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Fecundar la herencia cristiana: nuestro reto histórico
Fecundar la herencia cristiana: nuestro reto histórico

    El autor norteamericano Rob Dreher, con su reciente libro de impacto en EE.UU ya publicado en otras lenguas, ha puesto sobre la mesa un sugerente debate. En definitiva, se trata de cómo las comunidades cristinas (de diferentes confesiones, recuerdo que él es ortodoxo, aunque inicialmente converso al catolicismo) pueden y deben afrontar su presencia vivificante en medio de una cultura y una sociedad a menudo beligerantes o cuando menos indiferentes con el hecho religioso, léase cristianismo en el contexto occidental.

   No voy a abordar aquí la tesis referida (cfr. la entrevista al autor en ABC Cultural 1/02/19) ni entrar en la discusión originada (por ejemplo, se ha propuesto un complemento formulado como “opción paulina”, véase www.eldebatedehoy.es  31/1/19, por el prof. Sánchez Garrido) Pero sí estimo conveniente extraer las referencias a la tradición benedictina y su pertinencia en el siglo XXI. Dreher alude en términos filosóficos, en versión contemporánea del filósofo Alasdair MacIntyre, al comunitarismo pero este enfoque, que apuesta por seguir el hilo conductor de la propia tradición cultural, espiritual y humana de cada comunidad social, religiosa, etc –ante la inconmensurabilidad de los puntos de partida de cada cosmovisión, esto es, la imposibilidad de convergencia ante presupuestos tan dispares en sociedades tan plurales-, contiene el riesgo y la semilla de la introversión: contra una auténtica “Iglesia en salida” (de la que tanto habla y a la que anima el actual Pontífice).

    Es bien sabido el papel crucial que jugaron los monjes altomedievales en la conservación de la cultura clásica pero es menos conocido su función dinamizadora de la sociedad de entonces. Los monasterios, no en vano S. Benito es invocado como patrón y fundador de Europa y su regla monástica aún es admirada incluso en ámbitos no específicamente cristianos, jugaron un decisivo rol en la construción del continente, y no únicamente como savia espiritual sino también en el plano económico, demográfico y pedagógico. La paternidad del monacato, especialmente del benedictino, sobre la configuración del espíritu europeo es indudable.

    Ahora bien, cada generación debe afrontar sus responsabilidades ante la Historia y enfrentarse a los retos del momento. Así como nuestros antecesores supieron fecundar e impulsar la civilización occidental con un cristianismo que significó levadura y fermento en aquel entonces, hoy es nuestro turno y con un horizonte aún mayor pues se trata del conjunto del planeta, debido a nuestra era de globalización e hiperconectividad.

    En este sentido, el prof. Sánchez Garrido, en el artículo antes citado, acierta al apostar por que las comunidades cristianas sean oasis pero no guetos (encerrados en sí mismos) y en semillas de mostaza –en términos evangélicos- en la sociedad de hoy, no olvidando la necesaria acción evangelizadora, no sólo a nivel personal, sino también en el ámbito político (en su sentido amplio, la “polis” griega, el espacio público) y lo que S. Juan Pablo II dio en llamar “los nuevos aerópagos” -en alusión directa a la predicación de S. Pablo en Atenas-. Y Benedicto XVI: “el atrio de los gentiles”, referido al espacio del Templo de Jerusalén reservado a los no judíos.

    Pues bien, desde mi punto de vista, así como en otros periodos de la Historia la religiosidad intrínseca de la condición humana servía de base y fundamento para la predicación y propuesta cristiana (un magnífico análisis de su importancia se puede encontrar en los escritos del próximamente proclamado santo  cardenal J. H. Newman) hoy podemos encontrar este punto de partida, a mi modo de ver, en la consideración positiva del legado de la tradición cristiana en la fundamentación y dinamismo de los valores comúnmente compartidos incluso en el mundo laico. A nadie se le escapa que fenómenos sociopolíticos medulares como los Derechos Humanos, la democracia liberal (libertad e igualdad ante la ley) y las aspiraciones a una globalización más justa, fraterna y solidaria (universalismo de matriz cristiana) son producto de unas raíces muy bien definidas, las que se hunden en el humus evangélico de Jesucristo.

    De un modo más concreto, afirma el reconocido filósofo y escritor I. Gómez de Liaño en una reciente entrevista periodística (a la pregunta: “¿Cuál es, en su opinión, el lugar de la religión en un sistema democrático como el nuestro?): “En esto coincido bastante con el filósofo español –aunque él escribió en inglés- Santayana. El cristianismo católico tiene unos valores culturales y poéticos extraordinarios. La liturgia también. De manera que yo creo que eso, independientemente de la fe que uno pueda tener, de si hubo resurrección o no, etc. tiene ese valor moralizador y poetizador. Esos son valores muy importantes para la humanidad, incluida la humanidad democrática. En ese sentido, la religión que ha aportado más ha sido la versión católica del cristianismo, y también ciertas versiones del budismo”.

     En este sentido, Karol Wojtyla, recoje en su volumen “Signo de contradicción” (1978) la espléndida referencia de otro conocido pensador, materialista ateo, compatriota suyo, Kolakowski, respecto a los diversos intentos de eliminar a Jesucristo de nuestra cultura: “Semejante intento es obra de gentes ingenuas, que se imaginan que el ateísmo vulgar no solo puede bastar como Weltanschauung, sino que además puede autorizar a mutilar la tradición cultural según el propio parecer doctrinario, privándola así de su jugo más vital” (p. 137). Concluye: “no se puede, sin romper la continuidad de la vida espiritual, hundir en el ‘no-ser’ la persona de ese hombre, que a través de los siglos fue…ejemplo de los valores más nobles. Él encarnó en su persona la capacidad de expresar en alta voz su verdad, la capacidad de defenderla hasta el fin y sin compromisos, la capacidad de resistir hasta el final frente a la presión de la situación establecida, que no lo acepta. Enseñó de qué forma, sin recurrir a la violencia, se puede enfrentar uno consigo mismo y con el mundo. Fue por todo ello un ejemplo de esa autenticidad radical a la que todo individuo humano puede con los propios valores dar verdaderamente vida” (pp.137-8).

