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Este trabajo se elaboró inicialmente cuando 

se preparaba la Constitución Europea, pero

su espíritu se supera después de ser rechazada.

Por eso, parece conveniente mantener la alusión a la misma

y las consideraciones que sugiere.

                       P. Anselmo Álvarez OSB

 

No abordo este tema ni desde la perspectiva política ni como historiador. Invoco ante todo mi condición de monje, pues son conocidos los vínculos muy estrechos que tenemos con Europa. Si me permiten esa libertad: Europa es cosa nuestra desde su cuna: conocemos la criatura de la que, en buena medida, hemos sido progenitores, a la que hemos educado y conducido hasta su mayoría de edad. Después hemos acompañado sus pasos y sus aventuras -y desventuras-. Hoy estamos un poco perplejos ante esta criatura, como seguramente les ocurre también a muchos de Vdes.

La actuación de la Iglesia y de los monjes desde la primera hora, dio a la configuración europea un signo cristiano y teológico muy perceptible, representado en Cristo, el Evangelio, la Fe, la Gracia y la cristiandad.

 Por eso me acerco al tema a partir de algunas consideraciones inspiradas en la teología de la historia, que viene a ser el saber más certero acerca de las profundidades del acontecer humano. En realidad, sólo quien conoce a Dios conoce al hombre: en Él, en cuanto origen de todos los seres, está el arquetipo primordial de todos ellos, y en particular el de quien lleva su misma imagen. Por eso, es imprescindible mirar a Dios para reconocer al hombre.

Este hecho sigue siendo determinante a la hora de comprender más exhaustivamente los acontecimientos humanos y sus protagonistas, y es desde luego clave para discernir muchos de los factores esenciales que intervienen en la crisis actual de Europa. Se va a tratar, por tanto, de una evaluación hecha desde los presupuestos y valores que ella misma se dio como marco de referencias fundamentales, y que han permanecido vigentes, en el conjunto de la sociedad europea, hasta tiempos todavía muy próximos. Ello hará que algunas de las valoraciones que siguen puedan resultar inusuales, y desde luego políticamente incorrectas. Me permito sugerirles que, en este punto (como en otros), se atrevan a practicar esta incorrección como muestra de una buena salud intelectual.

¿Por qué hablar de desintegración cuando Europa está viviendo desde hace más de cincuenta años la euforia de su unión y está recorriendo tantas etapas en ese camino?

 En realidad, son dos las sendas que Europa tiene abiertas ante sí: las institucionales, que marcan los pasos de la unión política, jurídica y económica; por otra parte, las que señalan el cambio de signo de la conciencia europea. Es aquí donde se encuentra el fermento de esa deconstrucción a que el hombre europeo parece cada vez más fervientemente entregado. Se trata de la cuestión que ha centrado la reflexión de tantos observadores de la realidad europea desde la perspectiva de su crisis espiritual. Empezando por escritores rusos como Dowstoviesky, Berdiaief y Solzenytzin, o los occidentales contemporáneos como Thierry Molnar, Giovanni Reale, Remy Brague, George Weilgel y, en otro nivel, Juan Pablo II (Carta Apostólica Iglesia en Europa, 2003), Benedicto XVI (entre otras obras Europa, grandeza histórica y moral), y los documentos de las Conferencias Episcopales Europeas.

¿Qué ha sucedido en este orden de cosas?, ¿cual ha sido el desencadenante de esta desintegración en curso? Como causa fundamental parece que hay que señalar la disolución del núcleo a partir del cual tomó cuerpo y sobre el que se mantuvo compacta la realidad histórica europea: su universo metafísico, espiritual y humanista. O más exactamente, el alejamiento respecto a ese núcleo, ya que la naturaleza suprahistórica del mismo asegura su integridad por encima de los vaivenes humanos.

