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Fecundar la herencia cristiana: nuestro reto histórico
Fecundar la herencia cristiana: nuestro reto histórico

"Nosotros que hemos vivido los días de la pasión del Señor..." (Liturgia de la Vigilia pascual), hemos escuchado también, con las santas mujeres y con los apóstoles, que el Señor vive, y con ellos hemos entendido las Escrituras: "que Él había de resucitar de entre los muertos" (Jn 20, 9) para nuestra justificación.

Estamos culminando la celebración del misterio pascual:

El Jueves Santo hemos contemplado a Cristo ofrecerse sobre la mesa de la Eucaristía en comida y bebida, en cuerpo y sangre, para la vida del mundo. El Viernes, sobre la mesa de la Cruz, Jesús ha extendido su cuerpo y vertido su sangre como holocausto para la gloria del Padre y la vida del hombre. Anoche, en la Vigilia Pascual, Dios se ha puesto al frente de su pueblo para hacerle salir de la tierra de la esclavitud y de la idolatría y conducirlo, de día con una nube y de noche con el resplandor del fuego, hacia una nueva patria de libertad, hacia la tierra del encuentro y de la convivencia entre ambos -Dios y su pueblo- y que por eso sería una tierra que manaba leche y miel.

En esta mañana del Domingo de Pascua la resurrección anuncia a todos que Cristo vive y que Él es la resurrección y la vida de todos los hombres. Estos son los misterios pascuales que constituyen la piedra angular del pasado y del futuro de la humanidad. En ellos Dios ha dicho y ha hecho, a la vez simbólica y realmente, todo lo que sustenta la esperanza presente y eterna del ser humano. Aquí se encierra todo lo que debemos saber y todo el camino que hemos de recorrer en nuestra propia existencia.

Ellos son los indicadores de la situación del hombre ante Dios y ante sí mismo. En ellos están toda la realidad y todos los símbolos que describen la obra de Dios para hacer posible la salvación humana, ayer, hoy y hasta el final de los tiempos. Y en ellos está toda la energía con que contamos para realizar el sentido y la empresa humanos.

Dios ha hablado al hombre muchas veces y de muchas maneras (Hbr), pero nunca tan fuertemente, nunca con argumentos tan perentorios, como en su Pasión y Resurrección. Este lenguaje contiene los hechos más portentosos y decisivos de Dios, porque representan el gesto máximo de su acción por el hombre, algo sin paralelo en la historia de Dios, y que para nosotros es el momento de nuestra segunda creación. El rechazo de estas acciones divinas, de esta mano tendida por Dios, renovaría por nuestra parte la voluntad de exclusión de Dios de la esfera humana, la declaración de incompatibilidad con Dios, pero también la renuncia a alcanzar la figura y la medida del hombre perfecto, la posibilidad de acceder a la plenitud de vida y perfección previstos por Dios.

Pero estos acontecimientos, en los que hemos oído al ángel anunciar: "no está aquí: ha resucitado", no pertenecen únicamente al pasado. Ni tampoco a la leyenda. La Iglesia y la humanidad no son convocados para rememorar, año tras año y día tras día, en la Eucaristía, una metáfora o una historia apócrifa. Si así fuera todo lo levantado en su nombre sería también una quimera, y como todo lo legendario, se habría disuelto hace mucho tiempo. Pero las palabras del ángel tienen hoy la misma fuerza y el mismo significado de entonces.

En Cristo estaba la vida y la vida era la luz de los hombres. La resurrección es la garantía de que para el hombre siguen abiertas las posibilidades infinitas de Vida, de Amor, de Felicidad y de Plenitud que él anhela instintivamente porque Dios las depositó en él. No tendría noción de ellas si no hubieran sido grabadas en el ser recibido de Él. Un ser hecho a su imagen y por eso lleno, según su medida, de lo que constituye el propio ser de Dios, manifestado ejemplarmente en Cristo, lleno de gracia y de verdad. La vida es gracia, participación en el ser de Dios, en la potencia ilimitada de su energía y fuerza vital, y por eso rica y exuberante, porque bebe en la misma fuente de la vida.

Hay vida cuando en ella hay esperanza verdadera, cuando el alma puede expansionarse en la certeza de que ante ella se abre la riqueza, el gozo y la belleza infinitos de Dios, y Dios mismo es la suprema expectativa de la vida. Hay vida cuando experimentamos que nuestra capacidad está colmada, cuando nuestros graneros están llenos no de baratijas, sino de la plenitud de Dios.

Cristo sigue siendo el centro y el corazón del mundo. Su Palabra tiene el peso de la eternidad. En ella está, para nosotros y para siempre, la dirección verdadera de la existencia, y ella contiene cuento es necesario saber para hacer veraces las obras humanas.

La existencia, presencia y acción de Dios no depende del visto bueno de los hombres. Nadie pudo impedir la resurrección de Cristo, nadie podrá impedir su regreso: al corazón de los hombres, a la sociedad humana, a la vida personal e histórica.

Cristo volverá a ser, también visiblemente, Cabeza y Centro de la Humanidad, Rey y Señor del universo.

- Dios es más fuerte que el pecado y la muerte, más que todos los poderes del infierno o de la tierra coaligados contra Él y contra el hombre.

La muerte y resurrección llevan consigo la renovación del mundo, la nueva creación del hombre. Estas realidades representan el itinerario que la humanidad y cada uno de nosotros debemos recorrer para volver de nuevo a la vida, a la verdad. No hay ningún otro camino alternativo; no hay para el hombre ninguna posibilidad de modificar ni su propia realidad, ni los proyectos divinos.

El empeño en esa dirección no hace más que oscurecer la mente humana y adentrar al hombre en tinieblas cada vez más densas, incluso cuando a esas sombras las llama ‘Luces’ o ‘Progreso’ o ‘Ciencia’. “Uno sólo es vuestro Maestro”, uno solo el Salvador, uno solo el Camino y la Vida, como uno solo ha sido el Resucitado. “Nadie puede poner otro fundamento”, ni hay “otro Nombre en el que podamos ser salvados”.

Que Dios continúe encontrando entre nosotros amigos, servidores, apóstoles, testigos, que sigan anunciando: “Cristo ha resucitado verdaderamente”.