    Frente al hecho cristiano podemos advertir hoy un notable desapego, indiferencia o incluso desdén en no pocos ambientes. Sin embargo, en muchos espíritus atentos y honestos intelectualmente pervive el reconocimiento del enorme valor y aportación de la fe cristiana a la civilización, así como el aprecio incondicional de la figura de Jesús –independientemente de la consideración sobre su Persona-. Desde mi óptica este es un punto importante a partir del cual se puede volver a proponer la fe: si la religión cristiana ha aportado tanto a la Historia y a la humanidad en su conjunto, y la figura de Jesucristo sigue suscitando interés y atractivo después de más de 2.000 años, por qué no plantearse de un modo radical y sincero aquella vieja cuestión que formuló Hugo Grocio referida al Derecho Natural: pasando del “etsi deus non daretur” (como si Dios no existiera) al “etsi Deus daretur” (concedamos que Dios existe).

    La religiosidad natural humana hoy se desdibuja en neblinas New Age y espiritualidades etéreas y desinstitucionalizadas: la libertad moderna, mal entendida, se contrapone a la búsqueda de la verdad y a las formulaciones dogmáticas, como si no fueran otra cosa que proposiciones que sintetizan el contenido de la fe que se profesa. Pero, sin embargo, recuperemos una gran pregunta: ¿responde la fe cristiana a los más profundos anhelos de la condición humana? Y, si es así, y somos capaces de no reducirla a un sueño infantil, despreciando su autenticidad (etsi Deus daretur), como han hecho los “maestros de la sospecha” (como los denomina P. Ricoeur: Marx, Freud, Nietszche), o ha dejado un rastro luminoso de amor y fraternidad humana en la Historia.

    Bien es cierto que mezclado, como afirma el Evangelio, el trigo con la cizaña, el bien con el mal, porque es ese nuestro sino desde la caída original el resplandor de la Verdad, la Bondad y la Belleza, la tríada que consiste el envés del Ser puede ser rastreado en el devenir humano y, como afirma Pascal en sus “Pensamientos”, hay la suficiente luz para verlo quien busque honestamente y la suficiente oscuridad para negarlo.

    Regreso al monacato benedictino, ante su labor de faro iluminador de la circunstancia vital del Medioevo, tenemos un hito más de esa gran herencia que es la tradición cristiana –presidida por su cabeza, Jesucristo mismo- que a nosotros nos toca renovar y revitalizar para hacerla accesible a los hombres y mujeres de hoy. Pero considero que es una falsa disyuntiva optar por ser oasis en medio de la increencia y la secularización o fermento creyente en medio de la levadura del mundo. La tarea de todo cristiano es hacer brillar el resplandor de la fe, así como lo hicieron nuestros predecesores, cada uno en el lugar donde esté y en la coyuntura que le sitúe la vida. Los primitivos cristianos no se plantearon estrategias de expansión, en el ámbito público, ni de retirada, en el vínculo eclesial, simplemente afrontaron los que le tocó vivir, eso sí, plenamente encarnados evangélicamente en la Historia: fuera el martirio en las persecuciones o fuera la presencia pública a partir de Teodosio (380 d.c).

    Lo importante en definitiva, es la sinceridad, radicalidad y autenticidad de la vida cristiana y el genio creador que impulsa la misma determinarán el tipo de presencia en la sociedad. Los monjes lo lograron con su vida de contemplación y trabajo, constituyendo los monasterios un foco de civilización. Quizá hoy nos toque, para ser creíbles, vivir el cristianismo con la misma intensidad, disciplina y ascesis que ellos pero, en un mundo descreído, ser luminarias, antorchas, auténticos “teóforos” (portadores de Dios) que comuniquen de nuevo, con su vida, con su estar en el mundo, la esperanza y la Buena Nueva de la “civilización del amor” (Pablo VI).

Gabriel Alonso

¿Lamento por Notre Dame...o por Europa?
¿Lamento por Notre Dame...o por Europa?

Escribo estas líneas la mañana del Domingo de Resurrección y, en una fecha así, no está permitido el desaliento; sólo lo totalmente contrario, la esperanza. Este Lunes Santo pasado ardía la catedral parisina dedicada a la Bienaventurada Virgen María, Notre Dame. Se han podido leer y escuchar muchos comentarios históricos, culturales, religiosos y numerosas metáforas y simbolismos evocando paralelismos de todo tipo.

Déjenme aportar el mío. La catedral francesa es un gigantesco homenaje a la Madre de Dios y, a la postre, a su Hijo Jesucristo: ante todo y sobre todo, no cabe olvidarlo. La ya anunciada reconstrucción será llevada a cabo por muchos motivos, todos legítimos y plausibles, pero me temo que muchos de ellos desgajados del origen último que la hizo posible. Los tiempos cambian y la “Europa de las catedrales” ya no existe. No lo subrayo con nostalgia pues cada momento histórico vive sus peculiares circunstancias; el actual en nuestro continente es el del eclipse de Dios.

