Vivimos tiempos en que el cristiano ha de tener una vivencia mística de su fe, y esto no quiere decir más que cultivar una experiencia intensa de Dios. Las palabras de Rahner son un reto: “hemos aprendido demasiado poco el arte increíblemente elevado de una auténtica mistagogia para la experiencia de Dios”.

Se trata de iniciar en un encuentro personal con Él, más allá de la doctrina y de la razón (incluyéndolas, claro está). Ayudando a consentir a esa Presencia descentrándose con confianza absoluta. Los fundamentos son la referencia de la propia existencia al Misterio que llamamos Dios, de evidente indecibilidad. Esta mistagogia ha de enseñarnos a perseverar en mantenernos cerca de Él, a hablarle como a un Tú y a aventurarnos en su silenciosa oscuridad. En el centro de la mistagogia cristiana está Cristo, muerto y Resucitado.

Rahner recomienda leer a los antiguos maestros espirituales, tener coraje para ser discípulos de ellos y cultivar relaciones maestro-discípulo que hoy parecen exclusivas de la relación terapéutica. Hacen falta maestros espirituales, mistagogos, que ayuden en la experiencia viva de Dios -partiendo del núcleo de la propia existencia- y que acepten y guíen con arrojo en lo fundamental de la persona: la unión con Dios. Hay necesidad de mística en una Iglesia rendida a la palabra o la acción. Y precisamos aceptar la Revelación cristiana aprendiendo a experimentarla como definición de nuestra vida.

Pero, ¿qué es la experiencia? La fe es inseparable de la experiencia y viceversa: el asunto es entender bien en qué consiste. Muchos dicen no haber tenido o haber perdido en el horizonte la experiencia de Dios, pero es un importante malentendido. Hasta el punto que la fe no es adherirse a unas verdades sino la experiencia íntima de Dios. Si se tiene fe, se tiene experiencia de Él. Y aunque pueda haber dudas o zozobras, la experiencia de fe sabe convivir con ellas, acabando siendo una oportunidad para mejorar el conocimiento real de Dios.

La experiencia hay que buscarla dentro del vivir y acontecer humano, y ahí puede ser experienciado Dios. La posesión del Espíritu no es vivenciada desde fuera como algo comunicado exteriormente, sino desde nuestra interioridad iluminada a la luz de la Iglesia: así no la busquemos primordialmente en hechos extraordinarios, teofanías o revelaciones. S. Juan de la Cruz huía con razón de todo ello. Lo que nos ocurre con la mística es que nos olvidamos que reside en lo ordinario, y la pasamos por alto o se reprime: no está tan lejana como suponemos. Ha hecho mucho daño el equiparar lo místico con fenómenos sobrenaturales, que sólo son dones extraordinarios. Toda nuestra vida está traspasada, atravesada por el Espíritu Santo y, si hay momentos especiales/puntuales, son únicamente llamaradas que surgen de las brasas de la vida ordinaria. Hay que recuperar la mística de la cotidianeidad. Así pues, la experiencia de Dios no trata de estar en una situación o lugar y moverse a otro sino de tener conciencia o no de poseerla: de la siempre cierta presencia divina (incluso en los periodos de oscuridad y ante los hechos más dolorosos y desconcertantes). Esta manera de enfocar lo experiencial de la vivencia de Dios supone que la experiencia no está nunca totalmente constituida, sino siempre adviniendo, en tensión permanente, como verdadero motor de vida; esto precisamente es lo que quiere decir: “el justo vive de fe”. La experiencia de Dios es la de haber sido visitado preguntándose y buscando por Quién (pues Dios es incomprensible y no se deja aprisionar en nuestros estrechos esquemas). La relación con el Infinito no es un saber, sino un deseo: y no puede ser satisfecho (Levinas). Dios excede los deseos que suscita en nosotros. Así se entiende que S. Agustín afirme que la única oración continua posible es el deseo de Dios: porque constituye la relación creyente de la manera más íntima y profunda.

La experiencia de Dios, que está en el fondo de lo real y en el corazón del sujeto, es la de una Otreidad trascendente en la raíz de la inmanencia. de lo divino como Presencia constituyente: somos tabernaculos del Espíritu Santo, que está en el yo humano como su más honda raíz y fundamento. Es una Presencia originante, no añadida, no percibida con la experiencia ordinaria SINO SALIENDO DE SÍ MISMO Y ACEPTANDO QUE EL CENTRO DE LA VIDA ES ESA OTRA REALIDAD. Dios mismo sustenta mi realidad, más allá de los vaivenes: el ateo eclipsa esa experiencia fundante; que dependemos del Absoluto. Lo decisivo de la experiencia de Dios es que pone en juego el acto de creer, la actitud teologal (la fe, la esperanza, el amor) que cae decididamente en la cuenta de que Dios está en la raíz de nuestro ser, lo que reorienta nuestra vida, desasiéndonos de nosotros mismos y confiando entregadamente en Dios. De dueños de nosotros pasamos a estar a disposición de Otro (“vivo yo pero ya no soy yo, es Cristo que vive en mí”) Comenzamos a existir desde Él.