Felices Pascuas.

 

Fecundar la herencia cristiana: nuestro reto histórico
Fecundar la herencia cristiana: nuestro reto histórico

 

  Introducir a los monjes en un asunto como el de la ciudadanía europea puede parecer forzado y extemporáneo. ¿Cómo creer que un factor tan aparentemente marginal y exótico puede tener alguna relación con esta cuestión?

  Sin embargo, como tantos otros, en Europa también el fenómeno de la ciudadanía tiene una vinculación estrecha, directa o indirecta, con la presencia en ella de los monjes y de los Monasterios. Monasterios y monjes que no sólo aparecen en ella coincidiendo con el origen de la Edad Media, sino que su actuación a lo largo de la casi totalidad del suelo europeo es uno de los factores esenciales que dan dinamismo y forma al nuevo orden que se configura a la caída de Roma y tras la fugaz presencia de la monarquía ostrogoda en Italia.

  Ellos constituyen la única estructura estable sobre el fondo histórico y el tejido social de los primeros siglos medievales, de manera que la sociedad monástica fue en parte anterior y en parte paralela a la sociedad civil de toda esta época. La solidez de su organización interna basada, en parte, sobre principios del Derecho Romano; la definición exacta de sus objetivos, primariamente de naturaleza espiritual, y la voluntad decidida de su logro; la posesión y restauración de los recursos culturales salvados por ellos, provenientes de la tradición de Grecia y Roma; la eficacia de la sabiduría y experiencia puestos en acción, fueron algunos de los elementos sobre los que se apoyó esta actuación.

  Cierto que los poderes políticos de la época ayudaron a la expansión de esta institución monástica, pero no siempre de manera desinteresada y positiva: la fórmula de las encomiendas, que justificó su intervención en los Monasterios, intentó un control sobre ellos que obstaculizó gravemente tanto la vida de sus comunidades como su proyección social; pero ello no impidió que los monjes fueran de hecho los educadores de Europa, como en Grecia lo habían sido los filósofos y sus escuelas y Academias, de las que también aprendió Roma. Una educación que no se limitó a las letras y a la disciplina del pensamiento, sino que abarcó toda la esfera de la formación del hombre y de la sociedad. Los Monasterios han estado proporcionando a la sociedad europea del medievo un marco de referencias que ha incluido, junto a las espirituales y culturales de todo orden, las de la organización de la vida social, política y económica.

  De ellos emanó una contribución sustancial sin paralelo a la formación de la ‘casa común’ que estaba en pleno proceso de constitución. Contribución a través de los elementos más comunes, universales y aglutinantes, constitutivos de la comunidad espiritual, moral, cultural, jurídica y política que ha sido Europa por encima de sus fronteras nacionales.

  Simbólicamente, el mismo año en que Justiniano clausuraba la Academia de Atenas S. Benito fundaba el Monasterio de Montecasino (529).

  Un fenómeno que se inicia con la red de Monasterios que cubre toda la superficie europea –también los países orientales– y que hablando únicamente de Occidente polariza intensamente la vida religiosa, intelectual y artística, así como una buena parte de la económica y social.

  En este terreno hay que subrayar que el Monasterio es la primera y más persistente unidad económica y social de Europa, con sus explotaciones agrarias, sus manufacturas, sus industrias metalúrgicas (Monasterio de Fontenoy), sus talleres artísticos, su código de comercio, sus colonos, operarios y artesanos y la formación profesional de los mismos en todas estas técnicas.

  Si a ello se añade que son también los centros más numerosos del saber y de la cultura, se comprenderá que la influencia, incluso política, que desde ellos se ejerce haya sido extraordinariamente intensa. La historia de Europa recoge esta realidad, considerada como determinante para la formación de su espíritu y de sus instituciones de toda índole, lo que la une estrechamente a la de los ‘monjes de Occidente’, cuyo fundador S. Benito ha sido declarado, por los Papas Pío XII y Pablo VI, Padre y Patrono de Europa.

Proyección civil del Monasterio

Esta implantación en la totalidad del ámbito europeo tuvo como primera consecuencia la atracción hacia los Monasterios de una parte muy considerable de los pobladores procedentes de las invasiones que siguen llegando de manera ininterrumpida –hasta los normandos en el s. XI–. Tanto estas nuevas poblaciones como no pocas de las antiguas romanas buscan en torno al Monasterio un lugar de refugio y seguridad bajo la protección de los monjes, unas tierras cultivables, a la vez que un contacto directo con los agentes de la evangelización que los Monasterios han iniciado y que no concluirá hasta la entrada de estos pueblos bárbaros en la fe cristiana.

Los monjes no sólo acogían sino que directamente estimulaban el establecimiento de estas colonias, uno de cuyos resultados más positivos fue el asentamiento y organización de las poblaciones que tanto el flujo de las invasiones como la inestabilidad social mantenían en fluctuación permanente. Estas colonias son el origen de muy numerosos núcleos de población urbana nacidos en la época medieval, lo que significa que los Monasterios están en el origen del movimiento urbano europeo.

Pero lo que ahora interesa destacar más de este hecho es que durante siglos el hombre europeo ha estado en contacto inmediato con los monjes, lo que dio la oportunidad para programar y desarrollar su conquista para la civilización, la cultura, la religión, el trabajo, el arte, y también, con la lentitud impuesta por el talante agresivo de estos pueblos invasores, para la vida en común, el orden, el derecho, y más adelante el fuero, las libertades y la carta magna; y a través de ellos, para la vida municipal, el gremio y la experiencia asociativa tan abundante en la Edad Media.

La civitas monástica

Los Monasterios han sido descritos y organizados por la Regla de S. Benito como centros de población monástica, masculina o femenina. Con el tiempo el número de habitantes por Monasterio ha oscilado entre los 5 y los 500 monjes/as, y aunque no es fácil hacer una estadística de la suma total de los cenobios a lo largo de los diez siglos medievales, su número fue muy elevado, siendo innumerables los miles de monjes y no menos de monjas.