La inestabilidad fundamental que recorre el espacio humano europeo proviene, en efecto, del alejamiento de ese núcleo; todo lo que se separa del centro se desintegra, como se desintegra el cuerpo separado del alma. La subversión del mismo ha trastornado sustancialmente la figura y el espíritu del hombre europeo, y ha desarticulado su contextura interior. Ha sido un fenómeno de larga gestación en el que han intervenido diversas concausas: la acción de las filosofías iluministas y de las ideologías materialistas, el agotamiento de las ideas e impulsos históricos, el debilitamiento de la fe en los valores trascendentes, la decisión deliberada de poner fin a un ciclo histórico multisecular aunque no se dispusiera de un modelo de recambio, como sucedió con la declaración del fin de la modernidad, para la que no hubo ninguna propuesta alternativa.                          

En todo caso, la desintegración de Europa tiene el sentido y el efecto de una desvertebración de la misma, consiguiente al empeño de renunciar a sus genes, aun  a sabiendas de que no es posible anular o transmutar los genes sin que el organismo perezca. De hecho, la construcción política del continente se está levantando sobre las ruinas de la vieja casa europea, mediante una acción deliberada que proyecta el nuevo edificio con materiales y diseños que son extraños a su estructura fundamental, aunque algunos de ellos vengan siendo ensayados desde hace tiempo.

Un Pueblo, o una comunidad de Pueblos, no es sólo una geografía, unas fronteras o una población; ni siquiera es el resultado de la existencia de un Estado, de un sistema político o de una Constitución. Todo eso forma también parte de la configuración de los pueblos, pero es sólo su infraestructura. Con esos elementos en cualquier momento y lugar puede hacer aparición casi de la nada una nueva nación, como sucedió en Oriente Medio después de la 1ª y 2ª guerras mundiales, o en el África descolonizada.

Los elementos esenciales de un pueblo vienen determinados por el espíritu, la tradición, la historia, los valores espirituales y morales, la cultura, la lengua, las instituciones naturales como la familia y la sociedad. Ellos son los que definen su identidad –su alma-, y su eclipse provoca su decadencia o su ruina, aunque persista una fachada.

Ética y política: a los cuarenta años de la constitución de 1978
Ética y política: a los cuarenta años de la constitución de 1978

Como saben los lectores, entendemos por ética la reflexión racional sobre la acción humana desde el punto de vista del bien o del mal. Y por política, en su sentido etimológico, lo relacionado con la “polis” (ciudad, en griego) y la consecución del bien común para la colectividad. Es importante delimitar bien la terminología que empleamos para no dar lugar a confusiones: algo, desgraciadamente, tan común hoy en día por el vaciamiento de sentido del lenguaje. Estas precisiones, además, nos ayudarán en el análisis que a renglón seguido abordaré.

Posteriormente a la Guerra Civil se produjo en España un maridaje entre política y religión que se etiquetó como nacionalcatolicismo. Más que una ética lo que imperaba en los comportamientos personales y sociales era una moral (mors, moris: costumbres, normas) en este caso fruto de la cosmovisión católica. Y el modelo político fue el resultante de un entorno geopolítico determinado y de un contexto histórico nacional incoado antes de 1936, que explotó cruelmente durante el conflicto bélico y se desarrolló, en una de las versiones en liza, en la postguerra y el posterior régimen socio-político.

Finalizada esta etapa, y a la sombra de la amenaza del regreso de la confrontación de las llamadas “dos Españas”, tuvo lugar la Transición, cuyo máximo exponente fue el marco constitucional aprobado hace ahora cuarenta años. Fue un proceso de reconciliación nacional, de pactos, de acuerdos y de consensos. Todo ello bajo la impronta de sensibilidades muy dispares, aglutinadas, amalgamadas, por el deseo de paz, de concordia y de mirar al futuro y dejar atrás el pasado. Fruto de este nuevo escenario, y precedido por el Concilio Vaticano II -que apostó por la autonomía de las realidades temporales y la libertad de conciencia- surgió un nuevo panorama sociológico: ya no sustentado por la moral católica ni por un estado confesional, sino plural y diverso.

En este contexto, hace aparición la necesaria sustitución de los valores vigentes hasta aquél entonces por los mismos u otros -pero fundamentados ya no en convicciones religiosas o tradicionales (también posiblemente razonables o razonados)- sino por una reflexión ética que facilitara el encontrar puntos axiológicos en común para fundamentar la convivencia. Es decir, se hizo preciso lo que se dio en llamar una “ética civil” a partir de la cual edificar el futuro social y político (en la acepción descrita del término) de nuestro país.