Pero los grupos de personas rezando contemplando arder Notre Dame, los repetidos y variados homenajes espontáneos que ha recibido la construcción, las vidas arriesgadas por los bomberos y demás equipos y la sensibilidad unánime que ha despertado el acontecimiento hacen pensar en que no hay mal que por bien no venga.

Lo que cabe preguntarse es que si por mucho que hayan mutado los tiempos, se puede relegar la centralidad de la intención cúltico-litúrgica de un templo tan emblemático. Lo digo por lo siguiente. La Catedral parisina es el monumento más visitado de la capital francesa, que es llamativo en una ciudad como la capital francesa y es tanto como decir el más frecuentado por los visitantes de toda Francia. La última vez que lo visité me causó una profunda impresión un hecho relevante. Había establecido una suerte de circuito turístico que recorría los diferentes rincones y permitía contemplar las maravillas del edificio sagrado. Este estaba repleto de turistas, por miles ellos. Sin embargo, había una zona solitaria y totalmente vacía: era la girola tras el altar mayor. Allí, tras sortear unos cordeles y carteles –a izquierda y a derecha- que anunciaban que era un lugar de oración, se encontraba el sagrario con la Eucaristía. El espacio estaba completamente apartado de la masa de visitantes, pero ninguno, en aquel momento, había traspasado la delimitación y entrado a orar, reflexionar o, simplemente, descansar en silencio contemplativo.

Aquello me impactó. Riadas de gentes visitaban la gran catedral de París pero ninguna era capaz de penetrar el sentido profundo de toda aquella belleza, de todo aquel esfuerzo arquitectónico, de ese titánico canto a lo divino. Para los medievales que construyeron durante siglos estos templos existía una certeza, Dios existe, y aún más, estas construcciones quedarían vacías de sentido sin la presencia sacramental de Dios entre sus muros. Sin embargo, para sus herederos del siglo XXI, la razón de ser última y el valor primero y fundamental del Templo pasaban completamente desapercibidas. La soledad de la Presencia eucarística, como escondida en el conjunto catedralicio tras el altar mayor, solitaria y abandonada era una gran paradoja y una metáfora del olvido de Dios. Parecía como si el interés real estuviera en los muros,  vidrieras, rosetones, bóvedas y columnas –por muy espléndidos que fueran- y la adoración a Dios fuera algo secundario y marginal, arrinconada, nunca mejor dicho, en un lugar apartado y olvidado cuando eran miles de personas las que estaban en el interior. Ciertamente desolador y pensaba para mis adentros: ¡qué confusión, qué desnortamiento, qué injusto para Dios y para las gentes de ayer y de hoy!. Ni que decir tiene que pasé un rato largo en oración delante de la Eucaristía, durante el que no pasó nadie por allí, oyendo el murmullo de fondo de los numerosos turistas que visitaban el recinto, aparentemente sin perder detalle, excepto…lo más importante: lo que daba sentido a todo lo que contemplaban.

Pero, como decía S. Pablo, “examinadlo todo y quedaos con lo bueno”. Hay muchos aspectos positivos y esperanzadores en que Notre Dame fuera lo más visitado de París y en la reacción unánime de aprecio y valoración, cada uno desde su perspectiva, ante el desastre del incendio. Por un lado, me parece ser indicativo de una cierta nostalgia como la que expresa certeramente Mikel Buesa en una lograda Tercera de ABC: “La pregunta: ¿merece la pena –incluso desde posiciones agnósticas- minusvalorar o abandonar un Cristianismo que, con todas las críticas que se quiera, ha estructurado nuestra cultura y nuestros valores: el sentido de la vida, la dignidad de la persona, la hospitalidad, el perdón, la piedad, la solidaridad, la compasión, la cohesión social y un Occidente que muchos repudian sin saber lo que está en juego?”. U hoy mismo, Ramón Tamames: “Personalmente, me parece la manifestación más excelsa de Dios (el cristianismo), porque estamos influidos por toda esa cultura”.

Por otra parte, el que una catedral cristiana siga siendo el símbolo de Europa, de la historia de Francia, y del corazón de la cultura del continente europeo es también sumamente indicativo y clarificador, a pesar de que hubo corrientes que se negaron, en su momento, a explicitar lo obvio: que no se puede entender la europeidad sin la fe cristiana (como ocurrió en el texto constitucional de la Unión Europea –en el que se suprimió cualquier referencia a este hecho inapelable-). La conciencia elemental de la sociedad civil, una vez más, contradice las mentes ideologizadas de los políticos que en su cegera sectaria negaron la evidencia.

Pero demos un paso más hacia donde quiero llegar, el simbolismo o paralelismo que voy trazando. Para los que no lo conozcan Paul Claudel fue un célebre escritor, poeta y diplomático francés (1868-1955), hermano de Camille Claudel, de vida dramática, conocida escultora amante de Rodin. Formó parte de ese deslumbrante rencimiento cultural católico francés de la primera mitad del siglo pasado -que incluyó todos los campos del humanismo-. Claudel, a los dieciocho años, experimentó una profunda conversión al catolicismo hasta el punto de plantearse ingresar en la vida monástica benedictina. Fue la el día de Navidad (1886), el 25 de diciembre. Y la ocasión fue, precisamente, el asistir al rezo litúrgico de las Vísperas del día de la Natividad del Señor, en Notre Dame de París. Cantaba la escolanía de voces infantiles el “Magnificat” bíblico cuando fue protagonista de una experiencia mística que le brindó la certeza pacífica de la presencia del Misterio de Dios en su interior y en nuestras vidas: “Yo estaba de pie, en medio de la multitud, junto a la segunda columna, cerca de la entrada para el coro, a la derecha, del lado de la sacristía. Y allí se dio el acontecimiento que domina toda mi vida. En un momento, mi corazón se sintió emocionado, y tuve fe. Tuve fe con tal intensidad de adhesión, con tal exaltación de todo mi ser, con una convicción tan poderosa, con tal seguridad, que no quedaba margen para ninguna especie de duda