Su organización está pensada con el funcionalismo de las sociedades pequeñas y a la vez ideales. Y aunque las previsiones normativas sean mínimas, son todas las esenciales. De hecho el Monasterio realiza, a su propia escala, el proyecto y el modelo de la civitas. Por eso encontramos en él todos sus elementos constitutivos: un territorio, es decir, la propiedad donde está asentado el Monasterio; unos ciudadanos: los monjes; una Constitución: la Regla; un gobernador: el Abad; un Senado: la asamblea monástica; unas elecciones: las que designan al Abad; un código jurídico, incluido el penal: la legislación contenida en la Regla; unos funcionarios: los ‘oficiales’ o magistrados encargados de las diversas áreas de la actividad del Monasterio; una filosofía político-social inspiradora de la civitas: el servicio de Dios, de los hombres y de los propios hermanos; unas relaciones internacionales: la comunicación y los intercambios permanentes entre los monasterios esparcidos por toda la superficie europea, pero también con los príncipes y con las Cortes (p.e. las relaciones de Cluny y S. Bernardo con todas las realezas europeas, o como fue el caso de nuestro Alfonso VI con Cluny), a las que han prestado consejeros, ministros, agentes diplomáticos o maestros para las escuelas palatinas, y también recursos económicos.

Cierto que este Monasterio es una civitas Dei (S. Agustín). Pero lo que en ella sucede no está centrado únicamente en asuntos y realidades concernientes a Dios, sino que se ocupa también, de una manera concienzuda, del ciudadano que la habita para reglamentar todo lo relacionado con su existencia en ella. El Monasterio es también una ciudad del hombre. De ahí que si por un lado representa una sociedad alternativa a la civil, por otra es también paralela a ella y, en la medida que ha sido la primera de las sociedades organizadas en la Edad Media, puede decirse que tiene un carácter anticipativo y prototípico. De ahí también que la trasposición del modelo monástico a la sociedad civil no sea una incongruencia, pese a las inevitables diferencias.

 

  1. a) Elementos paralelos

El tema central de toda civitas: la dialéctica individuo-sociedad tiene también su presencia y planteamiento en la ciudad monástica, en la que el monje es considerado bajo la doble condición de sujeto personal y social, individuo y ciudadano de la sociedad cenobítica, es decir, de la vida común (koinos bios). La primera imagen que ofrece el Monasterio es la de una comunidad de existencia en el mismo espacio local y vital, existencia conducida por el principio del personalismo comunitario, que impide que el monje sea un ente anónimo dentro de la colectividad. Monasterio y monje están concebidos para que se presten un servicio mutuo, para que la comunidad potencie a cada uno de sus miembros y cada uno de ellos enriquezca a la Comunidad a través del sentimiento común de pertenencia, identidad e igualdad.

Desde él se define la participación igual en el proyecto común del Monasterio, en la responsabilidad personal y colectiva, en los mismos derechos y obligaciones, en el condominio de los bienes, en la concurrencia en el trabajo y actividades de todo orden.

Pero ante todo define el capítulo más importante de las relaciones interpersonales, que desde la perspectiva de toda comunidad humana se vislumbra como la cuestión decisiva. El fundador de la sociedad monástica occidental lo planteo cuando acertó a introducir los únicos mecanismos eficaces contra la perversión de los dos ejes sobre los que descansa la sociedad: al riesgo del colectivismo y gregarismo opuso el valor sustancial del sujeto personal; al egoísmo, individualismo y exclusivismo de sujetos y grupos, la fuerza unificadora del amor y la fraternidad verdaderos.

San Benito sabía que la relación entre los hombres es una cuestión teológica antes de ser social o jurídica, y que es inútil el intento de resolverla satisfactoriamente si se excluye esta premisa. Allí donde las relaciones humanas –dentro de la ciudad secular– impera el principio abstracto de la justicia, el legislador de los monjes instaura el principio evangélico del amor fraterno, no para burlarse de la justicia, sino para posibilitarla y trascenderla. La Regla no es más que una transcripción del Evangelio para quienes aspiran a ser hombres y cristianos en sentido más pleno. Por eso, plasma sobre él la forma y la exigencia del recto orden de relaciones, válido para la comunidad monástica y para la sociedad civil.

Sobre la base de este criterio, los monjes no son considerados como meros ciudadanos de la ciudad monástica, sino como hermanos. En un texto tan breve como el de la Regla el término con que se designa la comunidad –congregatio– se repita hasta 25 veces. En ella la condición jurídica de sus miembros se expresa con el término monje –36 veces–, mientras que su condición moral y social se describe con el vocablo hermanos –más de un centenar–.

A partir de ello, los valores comunitarios se hacen derivar de este plano en el que encuentran su impulso y su nivel de exigencia, tanto en las relaciones verticales con el titular de la autoridad: “amen al abad con sincera y humilde caridad”, como en las horizontales: “que todos se amen con amor desinteresado” (cp. 72,8); “que nadie busque su propia utilidad sino la del otro” (72,7); “que todo sea común a todos” (33,6); “dese a cada uno según sus necesidades” (34,1); ideas que tienen resonancias todavía muy actuales.

Toda la vida común está presidida por las virtudes sociales que la hacen genuina y posible: la concordia, el respeto, la cooperación, el desinterés, la gratuidad, la paciencia, la abnegación, la generosidad y el servicio mutuo, la obediencia recíproca, la atención permanente a los más débiles: niños y jóvenes (los hay en los Monasterios, para que nada falte a esta sociedad), los ancianos, los enfermos, los transgresores, los extranjeros… De esta forma, el Monasterio es una de los pocos lugares de comunión plena que subsisten junto a la familia: un lugar donde la sociedad de los hombres es comunidad y no sólo colectividad, fraternidad y no sólo coexistencia.

 

  1. b) Idea de jerarquía y democracia. El humanismo benedictino

La ciudad monástica es una sociedad vertebrada, es decir, jerarquizada, tanto vertical, según un triple criterio: el de la autoridad, así la superior como la intermedia, que tiene la representación de aquélla; el de la antigüedad en el Monasterio: el que ha llegado antes precede al que ha llegado después, sin que importe ni la edad, ni la categoría social, ni la función, de acuerdo con un criterio de objetividad y derecho que, a comienzos del s. VI, supone una conmoción: todavía están vigentes los privilegios antiguos: los ciudadanos libres, la nobleza de la sangre o el poder social y económico. Finalmente, el rango del mérito, sobre todo el de la virtud, el de la calidad personal. Esta forma de aristocracia tiene también una gran tradición romana y San Benito creyó conveniente conservarla como estímulo a la calidad humana incluso entre los monjes, provenientes del entorno bárbaro de la época.