Esta nueva ética de mínimos (como un mínimo denominador común, compartido) no excluía, ni tiene porqué hacerlo, la tradición moral anterior (cristiana), sino que debe hacer converger lo mejor de cada sensibilidad en una sinergia que potencie y aúne la pluralidad  y lo diverso. En este sentido, los católicos españoles también aportaron mucho en la evolución de la Transición política y es de justicia reconocerlo, ignorarlo un grave error. El nuevo marco de valores constitucionales, de derechos y de garantías jurídicas no fue ajeno a los denodados esfuerzos tanto de la jerarquía como de los políticos católicos. Por lo tanto, no cabe contraponer la nueva ética sociopolítica iniciada con la Constitución con la moral anteriormente vigente que supo, en buena parte, adaptarse al nuevo momento histórico.

Pero no podemos quedarnos en la Historia ni en la reivindicación legítima del pasado. La gran cuestión es qué ética civil rige la sociedad española en estos momentos: ¿hemos logrado elaborarla e interiorizarla? ¿hemos conseguido confluir en valores comunes que nos permitan convivir y mirar al futuro con esperanza? Pareciera como que a los españoles nos hubiera costado construir una ética social racional, y por lo tanto aceptable por todos, al menos teóricamente, y nos siguiésemos dejando llevar más por la/s ideologías que por el debate reflexivo y constructivo. Quizá continuamos condicionados por el apasionamento propio de los países mediterráneos y no hemos alcanzado, a la vez que un consenso político en torno a la democracia y la Constitución, un gran acuerdo social en torno a los pilares éticos que pueden sustentar la nación (“un proyecto sugestivo de vida en común”, como afirmaba Ortega y Gasset).

Es cierto que las últimas décadas han sido el tiempo de la postmodernidad y del debilitamiento del poder de la razón, la era del “pensamiento débil”, y que algunos autores, como el filósofo A. MacIntyre y los comunitaristas, han apostado por la vigencia de las corrientes intelectuales y tradiciones culturales particulares –ante la “inconmensurabilidad” de las diferentes posturas y puntos de partida en los debates cruciales (antropológicos, sociales, políticos, etc)- pero también lo es el que, más allá de la diversidad ideológica, muchos países están sustentados por coordenadas cívicas compartidas que facilitan los acuerdos básicos y fomentan la paz social.

En España, precisamente, estos aspectos han comenzado a resquebrajarse en cuanto algunas minorías, élites con capacidad de influencia, han iniciado una labor de desautorización o impugnación del pacto constitucional de 1978. Son minorías puesto que entre la población española se da un apoyo masivo al marco legal del que celebramos cuarenta años de su aprobación en referéndum. ¿Qué ha fallado entonces, qué ha podido ocurrir? A mi modesto entender, lo que se ha larvado a través de los años y de las circunstancias es un olvido parcial de la tan necesaria tarea de reconciliación entre españoles, un deber constante y a renovar –continuadamente y con esfuerzo- en cada generación.

La sustitución de este deber ético nuclear, objetivo perfectamente compartible desde cualquier postura ideológica verdaderamente humanista, y fundamento de cualquier ética cívica y de mínimos, por la confrontación y el retroceso  hacia el resentimiento y la demonización del adversario intelectual o político –que no enemigo- es en buena parte la clave de la actual situación de crisis y anomia (falta de normas) moral que vivimos. Durante muchos años, y aún hoy, nos ha acechado la corrupción sobre todo en el ámbito de lo material: el enriquecimiento fácil, el hedonismo craso, la ostentación, los abusos de poder, etc. Pero de unos años a esta parte nos amenaza una corrupción si cabe aún peor: la moral, la de querer arrojar sobre los otros la exclusión, el reproche frontal, la condena sectaria y sin matices…y el cultivo de nuevas idolatrías perniciosas, que como todo culto idolátrico, ha de sacrificar víctimas en sus nuevos altares, ofreciendo en no pocas ocasiones la dignidad de las personas como ofrendas a los nuevos dioses.