Lógicamente su proceso de conversión espiritual tuvo sus causas remotas (búsqueda personal, lecturas como Rimbaud y su sensibilidad poético-simbólica, etc) y causas próximas. Entre las últimas, estuvieron el contexto en que fue tocado por la gracia divina aquella tarde del día de Navidad. El culto litúrgico, el canto infantil de un texto bíblico, la imagen de Nuestra Señora con el Niño, la luz tenue del atarder –matizada por las vidrieras-, y un corazón dispuesto, sin lo cual la obra del Espíritu Santo es imposible. Aún hoy se puede acudir al rincón que describe el dramaturgo y embajador, a los pies de una columna y allí hay colocada una placa conmemorativa del suceso: no en vano fue uno de los grandes escritores franceses del siglo XX.

He entresacado estas frases textuales (en internet se encuentra el relato completo fácilmente) por su significación de cara a lo que sigue a continuación. Se dice que en la Edad Media se pudieron construir catedrales porque tenían certeza y no una mera opinión, como le ocurre a la civilización occidental hoy. Para llevar a cabo ciertas empresas hace falta un convencimiento firme y no únicamente conjeturas.

Claudel traspasó el umbral de la incertidumbre a la seguridad en la fe por un movimiento interior suscitado por la gracia divina que supo acoger y hacer suyo. De ahí nació una obra literaria que también significó un monumento a la fe católica. Pero este proceso no se produjo, finalmente, sino por las “piedras vivas” que constituyen el conjunto de la Iglesia como Cuerpo Místico: la multitud de  creyentes celebrando el Oficio divino, los niños cantores, la alabanza litúrgica, la intercesión de la Virgen María, en la advocación de Nuestra Señora, y la del Niño que acababa de nacer en Belén, la acción santificadora del Espíritu Santo…Sin esta presencia viva, los vidriales, rosetones, columnas, crucerías y arcos góticos se quedan en mera estética que ciertamente puede llegar a conmover pero no a convertir el corazón de raíz, tal y como describe Claudel.

De ahí el simbolismo de su conversión, precisamente en Notre Dame. El escritor, cuando se introdujo en la Catedral encontró un ambiente propicio, habitado por la fe y el culto: lo que le envolvió misteriosamente no fue el impacto de una visita turística, sino un entorno presidido por la presencia central de lo divino. Hoy, sin embargo, quizá porque los propios cristianos hemos convertido nuestras catedrales más en lugares de visita histórico-cultural que en templos vivos, la Presencia sacramentada de Cristo vivo permanecía solitaria, apartada, marginada: quizá también por tantos miles de personas que pasan por allí que, en su ignorancia o en su indiferencia, olvidan Quien habita en aquel rincón trasero del edificio.

El gran desafío es la conversión de los corazones. Hay planes ya multimillonarios de reconstrucción, plazos e incluso se debate sobre modelos de restauración de Notre Dame. Todo ello es magnífico y es de alabar y agradecer, ahora bien: ¿mueve al mundo la recuperación de un gran símbolo de tantas cosas o, como en el caso de Claudel, lo simbólico –Rimbaud y su simbolismo poético- es la preparatio evangelica que nos acerca a la grandeza de la fe: como los neoplatónicos para San Agustín? Esos bellos muros y esas hermosas torres han permanecido firmes, a pesar de que la techumbre y la portentosa aguja neogótica se derrumbase entre llamas. Como una metáfora de la solidez y la certeza de la fe cristiana de nuestros mayores, quizá sea una invitación a prolongar su labor durante siglos: constituir una Iglesia viva, como una nueva atmósfera envolvente como la que acompañó aquella tarde navideña a Claudel, y retornar a situar en el centro, no el continente sino el contenido de estos grandes templos: la presencia real y eficaz de Dios y la intercesión maternal de la Bienaventurada Virgen María.

Todo ello hizo posible la profunda conversión espiritual de nuestro gran escritor, ¿no es el momento de “vencer el mal con el bien” y partiendo de un error humano -el que dio lugar al pavoroso incendio- “reconstruir el templo en tres días”, también el Cuerpo de la Iglesia, en lo que nos toca y podemos, con la ayuda de Jesucristo –su Cabeza-, para reedificar no sólo Notre Dame, sino también Europa? Para hacer de ella el lugar propicio para una profunda mutación de nuestra frialdad e indiferencia y que el Continente pueda volver a ser un faro de civilizaciones, no sólo como arte o cultura, sino también en las profundidades del espíritu humano.

De este modo, tantos y tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo podrán encontrar la calidez mística que Paul Claudel halló en Notre Dame, y que le envolvió luminosamente en el instante más precioso y preciado de su existencia: su conversión a Dios. Así la corona de doce estrellas sobre el fondo azul mariano que forma parte de la bandera de la Unión Europea volverá a recuperar su verdadero simbolismo: la preminencia de Nuestra Señora (el título de la catedral parisina) sobre la construcción -siempre en marcha- del alma de Europa.

 

Gabriel Alonso

Domingo de Pascua de Resurrección 2019

Ética y política: a los cuarenta años de la constitución de 1978
Ética y política: a los cuarenta años de la constitución de 1978

Como saben los lectores, entendemos por ética la reflexión racional sobre la acción humana desde el punto de vista del bien o del mal. Y por política, en su sentido etimológico, lo relacionado con la “polis” (ciudad, en griego) y la consecución del bien común para la colectividad. Es importante delimitar bien la terminología que empleamos para no dar lugar a confusiones: algo, desgraciadamente, tan común hoy en día por el vaciamiento de sentido del lenguaje. Estas precisiones, además, nos ayudarán en el análisis que a renglón seguido abordaré.