Esto no quita que la experiencia de Dios sea “teopática”: más sufrida que sabida, pasión (de amor y de sufrimiento), aprendida existencialmente (no nocional o intelectualmente). Dice la Escritura que “Jesús aprendió sufriendo a obedecer”, no se trata de una visión negativa del seguimiento al Padre sino de una experiencia de consentir a su voluntad padeciendo de su mano, por el camino de su luz deslumbrante que nos ciega y por eso no vemos y creemos estar en oscuridad o no saber/entender. Sus caminos son distintos a los nuestros y hacer la experiencia de Dios es dejarse iluminar por Él, por su luz, que no podemos dominar como hacemos con la luz eleéctrica. Es el aprendizaje, el proceso, de ver las cosas con su luz, con y desde sus ojos.

A veces el camino nos parece intrincado y difícil, pero la experiencia intensa creyente que es la mística es la que facilita perseverar en el Amor. Simone Weil afirma que si nos mantenemos en ese amor en la profunda desdicha se llega a tocar la esencia de la alegría/sufrimiento que es el amor mismo de Dios: “¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!” (Sal 21) Es un misterio paradójico, pero ahí reside el secreto de la sabiduría de la Cruz, y por lo tanto del Amor que nos ha sido no sólo dado sino también vivido por Dios mismo.

Solo se puede creer cuando se ha “muerto” alguna vez, cuando se han destruido sin contemplaciones todas nuestras aspiraciones, seguridades y sueños y vayamos aprendiendo que sólo la gracia nos basta para vivir (“mi gracia te basta”, dice S. Pablo). Suele ser muy doloroso pero a posteriori podremos reconstruirlas y relatarlas, e incluso con la ayuda divina iluminar esas situaciones como puertas abiertas a una mayor y más profunda experiencia de Dios.

Lo negativo, lo duro de la vida, el sufrimiento no esperado y que nos duele hasta en el corazón nos ciega ante esas otras experiencias de Dios en medio de la vida, en las que sin hechos espectaculares, podemos descubrir Su Presencia gratificante. Son experiencias de la gracia, experiencias del Espíritu, definitivamente: son la mística de la cotidianidad, y profundas experiencias de Dios –aunque nos parezca lo contrario-. Entre ellas señala Rahner: callarnos sin defendernos de un trato injusto, perdonar sin recompensa, sacrificarse sin agradecimientos ni reconocimientos (ni siquiera satisfacción interior), hacer algo siguiendo la voz de nuestra conciencia –a sabiendas de responder sólo de nuestra decisión sin poder explicárselo a nadie, actuar puramente por amor a Dios (sin entusiasmo, cuando parecía un salto en el vacío y casi absurdo), tener gestos amables sin esperar agradecimiento ni sentir la satisfacción del interés…“SI ENCONTRAMOS TALES EXPERIENCIAS EN NUESTRA VIDA ES QUE HEMOS TENIDO LA EXPERIENCIA DE DIOS A QUE NOS REFERIMOS: LA EXPERIENCIA DE LO ETERNO”. Cuando se acepta una esperanza total que prevalece sobre las demás, cuando se afronta libremente una responsabilidad donde no se tienen claras perspectivas de éxito y utilidad, cuando se acepta con serenidad la muerte como comienzo de una promesa que no entendemos, cuando se dan por buenas las cuentas de la vida que a Dios le salen pero a nosotros no, cuando nos arriesgamos a orar en medio de tinieblas silenciosas con la certeza de ser escuchados –aún sin percibir una respuesta que podamos razonar o disfrutar, cuando uno se entrega sin condiciones y esa rendición es vivida como una victoria, cuando el caer se convierte en un verdadero estar de pie, cuando se experimenta la desesperación y uno se siente consolado sin consuelo fácil…ALLÍ ESTÁ DIOS Y SU GRACIA LIBERADORA, ALLÍ CONOCEMOS AL ESPÍRITU SANTO. Es una experiencia que no se puede ignorar en la vida, es la mística de cada día, el buscar a Dios en todas las cosas. Esta es la sobria embriaguez de la que hablan los Padres de la Iglesia y la liturgia primitiva. Somos aficionados a lo espectacular, pero el Espíritu sopla donde y cuando quiere y, sobre todo, como brisa suave…

 

(Notas de “La experiencia de Dios en mitad de la vida”, Salvador Ros, Ed. de Espiritualidad, 2ª ed, 2010)

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