Pues bien, el aniversario de la Constitución española debiera conducirnos a recordar los motivos fundamentales por los que fue pactada, a renovar las motivaciones y los valores que dieron lugar a su elaboración y posterior aprobación masiva, y a defender el gran pacto social y ético que supuso de acuerdo y olvido de afrentas mutuas. Que haya corrientes ideológicas disconformes y reivindicativas de un cierto revisionismo no es de extrañar pues esa posición ya existió a mediados de los setenta y trató de obstaculizar (tal y como se produjo) el proceso democratizador que tuvo lugar. Lo que ocurrió es que se impuso la voluntad de concordia incluso en los sectores que más podían sentirse damnificados.

Esta es, me parece, la tarea imperativa de todo ciudadano de bien y máxime de los católicos actuales, herederos de los que contribuyeron enormemente en la Transición política: desde una ética civil, desde la reflexión racional, contribuir a la renovada reconciliación nacional, a la superación de los resentimientos y odios históricos, a la búsqueda de puntos en común y, en definitiva, al olvido de dinámicas de confrontación que, apoyadas en afrentas reales o imaginadas pero completamente anacrónicas, puedan servir para de nuevo abrir cajas de Pandora que, afortunadamente, la Historia se encargó de cerrar con siete llaves a los ojos de la inmensa mayoría de la población española.

Gabriel Alonso

La situación de Europa

En 1982 San Juan Pablo II, en su labor pontifical, viajó a España. Estuvo entre nosotros diez inolvidables días. El papa acudió a Santiago de Compostela, para rezar con sentida devoción ante la tumba del Apóstol. Allí, en Santiago, al final de su viaje apostólico, en la Catedral, ante los Reyes de España, y autoridades españolas y europeas, el papa polaco presidió el Acto Europeo, el 9 de noviembre. En el discurso que pronunció San Juan Pablo II puso de manifiesto cómo la historia de la formación de las naciones europeas “va a la par con su evangelización”, o cómo “la identidad europea es incomprensible sin el cristianismo, y que precisamente en él se hallan aquellas raíces comunes, de las que ha madurado la civilización del continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva también en los demás continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria”.

A la vez de realizar este reconocimiento, y de bendecir a Dios por haber iluminado con la luz evangélica este continente, San Juan Pablo II advertía de la severa crisis en la que encontraba a Europa, tanto en la vida civil como la religiosa. A la primera la veía, (¡hace 36 años!) afectada por las consecuencias de las ideologías secularizadas, que niegan a Dios, limitan la libertad religiosa, la preponderancia del éxito económico respecto de los valores humanos del trabajo y la producción, la expansión del hedonismo y el materialismo, que atacan los valores de la familia prolífica y unida, los de la vida recién concebida, la tutela moral de la juventud; el nihilismo que impide afrontar los problemas cruciales como los de los nuevos pobres, emigrantes, minorías étnicas y religiosas, recto uso de los medios de comunicación, a la vez que “arma las manos del terrorismo”.  A la segunda, la vida religiosa, la veía dividida no por razón de las rupturas protestantes, sino por la defección por parte de los bautizados y creyentes de las razones profundas de su fe y del vigor doctrinal y moral.

Visto en perspectiva, pasado el tiempo desde ese discurso, es evidente la inteligencia y la capacidad de análisis del Santo Padre. Los problemas de la sociedad europea actual son los descritos en 1982, ante la tumba de Santiago. Sin embargo, y como no podía ser de otro modo, San Juan Pablo II no se limitó a realizar un certero análisis. El papa Wojtila se dirigió a los corazones de los europeos, desde la meta del Camino de Santiago:

Por esto, yo, Juan Pablo, hijo de la nación polaca que se ha considerado siempre europea, por sus orígenes, tradiciones, cultura y relaciones vitales; eslava entre los latinos y latina entre los eslavos; Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo. Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades.

Así es. Un grito lleno de amor: vuelve a encontrarte, sé tu misma, descubre tus orígenes, aviva tus raíces.  Y una receta sencilla, pero definitiva: Europa, abre tus puertas a Cristo.

