compatriotas, ni nos haremos respetar por nadie, porque sin Él nadie ni nada es respetable para nadie. Y si no es Él “quien custodia la ciudad y sus habitantes”, sigue diciendo la Escritura, nadie tendrá ni capacidad ni voluntad de asumir esta tarea de una forma acorde con la verdadera naturaleza del hombre.

Hemos llegado a un punto en el que hemos anulado todas las convicciones del pasado respecto a la realidad del hombre y de la historia, y con ello nos hemos quedado fuera del hombre y de la historia.  Porque no somos nosotros quienes determinamos  las reglas del juego, es decir,  las  normas y finalidades esenciales que rigen la vida personal y colectiva de acuerdo con la voluntad del Creador. 

Si no existiera la ley natural, el Evangelio, la Palabra de Dios, la muerte de Cristo por el pecado del hombre, podríamos tener alguna justificación, aunque entonces habría que preguntarse si merece la pena esta historia en la que cada uno piensa, cree y hace lo que le parece bien, como si en una orquesta cada uno tocara su propia partitura. Pero escuchamos a Jesús que dice: “ si Yo no hubiera venido y no hubiera hablado no tendrían pecado, pero ahora no tienen excusa” (Jn 5, 22 porque Él ha venido y hablado como sólo corresponde a ese Artífice del mundo y del hombre.

Hay una única historia: la de Dios, en Sí mismo y en Su obra; en Sí mismo y en el hombre. El mismo Jesús, Hijo de Dios, no llevó a cabo otro destino que realizar la obra que el Padre la había encomendado: “he concluido la obra que me encomendaste (Jn, 4, 34); “Todo está consumado” (Jn 19, 30), ni pronunció otras palabras que las que el Padre le confió (Jn 7, 17), ni hizo otra cosa que la voluntad del Padre: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 5,36; 6, 28)

La misión de Santiago entre nosotros puso las bases del genio religioso y cristiano de la futura España. Ello hizo posible que, durante siglos, nuestra nación conociera una de las aproximaciones colectivas más perseverantes a este bosquejo de Dios sobre el hombre. Nuestro tiempo, en cambio, ha conocido la voluntad de poner fin a este destino de la providencia, de “cambiar la conciencia de España”, como se proclamó en la tribuna del Congreso de los Diputados hace unos pocos años.

Pidámosle que este designio nunca se consume y que, por el contrario, reafirmemos esa conciencia en cada uno de nosotros.

 

Homilía del P. Anselmo Álvarez  OSB en la celebración de la solemnidad de Santiago Apóstol.   25 de julio de 2018

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