Pero al mismo tiempo el principio jerárquico está compensado con el democrático a través de un ejercicio efectivo de la actividad democrática compatible con el marco monástico. A este fin, la asamblea del Monasterio, en la que están presentes todos los miembros de la comunidad, interviene soberanamente en la elección del abad y discute todos los asuntos importantes que le afectan, mientras un Consejo consultivo asesora al abad en las cuestiones de importancia menor. Ciertamente el Monasterio no es una democracia plena porque el principio de la obediencia, esencial a la organización monástica, limita el juego de la libertad. Pero hay que subrayar que se trata de una cesión plenamente libre, que eleva la obediencia al gesto de libertad por excelencia. Por lo demás, la autoridad deja un amplio margen a la autonomía del monje, la obediencia a la responsabilidad, la comunidad al individuo, la disciplina a la iniciativa.

Una de las características más sobresalientes del código de S. Benito es precisamente el imperio de la razón, de la aequitas, de la moderación, de la discreción, del equilibrio en la administración de la ciudad monástica, y que forma parte de una filosofía de la vida que inspira todas las dimensiones de la existencia del monje: el espacio, el tiempo, el ambiente, el ritmo y, sobre todo, la interioridad de su vida. Algo que ha marcado también durante mucho tiempo el talante cultural europeo: por una parte, el esfuerzo por definir y realizar el proyecto humano según la imagen del hombre descubierta en y por el Logos divino, así como la jerarquización de los fines y actividades según ella. En segundo término, el primado del hombre sobre su obra exterior, y la subordinación del trabajo, la ciencia, la técnica y la economía a fines y medidas humanas. Y ello porque el Monasterio se concibe como un espacio destinado a la creación de verdadera humanidad, como una escuela de humanismo en la que se aprende a encontrar y realizar la medida exacta del hombre.

Esta es la fuente de la calidad de vida que los Monasterios han enseñado a todas las generaciones y en todos los pueblos de Europa. Calidad basada en el predominio de la gratuidad sobre la eficacia, del silencio y la serenidad sobre el ruido y la agitación, de la belleza sobre lo grotesco, del orden sobre la confusión, de la economía sobre el despilfarro. Calidad generadora de unidad, comunión, disciplina y libertad verdadera. Por eso, no es de extrañar que la Regla benedictina haya sido uno de los libros de cabecera de los gobernantes medievales, civiles y eclesiásticos, príncipes y obispos: trataban de hacer posible el aforismo de San Benito: “que el Monasterio –la ciudad– sea sabiamente gobernada por hombres sabios”. (cp. 53). 

Anselmo Álvarez OSB

  

¿Lamento por Notre Dame...o por Europa?
¿Lamento por Notre Dame...o por Europa?

Escribo estas líneas la mañana del Domingo de Resurrección y, en una fecha así, no está permitido el desaliento; sólo lo totalmente contrario, la esperanza. Este Lunes Santo pasado ardía la catedral parisina dedicada a la Bienaventurada Virgen María, Notre Dame. Se han podido leer y escuchar muchos comentarios históricos, culturales, religiosos y numerosas metáforas y simbolismos evocando paralelismos de todo tipo.

Déjenme aportar el mío. La catedral francesa es un gigantesco homenaje a la Madre de Dios y, a la postre, a su Hijo Jesucristo: ante todo y sobre todo, no cabe olvidarlo. La ya anunciada reconstrucción será llevada a cabo por muchos motivos, todos legítimos y plausibles, pero me temo que muchos de ellos desgajados del origen último que la hizo posible. Los tiempos cambian y la “Europa de las catedrales” ya no existe. No lo subrayo con nostalgia pues cada momento histórico vive sus peculiares circunstancias; el actual en nuestro continente es el del eclipse de Dios.

Pero los grupos de personas rezando contemplando arder Notre Dame, los repetidos y variados homenajes espontáneos que ha recibido la construcción, las vidas arriesgadas por los bomberos y demás equipos y la sensibilidad unánime que ha despertado el acontecimiento hacen pensar en que no hay mal que por bien no venga.

Lo que cabe preguntarse es que si por mucho que hayan mutado los tiempos, se puede relegar la centralidad de la intención cúltico-litúrgica de un templo tan emblemático. Lo digo por lo siguiente. La Catedral parisina es el monumento más visitado de la capital francesa, que es llamativo en una ciudad como la capital francesa y es tanto como decir el más frecuentado por los visitantes de toda Francia. La última vez que lo visité me causó una profunda impresión un hecho relevante. Había establecido una suerte de circuito turístico que recorría los diferentes rincones y permitía contemplar las maravillas del edificio sagrado. Este estaba repleto de turistas, por miles ellos. Sin embargo, había una zona solitaria y totalmente vacía: era la girola tras el altar mayor. Allí, tras sortear unos cordeles y carteles –a izquierda y a derecha- que anunciaban que era un lugar de oración, se encontraba el sagrario con la Eucaristía. El espacio estaba completamente apartado de la masa de visitantes, pero ninguno, en aquel momento, había traspasado la delimitación y entrado a orar, reflexionar o, simplemente, descansar en silencio contemplativo.