Posteriormente a la Guerra Civil se produjo en España un maridaje entre política y religión que se etiquetó como nacionalcatolicismo. Más que una ética lo que imperaba en los comportamientos personales y sociales era una moral (mors, moris: costumbres, normas) en este caso fruto de la cosmovisión católica. Y el modelo político fue el resultante de un entorno geopolítico determinado y de un contexto histórico nacional incoado antes de 1936, que explotó cruelmente durante el conflicto bélico y se desarrolló, en una de las versiones en liza, en la postguerra y el posterior régimen socio-político.

Finalizada esta etapa, y a la sombra de la amenaza del regreso de la confrontación de las llamadas “dos Españas”, tuvo lugar la Transición, cuyo máximo exponente fue el marco constitucional aprobado hace ahora cuarenta años. Fue un proceso de reconciliación nacional, de pactos, de acuerdos y de consensos. Todo ello bajo la impronta de sensibilidades muy dispares, aglutinadas, amalgamadas, por el deseo de paz, de concordia y de mirar al futuro y dejar atrás el pasado. Fruto de este nuevo escenario, y precedido por el Concilio Vaticano II -que apostó por la autonomía de las realidades temporales y la libertad de conciencia- surgió un nuevo panorama sociológico: ya no sustentado por la moral católica ni por un estado confesional, sino plural y diverso.

En este contexto, hace aparición la necesaria sustitución de los valores vigentes hasta aquél entonces por los mismos u otros -pero fundamentados ya no en convicciones religiosas o tradicionales (también posiblemente razonables o razonados)- sino por una reflexión ética que facilitara el encontrar puntos axiológicos en común para fundamentar la convivencia. Es decir, se hizo preciso lo que se dio en llamar una “ética civil” a partir de la cual edificar el futuro social y político (en la acepción descrita del término) de nuestro país.

Esta nueva ética de mínimos (como un mínimo denominador común, compartido) no excluía, ni tiene porqué hacerlo, la tradición moral anterior (cristiana), sino que debe hacer converger lo mejor de cada sensibilidad en una sinergia que potencie y aúne la pluralidad  y lo diverso. En este sentido, los católicos españoles también aportaron mucho en la evolución de la Transición política y es de justicia reconocerlo, ignorarlo un grave error. El nuevo marco de valores constitucionales, de derechos y de garantías jurídicas no fue ajeno a los denodados esfuerzos tanto de la jerarquía como de los políticos católicos. Por lo tanto, no cabe contraponer la nueva ética sociopolítica iniciada con la Constitución con la moral anteriormente vigente que supo, en buena parte, adaptarse al nuevo momento histórico.

Pero no podemos quedarnos en la Historia ni en la reivindicación legítima del pasado. La gran cuestión es qué ética civil rige la sociedad española en estos momentos: ¿hemos logrado elaborarla e interiorizarla? ¿hemos conseguido confluir en valores comunes que nos permitan convivir y mirar al futuro con esperanza? Pareciera como que a los españoles nos hubiera costado construir una ética social racional, y por lo tanto aceptable por todos, al menos teóricamente, y nos siguiésemos dejando llevar más por la/s ideologías que por el debate reflexivo y constructivo. Quizá continuamos condicionados por el apasionamento propio de los países mediterráneos y no hemos alcanzado, a la vez que un consenso político en torno a la democracia y la Constitución, un gran acuerdo social en torno a los pilares éticos que pueden sustentar la nación (“un proyecto sugestivo de vida en común”, como afirmaba Ortega y Gasset).

Es cierto que las últimas décadas han sido el tiempo de la postmodernidad y del debilitamiento del poder de la razón, la era del “pensamiento débil”, y que algunos autores, como el filósofo A. MacIntyre y los comunitaristas, han apostado por la vigencia de las corrientes intelectuales y tradiciones culturales particulares –ante la “inconmensurabilidad” de las diferentes posturas y puntos de partida en los debates cruciales (antropológicos, sociales, políticos, etc)- pero también lo es el que, más allá de la diversidad ideológica, muchos países están sustentados por coordenadas cívicas compartidas que facilitan los acuerdos básicos y fomentan la paz social.

En España, precisamente, estos aspectos han comenzado a resquebrajarse en cuanto algunas minorías, élites con capacidad de influencia, han iniciado una labor de desautorización o impugnación del pacto constitucional de 1978. Son minorías puesto que entre la población española se da un apoyo masivo al marco legal del que celebramos cuarenta años de su aprobación en referéndum. ¿Qué ha fallado entonces, qué ha podido ocurrir? A mi modesto entender, lo que se ha larvado a través de los años y de las circunstancias es un olvido parcial de la tan necesaria tarea de reconciliación entre españoles, un deber constante y a renovar –continuadamente y con esfuerzo- en cada generación.

La sustitución de este deber ético nuclear, objetivo perfectamente compartible desde cualquier postura ideológica verdaderamente humanista, y fundamento de cualquier ética cívica y de mínimos, por la confrontación y el retroceso  hacia el resentimiento y la demonización del adversario intelectual o político –que no enemigo- es en buena parte la clave de la actual situación de crisis y anomia (falta de normas) moral que vivimos. Durante muchos años, y aún hoy, nos ha acechado la corrupción sobre todo en el ámbito de lo material: el enriquecimiento fácil, el hedonismo craso, la ostentación, los abusos de poder, etc. Pero de unos años a esta parte nos amenaza una corrupción si cabe aún peor: la moral, la de querer arrojar sobre los otros la exclusión, el reproche frontal, la condena sectaria y sin matices…y el cultivo de nuevas idolatrías perniciosas, que como todo culto idolátrico, ha de sacrificar víctimas en sus nuevos altares, ofreciendo en no pocas ocasiones la dignidad de las personas como ofrendas a los nuevos dioses.