 

La Fundación Foro San Benito Europa

El Foro San Benito Europa, más allá de su forma jurídica concreta, es una idea largamente madurada, que tuvo su germen en el seno de la comunidad benedictina de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, auspiciada de forma significativa por el P. Anselmo Alvarez, en la actualidad Abad Emérito.

La importancia de la orden benedictina en la construcción de Europa es determinante. No en vano, Nuestro Padre San Benito, como se refieren a él los benedictinos, fue declarado Padre de Europa por Pio XII, en 1947; y posteriormente patrón principal de Europa, por Pablo VI, en 1964. Es curioso cómo con posterioridad, Juan Pablo II añadió como patronos de Europa a los Santos Cirilo y Metodio, Santa Catalina de Siena, Santa Brígida y Santa Edith Stein, todos pertenecientes al orden monástico. En palabras del P. Anselmo, OSB:  Europa, ayer creada por los monjes, hoy encomendada a su protección y defensa.

Europa, entre los siglos V y  XII se vertebra por el monacato, muy especialmente el benedictino. La evangelización de Europa tiene lugar, en esa Edad Media no por medio de la predicación, aunque se pudiera usar, sino por el contacto directo con la fe y con el Evangelio, encarnados en la vida de los monjes. Estos dan testimonio por medio de su vida y de la práctica litúrgica, como lugar del encuentro con Dios.  De hecho fue una gramática latina, creada para comprender la liturgia, uno de los instrumentos más eficaces de evangelización. En palabras de Benedicto XVI, pronunciadas en Monte Casino, lugar fundacional de la orden benedictina, en mayo 2009: “En vuestra Abadía se toca con la mano el quaerere Deum, es decir, el hecho de que la cultura europea ha sido la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle”. S. Benito hizo de este objetivo la razón de ser del monje: buscar a Dios, escuchar a Dios. Los fines propios del monje son los que han modelado su imagen, pero también los que han dado figura a Europa, y los que definen y construyen la realidad del hombre: ora et labora et lege: oración, estudio y trabajo. Ello configura el  cristianismo como el primer y más persistente cohesionador Europa, hasta hacer de ella una comunidad de pueblos muchos antes de que naciese la Comunidad Europea, representada en el Sacro Imperio Romano-Germánico desde año 800. Una misma fe que posibilitó la unidad política, religiosa, cultural, lingüística del occidente.

Los monjes son igualmente pioneros en la construcción cultural europea, la enseñanza escolar y universitaria, las bellas artes, el arte románico y gótico, trabajo del campo, y una larga lista de saberes transmitidos gracias a su acción.

La cuestión es si, dada la situación actual de Europa, advertida por Juan Pablo II en el discurso citado, en la que el triunfo del relativismo, el hedonismo, el materialismo, las nuevas formas de marxismo, tales como lo políticamente correcto o la ideología de género, limitadoras de la libertad, y atentatorias contra la dignidad del ser humano, pretenden crear un modelo social diseñado para destruir al individuo, tiene sentido el ora et labora et lege. ¿Está vigente San Benito como vertebrador de Europa? ¿Tiene Dios el sitio central en nuestra sociedad? ¿Reconocer a Cristo como piedra angular es el camino de la reconstrucción del hombre europeo? La respuesta sólo puede ser una: sí.

Este es el camino que el Foro de San Benito Europa quiere describir. En sus fines estatutarios, la Fundación pía se marca seguir la tradición de los monasterios benedictinos, de la mano de la Abadía Benedictina de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, buscando dar una respuesta desde la fe a los problemas que acucian el hombre occidental hoy, especialmente al español. Para ello el Foro San Benito impulsará iniciativas dirigidas al estudio y promoción de la cultura cristiana europea, colaborar en la medida que se requiera con la Abadía en la realización de los fines de culto propios, dando a conocer la liturgia, todo ello desde la perspectiva de la tradición benedictina y de la Nueva Evangelización. Poco más actual que la Regla de San Benito, instrumento que ha permitido la vigencia de una institución durante quince siglos.