Aquello me impactó. Riadas de gentes visitaban la gran catedral de París pero ninguna era capaz de penetrar el sentido profundo de toda aquella belleza, de todo aquel esfuerzo arquitectónico, de ese titánico canto a lo divino. Para los medievales que construyeron durante siglos estos templos existía una certeza, Dios existe, y aún más, estas construcciones quedarían vacías de sentido sin la presencia sacramental de Dios entre sus muros. Sin embargo, para sus herederos del siglo XXI, la razón de ser última y el valor primero y fundamental del Templo pasaban completamente desapercibidas. La soledad de la Presencia eucarística, como escondida en el conjunto catedralicio tras el altar mayor, solitaria y abandonada era una gran paradoja y una metáfora del olvido de Dios. Parecía como si el interés real estuviera en los muros,  vidrieras, rosetones, bóvedas y columnas –por muy espléndidos que fueran- y la adoración a Dios fuera algo secundario y marginal, arrinconada, nunca mejor dicho, en un lugar apartado y olvidado cuando eran miles de personas las que estaban en el interior. Ciertamente desolador y pensaba para mis adentros: ¡qué confusión, qué desnortamiento, qué injusto para Dios y para las gentes de ayer y de hoy!. Ni que decir tiene que pasé un rato largo en oración delante de la Eucaristía, durante el que no pasó nadie por allí, oyendo el murmullo de fondo de los numerosos turistas que visitaban el recinto, aparentemente sin perder detalle, excepto…lo más importante: lo que daba sentido a todo lo que contemplaban.

Pero, como decía S. Pablo, “examinadlo todo y quedaos con lo bueno”. Hay muchos aspectos positivos y esperanzadores en que Notre Dame fuera lo más visitado de París y en la reacción unánime de aprecio y valoración, cada uno desde su perspectiva, ante el desastre del incendio. Por un lado, me parece ser indicativo de una cierta nostalgia como la que expresa certeramente Mikel Buesa en una lograda Tercera de ABC: “La pregunta: ¿merece la pena –incluso desde posiciones agnósticas- minusvalorar o abandonar un Cristianismo que, con todas las críticas que se quiera, ha estructurado nuestra cultura y nuestros valores: el sentido de la vida, la dignidad de la persona, la hospitalidad, el perdón, la piedad, la solidaridad, la compasión, la cohesión social y un Occidente que muchos repudian sin saber lo que está en juego?”. U hoy mismo, Ramón Tamames: “Personalmente, me parece la manifestación más excelsa de Dios (el cristianismo), porque estamos influidos por toda esa cultura”.

Por otra parte, el que una catedral cristiana siga siendo el símbolo de Europa, de la historia de Francia, y del corazón de la cultura del continente europeo es también sumamente indicativo y clarificador, a pesar de que hubo corrientes que se negaron, en su momento, a explicitar lo obvio: que no se puede entender la europeidad sin la fe cristiana (como ocurrió en el texto constitucional de la Unión Europea –en el que se suprimió cualquier referencia a este hecho inapelable-). La conciencia elemental de la sociedad civil, una vez más, contradice las mentes ideologizadas de los políticos que en su cegera sectaria negaron la evidencia.

Pero demos un paso más hacia donde quiero llegar, el simbolismo o paralelismo que voy trazando. Para los que no lo conozcan Paul Claudel fue un célebre escritor, poeta y diplomático francés (1868-1955), hermano de Camille Claudel, de vida dramática, conocida escultora amante de Rodin. Formó parte de ese deslumbrante rencimiento cultural católico francés de la primera mitad del siglo pasado -que incluyó todos los campos del humanismo-. Claudel, a los dieciocho años, experimentó una profunda conversión al catolicismo hasta el punto de plantearse ingresar en la vida monástica benedictina. Fue la el día de Navidad (1886), el 25 de diciembre. Y la ocasión fue, precisamente, el asistir al rezo litúrgico de las Vísperas del día de la Natividad del Señor, en Notre Dame de París. Cantaba la escolanía de voces infantiles el “Magnificat” bíblico cuando fue protagonista de una experiencia mística que le brindó la certeza pacífica de la presencia del Misterio de Dios en su interior y en nuestras vidas: “Yo estaba de pie, en medio de la multitud, junto a la segunda columna, cerca de la entrada para el coro, a la derecha, del lado de la sacristía. Y allí se dio el acontecimiento que domina toda mi vida. En un momento, mi corazón se sintió emocionado, y tuve fe. Tuve fe con tal intensidad de adhesión, con tal exaltación de todo mi ser, con una convicción tan poderosa, con tal seguridad, que no quedaba margen para ninguna especie de duda

Lógicamente su proceso de conversión espiritual tuvo sus causas remotas (búsqueda personal, lecturas como Rimbaud y su sensibilidad poético-simbólica, etc) y causas próximas. Entre las últimas, estuvieron el contexto en que fue tocado por la gracia divina aquella tarde del día de Navidad. El culto litúrgico, el canto infantil de un texto bíblico, la imagen de Nuestra Señora con el Niño, la luz tenue del atarder –matizada por las vidrieras-, y un corazón dispuesto, sin lo cual la obra del Espíritu Santo es imposible. Aún hoy se puede acudir al rincón que describe el dramaturgo y embajador, a los pies de una columna y allí hay colocada una placa conmemorativa del suceso: no en vano fue uno de los grandes escritores franceses del siglo XX.

He entresacado estas frases textuales (en internet se encuentra el relato completo fácilmente) por su significación de cara a lo que sigue a continuación. Se dice que en la Edad Media se pudieron construir catedrales porque tenían certeza y no una mera opinión, como le ocurre a la civilización occidental hoy. Para llevar a cabo ciertas empresas hace falta un convencimiento firme y no únicamente conjeturas.

Claudel traspasó el umbral de la incertidumbre a la seguridad en la fe por un movimiento interior suscitado por la gracia divina que supo acoger y hacer suyo. De ahí nació una obra literaria que también significó un monumento a la fe católica. Pero este proceso no se produjo, finalmente, sino por las “piedras vivas” que constituyen el conjunto de la Iglesia como Cuerpo Místico: la multitud de  creyentes celebrando el Oficio divino, los niños cantores, la alabanza litúrgica, la intercesión de la Virgen María, en la advocación de Nuestra Señora, y la del Niño que acababa de nacer en Belén, la acción santificadora del Espíritu Santo…Sin esta presencia viva, los vidriales, rosetones, columnas, crucerías y arcos góticos se quedan en mera estética que ciertamente puede llegar a conmover pero no a convertir el corazón de raíz, tal y como describe Claudel.