Pues bien, el aniversario de la Constitución española debiera conducirnos a recordar los motivos fundamentales por los que fue pactada, a renovar las motivaciones y los valores que dieron lugar a su elaboración y posterior aprobación masiva, y a defender el gran pacto social y ético que supuso de acuerdo y olvido de afrentas mutuas. Que haya corrientes ideológicas disconformes y reivindicativas de un cierto revisionismo no es de extrañar pues esa posición ya existió a mediados de los setenta y trató de obstaculizar (tal y como se produjo) el proceso democratizador que tuvo lugar. Lo que ocurrió es que se impuso la voluntad de concordia incluso en los sectores que más podían sentirse damnificados.

Esta es, me parece, la tarea imperativa de todo ciudadano de bien y máxime de los católicos actuales, herederos de los que contribuyeron enormemente en la Transición política: desde una ética civil, desde la reflexión racional, contribuir a la renovada reconciliación nacional, a la superación de los resentimientos y odios históricos, a la búsqueda de puntos en común y, en definitiva, al olvido de dinámicas de confrontación que, apoyadas en afrentas reales o imaginadas pero completamente anacrónicas, puedan servir para de nuevo abrir cajas de Pandora que, afortunadamente, la Historia se encargó de cerrar con siete llaves a los ojos de la inmensa mayoría de la población española.

Gabriel Alonso

Este trabajo se elaboró inicialmente cuando 

se preparaba la Constitución Europea, pero

su espíritu se supera después de ser rechazada.

Por eso, parece conveniente mantener la alusión a la misma

y las consideraciones que sugiere.

                       P. Anselmo Álvarez OSB

 

No abordo este tema ni desde la perspectiva política ni como historiador. Invoco ante todo mi condición de monje, pues son conocidos los vínculos muy estrechos que tenemos con Europa. Si me permiten esa libertad: Europa es cosa nuestra desde su cuna: conocemos la criatura de la que, en buena medida, hemos sido progenitores, a la que hemos educado y conducido hasta su mayoría de edad. Después hemos acompañado sus pasos y sus aventuras -y desventuras-. Hoy estamos un poco perplejos ante esta criatura, como seguramente les ocurre también a muchos de Vdes.

La actuación de la Iglesia y de los monjes desde la primera hora, dio a la configuración europea un signo cristiano y teológico muy perceptible, representado en Cristo, el Evangelio, la Fe, la Gracia y la cristiandad.

 Por eso me acerco al tema a partir de algunas consideraciones inspiradas en la teología de la historia, que viene a ser el saber más certero acerca de las profundidades del acontecer humano. En realidad, sólo quien conoce a Dios conoce al hombre: en Él, en cuanto origen de todos los seres, está el arquetipo primordial de todos ellos, y en particular el de quien lleva su misma imagen. Por eso, es imprescindible mirar a Dios para reconocer al hombre.

Este hecho sigue siendo determinante a la hora de comprender más exhaustivamente los acontecimientos humanos y sus protagonistas, y es desde luego clave para discernir muchos de los factores esenciales que intervienen en la crisis actual de Europa. Se va a tratar, por tanto, de una evaluación hecha desde los presupuestos y valores que ella misma se dio como marco de referencias fundamentales, y que han permanecido vigentes, en el conjunto de la sociedad europea, hasta tiempos todavía muy próximos. Ello hará que algunas de las valoraciones que siguen puedan resultar inusuales, y desde luego políticamente incorrectas. Me permito sugerirles que, en este punto (como en otros), se atrevan a practicar esta incorrección como muestra de una buena salud intelectual.

¿Por qué hablar de desintegración cuando Europa está viviendo desde hace más de cincuenta años la euforia de su unión y está recorriendo tantas etapas en ese camino?

 En realidad, son dos las sendas que Europa tiene abiertas ante sí: las institucionales, que marcan los pasos de la unión política, jurídica y económica; por otra parte, las que señalan el cambio de signo de la conciencia europea. Es aquí donde se encuentra el fermento de esa deconstrucción a que el hombre europeo parece cada vez más fervientemente entregado. Se trata de la cuestión que ha centrado la reflexión de tantos observadores de la realidad europea desde la perspectiva de su crisis espiritual. Empezando por escritores rusos como Dowstoviesky, Berdiaief y Solzenytzin, o los occidentales contemporáneos como Thierry Molnar, Giovanni Reale, Remy Brague, George Weilgel y, en otro nivel, Juan Pablo II (Carta Apostólica Iglesia en Europa, 2003), Benedicto XVI (entre otras obras Europa, grandeza histórica y moral), y los documentos de las Conferencias Episcopales Europeas.

¿Qué ha sucedido en este orden de cosas?, ¿cual ha sido el desencadenante de esta desintegración en curso? Como causa fundamental parece que hay que señalar la disolución del núcleo a partir del cual tomó cuerpo y sobre el que se mantuvo compacta la realidad histórica europea: su universo metafísico, espiritual y humanista. O más exactamente, el alejamiento respecto a ese núcleo, ya que la naturaleza suprahistórica del mismo asegura su integridad por encima de los vaivenes humanos.