El Foro de San Benito Europa quiere acompañar al hombre europeo en su viaje de regreso al reencuentro con Jesucristo. Esta web que está leyendo, amable lector, es el foro donde llamaremos a que discurran personajes de muy diferentes ámbitos, que nos darán su mirada cristiana sobre Europa, y muy especialmente sobre el ser humano en Europa. Pero queremos que sea algo más que una acumulación de contenido doctrinal e intelectual. Queremos que eso sea algo vivo, como nuestra fe, encuentro personal y real con Jesús. Ello nos llevará a realizar actividades como edición de libros, conferencias, o seminarios, en los que tratemos en comunión los problemas que debemos afrontar.

En este sentido, y también acompañando a la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, pretendemos adentrarnos en la observación, estudio y valoración, rentabilizando su eventual herencia, del Centro de Estudios Sociales, que tuvo sede en el Valle de los Caídos, y cuya labor fue determinante en la profundización y desarrollo de la doctrina social de la Iglesia, en aras de soslayar las graves desigualdades sociales, causa, no única pero sí importante, de parte de los grandes dramas de nuestra historia reciente.

Es decir, y en resumen, ora et labora et lege. Tan antiguo y tan actual. Tan sencillo y tan complejo.

No quiero dejar de poner de manifiesto dos cuestiones. La primera es que los que me antecedieron, con mucho mayor acierto y capacidad, fueron capaces de crear el Primer Congreso Benedictino, que será también materia recurrente de nuestro trabajo divulgativo. En segundo lugar, que por encima, y sobre todo al margen, de todas las interesadas polémicas, los benedictinos en general, y los del Valle en particular, nada tienen que ver con sistemas políticos o ideológicos, nada tienen que ver con fronteras, ni con las contingencias particulares. Eso no es más que el rumor de aguas que pasa bajo sus puentes, desde hace más de quince siglos, y que acaba perdiéndose en el mar del olvido. Los monjes son presencia silenciosa ante Dios, al margen de contingencias inmediatas, pero atentos al latido vivo de sus hermanos y de la sociedad en la que viven.  Los monjes en general, en especial los benedictinos, y en particular los de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos deben seguir teniendo el papel esencial que han tenido desde el siglo V, mucho más trascendental de las cuestiones circunstanciales y momentáneas.

El Foro quiere responder al grito lleno de amor de San Juan Pablo II: despertar Europa, reconstruir su identidad desde el cristianismo, volviendo a las raíces comunes, recuperando su cultura, su dinamismo y su actividad de expansión constructiva.

 

Francisco José Hernández

Presidente Fundación Foro San Benito Europa

 

Hace unos años escuché a un presidente de gobierno español afirmar que con las Bienaventuranzas evangélicas no se podía gobernar un país. En seguida me vino a la mente una reciente lectura donde, precisamente, se recordaba que la CDU alemana, en sus estatutos e ideario, toma como referente para su acción política precisamente el Sermón de la Montaña. Por lo tanto, un desmentido en toda regla a nuestro político hispano.

Lo que ocurre es que, quizá por nuestra reciente historia o también por la devaluación ideológica de determinados partidos, se ha olvidado en España que la fe cristiana no es un mero elemento decorativo y para muestra, un botón.

En el año 2012, la canciller alemana Merkel, en una visita a la Universidad de Berna (Suiza), expuso ideas y propuestas sobre el papel del cristianismo inéditas en nuestro panorama cultural. Muchas de ellas al hilo de la relación conflictiva de Europa con cierto sector del Islam. Afirmó, por ejemplo, sin ambages, que se necesitaban “cristianos con coraje con fundamentos bíblicos” y que “todos tenemos la libertad de profesar nuestra religión, de practicarla, y de creer en ella” contra los que les puede la tentación de olvidar la libertad de conciencia y religiosa es uno de los pilares de nuestra civilización.

En este sentido, manifestó que le gustaría que los cristianos conocieran su fe mejor, asistieran a la iglesia y estuvieran abiertos a comprometerse en debates sociales constructivos. Cuando fue interrogada sobre los potenciales “peligros de la islamización de Europa” respondió subrayando que, aunque el terrorismo islamista es una realidad en países como Siria, no es menos cierto que "trágicamente, ello es también una realidad que tiene que ver con nosotros: muchas de estas personas jóvenes yihadistas que luchan allí crecieron en nuestros países".