De ahí el simbolismo de su conversión, precisamente en Notre Dame. El escritor, cuando se introdujo en la Catedral encontró un ambiente propicio, habitado por la fe y el culto: lo que le envolvió misteriosamente no fue el impacto de una visita turística, sino un entorno presidido por la presencia central de lo divino. Hoy, sin embargo, quizá porque los propios cristianos hemos convertido nuestras catedrales más en lugares de visita histórico-cultural que en templos vivos, la Presencia sacramentada de Cristo vivo permanecía solitaria, apartada, marginada: quizá también por tantos miles de personas que pasan por allí que, en su ignorancia o en su indiferencia, olvidan Quien habita en aquel rincón trasero del edificio.

El gran desafío es la conversión de los corazones. Hay planes ya multimillonarios de reconstrucción, plazos e incluso se debate sobre modelos de restauración de Notre Dame. Todo ello es magnífico y es de alabar y agradecer, ahora bien: ¿mueve al mundo la recuperación de un gran símbolo de tantas cosas o, como en el caso de Claudel, lo simbólico –Rimbaud y su simbolismo poético- es la preparatio evangelica que nos acerca a la grandeza de la fe: como los neoplatónicos para San Agustín? Esos bellos muros y esas hermosas torres han permanecido firmes, a pesar de que la techumbre y la portentosa aguja neogótica se derrumbase entre llamas. Como una metáfora de la solidez y la certeza de la fe cristiana de nuestros mayores, quizá sea una invitación a prolongar su labor durante siglos: constituir una Iglesia viva, como una nueva atmósfera envolvente como la que acompañó aquella tarde navideña a Claudel, y retornar a situar en el centro, no el continente sino el contenido de estos grandes templos: la presencia real y eficaz de Dios y la intercesión maternal de la Bienaventurada Virgen María.

Todo ello hizo posible la profunda conversión espiritual de nuestro gran escritor, ¿no es el momento de “vencer el mal con el bien” y partiendo de un error humano -el que dio lugar al pavoroso incendio- “reconstruir el templo en tres días”, también el Cuerpo de la Iglesia, en lo que nos toca y podemos, con la ayuda de Jesucristo –su Cabeza-, para reedificar no sólo Notre Dame, sino también Europa? Para hacer de ella el lugar propicio para una profunda mutación de nuestra frialdad e indiferencia y que el Continente pueda volver a ser un faro de civilizaciones, no sólo como arte o cultura, sino también en las profundidades del espíritu humano.

De este modo, tantos y tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo podrán encontrar la calidez mística que Paul Claudel halló en Notre Dame, y que le envolvió luminosamente en el instante más precioso y preciado de su existencia: su conversión a Dios. Así la corona de doce estrellas sobre el fondo azul mariano que forma parte de la bandera de la Unión Europea volverá a recuperar su verdadero simbolismo: la preminencia de Nuestra Señora (el título de la catedral parisina) sobre la construcción -siempre en marcha- del alma de Europa.

 

Gabriel Alonso

Domingo de Pascua de Resurrección 2019

Fecundar la herencia cristiana: nuestro reto histórico
Fecundar la herencia cristiana: nuestro reto histórico

    El autor norteamericano Rob Dreher, con su reciente libro de impacto en EE.UU ya publicado en otras lenguas, ha puesto sobre la mesa un sugerente debate. En definitiva, se trata de cómo las comunidades cristinas (de diferentes confesiones, recuerdo que él es ortodoxo, aunque inicialmente converso al catolicismo) pueden y deben afrontar su presencia vivificante en medio de una cultura y una sociedad a menudo beligerantes o cuando menos indiferentes con el hecho religioso, léase cristianismo en el contexto occidental.

   No voy a abordar aquí la tesis referida (cfr. la entrevista al autor en ABC Cultural 1/02/19) ni entrar en la discusión originada (por ejemplo, se ha propuesto un complemento formulado como “opción paulina”, véase www.eldebatedehoy.es  31/1/19, por el prof. Sánchez Garrido) Pero sí estimo conveniente extraer las referencias a la tradición benedictina y su pertinencia en el siglo XXI. Dreher alude en términos filosóficos, en versión contemporánea del filósofo Alasdair MacIntyre, al comunitarismo pero este enfoque, que apuesta por seguir el hilo conductor de la propia tradición cultural, espiritual y humana de cada comunidad social, religiosa, etc –ante la inconmensurabilidad de los puntos de partida de cada cosmovisión, esto es, la imposibilidad de convergencia ante presupuestos tan dispares en sociedades tan plurales-, contiene el riesgo y la semilla de la introversión: contra una auténtica “Iglesia en salida” (de la que tanto habla y a la que anima el actual Pontífice).

    Es bien sabido el papel crucial que jugaron los monjes altomedievales en la conservación de la cultura clásica pero es menos conocido su función dinamizadora de la sociedad de entonces. Los monasterios, no en vano S. Benito es invocado como patrón y fundador de Europa y su regla monástica aún es admirada incluso en ámbitos no específicamente cristianos, jugaron un decisivo rol en la construción del continente, y no únicamente como savia espiritual sino también en el plano económico, demográfico y pedagógico. La paternidad del monacato, especialmente del benedictino, sobre la configuración del espíritu europeo es indudable.

    Ahora bien, cada generación debe afrontar sus responsabilidades ante la Historia y enfrentarse a los retos del momento. Así como nuestros antecesores supieron fecundar e impulsar la civilización occidental con un cristianismo que significó levadura y fermento en aquel entonces, hoy es nuestro turno y con un horizonte aún mayor pues se trata del conjunto del planeta, debido a nuestra era de globalización e hiperconectividad.

    En este sentido, el prof. Sánchez Garrido, en el artículo antes citado, acierta al apostar por que las comunidades cristianas sean oasis pero no guetos (encerrados en sí mismos) y en semillas de mostaza –en términos evangélicos- en la sociedad de hoy, no olvidando la necesaria acción evangelizadora, no sólo a nivel personal, sino también en el ámbito político (en su sentido amplio, la “polis” griega, el espacio público) y lo que S. Juan Pablo II dio en llamar “los nuevos aerópagos” -en alusión directa a la predicación de S. Pablo en Atenas-. Y Benedicto XVI: “el atrio de los gentiles”, referido al espacio del Templo de Jerusalén reservado a los no judíos.