La inestabilidad fundamental que recorre el espacio humano europeo proviene, en efecto, del alejamiento de ese núcleo; todo lo que se separa del centro se desintegra, como se desintegra el cuerpo separado del alma. La subversión del mismo ha trastornado sustancialmente la figura y el espíritu del hombre europeo, y ha desarticulado su contextura interior. Ha sido un fenómeno de larga gestación en el que han intervenido diversas concausas: la acción de las filosofías iluministas y de las ideologías materialistas, el agotamiento de las ideas e impulsos históricos, el debilitamiento de la fe en los valores trascendentes, la decisión deliberada de poner fin a un ciclo histórico multisecular aunque no se dispusiera de un modelo de recambio, como sucedió con la declaración del fin de la modernidad, para la que no hubo ninguna propuesta alternativa.                          

En todo caso, la desintegración de Europa tiene el sentido y el efecto de una desvertebración de la misma, consiguiente al empeño de renunciar a sus genes, aun  a sabiendas de que no es posible anular o transmutar los genes sin que el organismo perezca. De hecho, la construcción política del continente se está levantando sobre las ruinas de la vieja casa europea, mediante una acción deliberada que proyecta el nuevo edificio con materiales y diseños que son extraños a su estructura fundamental, aunque algunos de ellos vengan siendo ensayados desde hace tiempo.

Un Pueblo, o una comunidad de Pueblos, no es sólo una geografía, unas fronteras o una población; ni siquiera es el resultado de la existencia de un Estado, de un sistema político o de una Constitución. Todo eso forma también parte de la configuración de los pueblos, pero es sólo su infraestructura. Con esos elementos en cualquier momento y lugar puede hacer aparición casi de la nada una nueva nación, como sucedió en Oriente Medio después de la 1ª y 2ª guerras mundiales, o en el África descolonizada.

Los elementos esenciales de un pueblo vienen determinados por el espíritu, la tradición, la historia, los valores espirituales y morales, la cultura, la lengua, las instituciones naturales como la familia y la sociedad. Ellos son los que definen su identidad –su alma-, y su eclipse provoca su decadencia o su ruina, aunque persista una fachada.

La situación de Europa

En 1982 San Juan Pablo II, en su labor pontifical, viajó a España. Estuvo entre nosotros diez inolvidables días. El papa acudió a Santiago de Compostela, para rezar con sentida devoción ante la tumba del Apóstol. Allí, en Santiago, al final de su viaje apostólico, en la Catedral, ante los Reyes de España, y autoridades españolas y europeas, el papa polaco presidió el Acto Europeo, el 9 de noviembre. En el discurso que pronunció San Juan Pablo II puso de manifiesto cómo la historia de la formación de las naciones europeas “va a la par con su evangelización”, o cómo “la identidad europea es incomprensible sin el cristianismo, y que precisamente en él se hallan aquellas raíces comunes, de las que ha madurado la civilización del continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva también en los demás continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria”.

A la vez de realizar este reconocimiento, y de bendecir a Dios por haber iluminado con la luz evangélica este continente, San Juan Pablo II advertía de la severa crisis en la que encontraba a Europa, tanto en la vida civil como la religiosa. A la primera la veía, (¡hace 36 años!) afectada por las consecuencias de las ideologías secularizadas, que niegan a Dios, limitan la libertad religiosa, la preponderancia del éxito económico respecto de los valores humanos del trabajo y la producción, la expansión del hedonismo y el materialismo, que atacan los valores de la familia prolífica y unida, los de la vida recién concebida, la tutela moral de la juventud; el nihilismo que impide afrontar los problemas cruciales como los de los nuevos pobres, emigrantes, minorías étnicas y religiosas, recto uso de los medios de comunicación, a la vez que “arma las manos del terrorismo”.  A la segunda, la vida religiosa, la veía dividida no por razón de las rupturas protestantes, sino por la defección por parte de los bautizados y creyentes de las razones profundas de su fe y del vigor doctrinal y moral.

Visto en perspectiva, pasado el tiempo desde ese discurso, es evidente la inteligencia y la capacidad de análisis del Santo Padre. Los problemas de la sociedad europea actual son los descritos en 1982, ante la tumba de Santiago. Sin embargo, y como no podía ser de otro modo, San Juan Pablo II no se limitó a realizar un certero análisis. El papa Wojtila se dirigió a los corazones de los europeos, desde la meta del Camino de Santiago:

Por esto, yo, Juan Pablo, hijo de la nación polaca que se ha considerado siempre europea, por sus orígenes, tradiciones, cultura y relaciones vitales; eslava entre los latinos y latina entre los eslavos; Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo. Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades.

Así es. Un grito lleno de amor: vuelve a encontrarte, sé tu misma, descubre tus orígenes, aviva tus raíces.  Y una receta sencilla, pero definitiva: Europa, abre tus puertas a Cristo.

 

La Fundación Foro San Benito Europa

El Foro San Benito Europa, más allá de su forma jurídica concreta, es una idea largamente madurada, que tuvo su germen en el seno de la comunidad benedictina de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, auspiciada de forma significativa por el P. Anselmo Alvarez, en la actualidad Abad Emérito.

La importancia de la orden benedictina en la construcción de Europa es determinante. No en vano, Nuestro Padre San Benito, como se refieren a él los benedictinos, fue declarado Padre de Europa por Pio XII, en 1947; y posteriormente patrón principal de Europa, por Pablo VI, en 1964. Es curioso cómo con posterioridad, Juan Pablo II añadió como patronos de Europa a los Santos Cirilo y Metodio, Santa Catalina de Siena, Santa Brígida y Santa Edith Stein, todos pertenecientes al orden monástico. En palabras del P. Anselmo, OSB:  Europa, ayer creada por los monjes, hoy encomendada a su protección y defensa.