Advirtió: "el miedo no ha sido nunca un buen consejero", comentando algunas reacciones “defensivas” que tuvo oportunidad de ver en su país. “Las culturas que están marcadas por el miedo no conquistarán su futuro”.

Yendo más allá, se explayó sobre las raíces cristianas de Europa -que han coadyuvado definitivamente a la formación de los valores del Continente-.”Tengo que ser muy honesta (…) me gustaría ver más gente que tenga el coraje de decir ‘soy un cristiano creyente’. Y más gente  que tenga el coraje de entrar en diálogo”.

Verdaderamente, toda una lección de cómo no esconder el valor y las convicciones cristianas en el foro público. Un discurso así, es lo que necesita Europa. Dicho por una laica, que es la canciller alemana y que lidera la Unión Europea, para bien o para mal, es un testimonio fehaciente de la posibilidad de ir sin tapujos práctica política al más alto nivel e identidad creyente: es la fecundidad del Evangelio en la política, una de las formas más altas de la caridad –como ha repetido continuamente el Magisterio eclesial-.

En el contexto alemán, donde la secularización y el abandono de la fe están haciendo mucha mella, Merkel sugirió que la gente debería volver a “la tradición de asistir a los servicios religiosos y tener formación bíblica”. Al no tenerla, continuó, muchos no tienen claros los conceptos básicos, como por ejemplo: Pentecostés. Sobre el debate sobre el Islam y la identidad de Europa, Merkel concluyó: “puede conducirnos de nuevo a nuestras propias raíces y a conocerlas mejor”.

Es claro que vivimos una Europa muy plural, en la que conviven corrientes e idearios muy diversos pero ello no puede significar que la tradición espiritual más señera e importante que ha configurado la cultura occidental sea acallada, como algunos pretenden y la Canciller alemana demuestra no es posible censurar.

En los momentos en que escribo estas líneas, parece que Merkel vive su ocaso político debido a las sucesivas derrotas electorales y que prepara su despedida y sucesión. Sin embargo, es precisamente el momento de reivindicar la figura de esta científica –que estudió en la Alemania del Este- e hija de un pastor evangélico. Es posible que lo que más le haya perjudicado en su etapa final haya sido la gestión de la crisis migratoria a raíz de la guerra de Irak y Siria y haber abierto su país a cientos de miles de refugiados por motivos humanitarios.

Es difícil precisar aún si ha cometido errores graves en su enfoque pero de lo que no cabe duda es que en la raíz de su motivación, volviendo al comienzo de este artículo, está el espíritu evangélico de las Bienaventuranzas. Ante una crisis humanitaria sin precedentes se arriesgó a acoger a las riadas de personas que huían despavoridas de la crueldad del Daesh. Es lo que cuenta. Que se puedan introducir en esa corriente migratoria elementos indeseables es muy difícil de controlar pero, a mi juicio, prefirió beneficiar a la mayoría en su decisión que abandonar a su suerte a casi un millón de personas. Ciertamente este ha sido el elemento clave de su desgaste, quizá por una Alemania amedrentada y a la defensiva que le cuesta recordar que ha sido el faro civilizatorio de la Humanidad durante siglos.

Bajo mi punto de vista, el mandato de la Canciller ha mostrado a las claras, al menos en algunos aspectos, que los principios aún pueden jugar un papel clave en la alta política, que el humanismo cristiano aún juega un papel decisivo en la configuración de nuestro continente y que, al contrario de lo que proclaman algunos, el Evangelio sigue latiendo –discreta pero sostenídamente- en el corazón de Europa. Nos toca a todos nosotros mantener esta llama, que se apaga en la figura de la Dra. Merkel pero que, como ha ocurrido siempre en el cristianismo, no depende de las personas concretas, siempre pasajeras, sino del aliento vital de una fe cristiana creativa y comprometida con los retos y dramas de nuestro tiempo.

 

Gabriel Alonso

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