    Pues bien, desde mi punto de vista, así como en otros periodos de la Historia la religiosidad intrínseca de la condición humana servía de base y fundamento para la predicación y propuesta cristiana (un magnífico análisis de su importancia se puede encontrar en los escritos del próximamente proclamado santo  cardenal J. H. Newman) hoy podemos encontrar este punto de partida, a mi modo de ver, en la consideración positiva del legado de la tradición cristiana en la fundamentación y dinamismo de los valores comúnmente compartidos incluso en el mundo laico. A nadie se le escapa que fenómenos sociopolíticos medulares como los Derechos Humanos, la democracia liberal (libertad e igualdad ante la ley) y las aspiraciones a una globalización más justa, fraterna y solidaria (universalismo de matriz cristiana) son producto de unas raíces muy bien definidas, las que se hunden en el humus evangélico de Jesucristo.

    De un modo más concreto, afirma el reconocido filósofo y escritor I. Gómez de Liaño en una reciente entrevista periodística (a la pregunta: “¿Cuál es, en su opinión, el lugar de la religión en un sistema democrático como el nuestro?): “En esto coincido bastante con el filósofo español –aunque él escribió en inglés- Santayana. El cristianismo católico tiene unos valores culturales y poéticos extraordinarios. La liturgia también. De manera que yo creo que eso, independientemente de la fe que uno pueda tener, de si hubo resurrección o no, etc. tiene ese valor moralizador y poetizador. Esos son valores muy importantes para la humanidad, incluida la humanidad democrática. En ese sentido, la religión que ha aportado más ha sido la versión católica del cristianismo, y también ciertas versiones del budismo”.

     En este sentido, Karol Wojtyla, recoje en su volumen “Signo de contradicción” (1978) la espléndida referencia de otro conocido pensador, materialista ateo, compatriota suyo, Kolakowski, respecto a los diversos intentos de eliminar a Jesucristo de nuestra cultura: “Semejante intento es obra de gentes ingenuas, que se imaginan que el ateísmo vulgar no solo puede bastar como Weltanschauung, sino que además puede autorizar a mutilar la tradición cultural según el propio parecer doctrinario, privándola así de su jugo más vital” (p. 137). Concluye: “no se puede, sin romper la continuidad de la vida espiritual, hundir en el ‘no-ser’ la persona de ese hombre, que a través de los siglos fue…ejemplo de los valores más nobles. Él encarnó en su persona la capacidad de expresar en alta voz su verdad, la capacidad de defenderla hasta el fin y sin compromisos, la capacidad de resistir hasta el final frente a la presión de la situación establecida, que no lo acepta. Enseñó de qué forma, sin recurrir a la violencia, se puede enfrentar uno consigo mismo y con el mundo. Fue por todo ello un ejemplo de esa autenticidad radical a la que todo individuo humano puede con los propios valores dar verdaderamente vida” (pp.137-8).

    Frente al hecho cristiano podemos advertir hoy un notable desapego, indiferencia o incluso desdén en no pocos ambientes. Sin embargo, en muchos espíritus atentos y honestos intelectualmente pervive el reconocimiento del enorme valor y aportación de la fe cristiana a la civilización, así como el aprecio incondicional de la figura de Jesús –independientemente de la consideración sobre su Persona-. Desde mi óptica este es un punto importante a partir del cual se puede volver a proponer la fe: si la religión cristiana ha aportado tanto a la Historia y a la humanidad en su conjunto, y la figura de Jesucristo sigue suscitando interés y atractivo después de más de 2.000 años, por qué no plantearse de un modo radical y sincero aquella vieja cuestión que formuló Hugo Grocio referida al Derecho Natural: pasando del “etsi deus non daretur” (como si Dios no existiera) al “etsi Deus daretur” (concedamos que Dios existe).

    La religiosidad natural humana hoy se desdibuja en neblinas New Age y espiritualidades etéreas y desinstitucionalizadas: la libertad moderna, mal entendida, se contrapone a la búsqueda de la verdad y a las formulaciones dogmáticas, como si no fueran otra cosa que proposiciones que sintetizan el contenido de la fe que se profesa. Pero, sin embargo, recuperemos una gran pregunta: ¿responde la fe cristiana a los más profundos anhelos de la condición humana? Y, si es así, y somos capaces de no reducirla a un sueño infantil, despreciando su autenticidad (etsi Deus daretur), como han hecho los “maestros de la sospecha” (como los denomina P. Ricoeur: Marx, Freud, Nietszche), o ha dejado un rastro luminoso de amor y fraternidad humana en la Historia.

    Bien es cierto que mezclado, como afirma el Evangelio, el trigo con la cizaña, el bien con el mal, porque es ese nuestro sino desde la caída original el resplandor de la Verdad, la Bondad y la Belleza, la tríada que consiste el envés del Ser puede ser rastreado en el devenir humano y, como afirma Pascal en sus “Pensamientos”, hay la suficiente luz para verlo quien busque honestamente y la suficiente oscuridad para negarlo.

    Regreso al monacato benedictino, ante su labor de faro iluminador de la circunstancia vital del Medioevo, tenemos un hito más de esa gran herencia que es la tradición cristiana –presidida por su cabeza, Jesucristo mismo- que a nosotros nos toca renovar y revitalizar para hacerla accesible a los hombres y mujeres de hoy. Pero considero que es una falsa disyuntiva optar por ser oasis en medio de la increencia y la secularización o fermento creyente en medio de la levadura del mundo. La tarea de todo cristiano es hacer brillar el resplandor de la fe, así como lo hicieron nuestros predecesores, cada uno en el lugar donde esté y en la coyuntura que le sitúe la vida. Los primitivos cristianos no se plantearon estrategias de expansión, en el ámbito público, ni de retirada, en el vínculo eclesial, simplemente afrontaron los que le tocó vivir, eso sí, plenamente encarnados evangélicamente en la Historia: fuera el martirio en las persecuciones o fuera la presencia pública a partir de Teodosio (380 d.c).

    Lo importante en definitiva, es la sinceridad, radicalidad y autenticidad de la vida cristiana y el genio creador que impulsa la misma determinarán el tipo de presencia en la sociedad. Los monjes lo lograron con su vida de contemplación y trabajo, constituyendo los monasterios un foco de civilización. Quizá hoy nos toque, para ser creíbles, vivir el cristianismo con la misma intensidad, disciplina y ascesis que ellos pero, en un mundo descreído, ser luminarias, antorchas, auténticos “teóforos” (portadores de Dios) que comuniquen de nuevo, con su vida, con su estar en el mundo, la esperanza y la Buena Nueva de la “civilización del amor” (Pablo VI).