Europa, entre los siglos V y  XII se vertebra por el monacato, muy especialmente el benedictino. La evangelización de Europa tiene lugar, en esa Edad Media no por medio de la predicación, aunque se pudiera usar, sino por el contacto directo con la fe y con el Evangelio, encarnados en la vida de los monjes. Estos dan testimonio por medio de su vida y de la práctica litúrgica, como lugar del encuentro con Dios.  De hecho fue una gramática latina, creada para comprender la liturgia, uno de los instrumentos más eficaces de evangelización. En palabras de Benedicto XVI, pronunciadas en Monte Casino, lugar fundacional de la orden benedictina, en mayo 2009: “En vuestra Abadía se toca con la mano el quaerere Deum, es decir, el hecho de que la cultura europea ha sido la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle”. S. Benito hizo de este objetivo la razón de ser del monje: buscar a Dios, escuchar a Dios. Los fines propios del monje son los que han modelado su imagen, pero también los que han dado figura a Europa, y los que definen y construyen la realidad del hombre: ora et labora et lege: oración, estudio y trabajo. Ello configura el  cristianismo como el primer y más persistente cohesionador Europa, hasta hacer de ella una comunidad de pueblos muchos antes de que naciese la Comunidad Europea, representada en el Sacro Imperio Romano-Germánico desde año 800. Una misma fe que posibilitó la unidad política, religiosa, cultural, lingüística del occidente.

Los monjes son igualmente pioneros en la construcción cultural europea, la enseñanza escolar y universitaria, las bellas artes, el arte románico y gótico, trabajo del campo, y una larga lista de saberes transmitidos gracias a su acción.

La cuestión es si, dada la situación actual de Europa, advertida por Juan Pablo II en el discurso citado, en la que el triunfo del relativismo, el hedonismo, el materialismo, las nuevas formas de marxismo, tales como lo políticamente correcto o la ideología de género, limitadoras de la libertad, y atentatorias contra la dignidad del ser humano, pretenden crear un modelo social diseñado para destruir al individuo, tiene sentido el ora et labora et lege. ¿Está vigente San Benito como vertebrador de Europa? ¿Tiene Dios el sitio central en nuestra sociedad? ¿Reconocer a Cristo como piedra angular es el camino de la reconstrucción del hombre europeo? La respuesta sólo puede ser una: sí.

Este es el camino que el Foro de San Benito Europa quiere describir. En sus fines estatutarios, la Fundación pía se marca seguir la tradición de los monasterios benedictinos, de la mano de la Abadía Benedictina de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, buscando dar una respuesta desde la fe a los problemas que acucian el hombre occidental hoy, especialmente al español. Para ello el Foro San Benito impulsará iniciativas dirigidas al estudio y promoción de la cultura cristiana europea, colaborar en la medida que se requiera con la Abadía en la realización de los fines de culto propios, dando a conocer la liturgia, todo ello desde la perspectiva de la tradición benedictina y de la Nueva Evangelización. Poco más actual que la Regla de San Benito, instrumento que ha permitido la vigencia de una institución durante quince siglos.

El Foro de San Benito Europa quiere acompañar al hombre europeo en su viaje de regreso al reencuentro con Jesucristo. Esta web que está leyendo, amable lector, es el foro donde llamaremos a que discurran personajes de muy diferentes ámbitos, que nos darán su mirada cristiana sobre Europa, y muy especialmente sobre el ser humano en Europa. Pero queremos que sea algo más que una acumulación de contenido doctrinal e intelectual. Queremos que eso sea algo vivo, como nuestra fe, encuentro personal y real con Jesús. Ello nos llevará a realizar actividades como edición de libros, conferencias, o seminarios, en los que tratemos en comunión los problemas que debemos afrontar.

En este sentido, y también acompañando a la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, pretendemos adentrarnos en la observación, estudio y valoración, rentabilizando su eventual herencia, del Centro de Estudios Sociales, que tuvo sede en el Valle de los Caídos, y cuya labor fue determinante en la profundización y desarrollo de la doctrina social de la Iglesia, en aras de soslayar las graves desigualdades sociales, causa, no única pero sí importante, de parte de los grandes dramas de nuestra historia reciente.

Es decir, y en resumen, ora et labora et lege. Tan antiguo y tan actual. Tan sencillo y tan complejo.

No quiero dejar de poner de manifiesto dos cuestiones. La primera es que los que me antecedieron, con mucho mayor acierto y capacidad, fueron capaces de crear el Primer Congreso Benedictino, que será también materia recurrente de nuestro trabajo divulgativo. En segundo lugar, que por encima, y sobre todo al margen, de todas las interesadas polémicas, los benedictinos en general, y los del Valle en particular, nada tienen que ver con sistemas políticos o ideológicos, nada tienen que ver con fronteras, ni con las contingencias particulares. Eso no es más que el rumor de aguas que pasa bajo sus puentes, desde hace más de quince siglos, y que acaba perdiéndose en el mar del olvido. Los monjes son presencia silenciosa ante Dios, al margen de contingencias inmediatas, pero atentos al latido vivo de sus hermanos y de la sociedad en la que viven.  Los monjes en general, en especial los benedictinos, y en particular los de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos deben seguir teniendo el papel esencial que han tenido desde el siglo V, mucho más trascendental de las cuestiones circunstanciales y momentáneas.

El Foro quiere responder al grito lleno de amor de San Juan Pablo II: despertar Europa, reconstruir su identidad desde el cristianismo, volviendo a las raíces comunes, recuperando su cultura, su dinamismo y su actividad de expansión constructiva.

 

Francisco José Hernández

Presidente Fundación Foro San Benito Europa

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