Gabriel Alonso

Este trabajo se elaboró inicialmente cuando 

se preparaba la Constitución Europea, pero

su espíritu se supera después de ser rechazada.

Por eso, parece conveniente mantener la alusión a la misma

y las consideraciones que sugiere.

                       P. Anselmo Álvarez OSB

 

No abordo este tema ni desde la perspectiva política ni como historiador. Invoco ante todo mi condición de monje, pues son conocidos los vínculos muy estrechos que tenemos con Europa. Si me permiten esa libertad: Europa es cosa nuestra desde su cuna: conocemos la criatura de la que, en buena medida, hemos sido progenitores, a la que hemos educado y conducido hasta su mayoría de edad. Después hemos acompañado sus pasos y sus aventuras -y desventuras-. Hoy estamos un poco perplejos ante esta criatura, como seguramente les ocurre también a muchos de Vdes.

La actuación de la Iglesia y de los monjes desde la primera hora, dio a la configuración europea un signo cristiano y teológico muy perceptible, representado en Cristo, el Evangelio, la Fe, la Gracia y la cristiandad.

 Por eso me acerco al tema a partir de algunas consideraciones inspiradas en la teología de la historia, que viene a ser el saber más certero acerca de las profundidades del acontecer humano. En realidad, sólo quien conoce a Dios conoce al hombre: en Él, en cuanto origen de todos los seres, está el arquetipo primordial de todos ellos, y en particular el de quien lleva su misma imagen. Por eso, es imprescindible mirar a Dios para reconocer al hombre.

Este hecho sigue siendo determinante a la hora de comprender más exhaustivamente los acontecimientos humanos y sus protagonistas, y es desde luego clave para discernir muchos de los factores esenciales que intervienen en la crisis actual de Europa. Se va a tratar, por tanto, de una evaluación hecha desde los presupuestos y valores que ella misma se dio como marco de referencias fundamentales, y que han permanecido vigentes, en el conjunto de la sociedad europea, hasta tiempos todavía muy próximos. Ello hará que algunas de las valoraciones que siguen puedan resultar inusuales, y desde luego políticamente incorrectas. Me permito sugerirles que, en este punto (como en otros), se atrevan a practicar esta incorrección como muestra de una buena salud intelectual.

¿Por qué hablar de desintegración cuando Europa está viviendo desde hace más de cincuenta años la euforia de su unión y está recorriendo tantas etapas en ese camino?

 En realidad, son dos las sendas que Europa tiene abiertas ante sí: las institucionales, que marcan los pasos de la unión política, jurídica y económica; por otra parte, las que señalan el cambio de signo de la conciencia europea. Es aquí donde se encuentra el fermento de esa deconstrucción a que el hombre europeo parece cada vez más fervientemente entregado. Se trata de la cuestión que ha centrado la reflexión de tantos observadores de la realidad europea desde la perspectiva de su crisis espiritual. Empezando por escritores rusos como Dowstoviesky, Berdiaief y Solzenytzin, o los occidentales contemporáneos como Thierry Molnar, Giovanni Reale, Remy Brague, George Weilgel y, en otro nivel, Juan Pablo II (Carta Apostólica Iglesia en Europa, 2003), Benedicto XVI (entre otras obras Europa, grandeza histórica y moral), y los documentos de las Conferencias Episcopales Europeas.

¿Qué ha sucedido en este orden de cosas?, ¿cual ha sido el desencadenante de esta desintegración en curso? Como causa fundamental parece que hay que señalar la disolución del núcleo a partir del cual tomó cuerpo y sobre el que se mantuvo compacta la realidad histórica europea: su universo metafísico, espiritual y humanista. O más exactamente, el alejamiento respecto a ese núcleo, ya que la naturaleza suprahistórica del mismo asegura su integridad por encima de los vaivenes humanos.

La inestabilidad fundamental que recorre el espacio humano europeo proviene, en efecto, del alejamiento de ese núcleo; todo lo que se separa del centro se desintegra, como se desintegra el cuerpo separado del alma. La subversión del mismo ha trastornado sustancialmente la figura y el espíritu del hombre europeo, y ha desarticulado su contextura interior. Ha sido un fenómeno de larga gestación en el que han intervenido diversas concausas: la acción de las filosofías iluministas y de las ideologías materialistas, el agotamiento de las ideas e impulsos históricos, el debilitamiento de la fe en los valores trascendentes, la decisión deliberada de poner fin a un ciclo histórico multisecular aunque no se dispusiera de un modelo de recambio, como sucedió con la declaración del fin de la modernidad, para la que no hubo ninguna propuesta alternativa.                          

En todo caso, la desintegración de Europa tiene el sentido y el efecto de una desvertebración de la misma, consiguiente al empeño de renunciar a sus genes, aun  a sabiendas de que no es posible anular o transmutar los genes sin que el organismo perezca. De hecho, la construcción política del continente se está levantando sobre las ruinas de la vieja casa europea, mediante una acción deliberada que proyecta el nuevo edificio con materiales y diseños que son extraños a su estructura fundamental, aunque algunos de ellos vengan siendo ensayados desde hace tiempo.

Un Pueblo, o una comunidad de Pueblos, no es sólo una geografía, unas fronteras o una población; ni siquiera es el resultado de la existencia de un Estado, de un sistema político o de una Constitución. Todo eso forma también parte de la configuración de los pueblos, pero es sólo su infraestructura. Con esos elementos en cualquier momento y lugar puede hacer aparición casi de la nada una nueva nación, como sucedió en Oriente Medio después de la 1ª y 2ª guerras mundiales, o en el África descolonizada.

Los elementos esenciales de un pueblo vienen determinados por el espíritu, la tradición, la historia, los valores espirituales y morales, la cultura, la lengua, las instituciones naturales como la familia y la sociedad. Ellos son los que definen su identidad –su alma-, y su eclipse provoca su decadencia o su ruina, aunque persista una fachada.

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