Introducir a los monjes en un asunto como el de la ciudadanía europea puede parecer forzado y extemporáneo. ¿Cómo creer que un factor tan aparentemente marginal y exótico puede tener alguna relación con esta cuestión?

  Sin embargo, como tantos otros, en Europa también el fenómeno de la ciudadanía tiene una vinculación estrecha, directa o indirecta, con la presencia en ella de los monjes y de los Monasterios. Monasterios y monjes que no sólo aparecen en ella coincidiendo con el origen de la Edad Media, sino que su actuación a lo largo de la casi totalidad del suelo europeo es uno de los factores esenciales que dan dinamismo y forma al nuevo orden que se configura a la caída de Roma y tras la fugaz presencia de la monarquía ostrogoda en Italia.

  Ellos constituyen la única estructura estable sobre el fondo histórico y el tejido social de los primeros siglos medievales, de manera que la sociedad monástica fue en parte anterior y en parte paralela a la sociedad civil de toda esta época. La solidez de su organización interna basada, en parte, sobre principios del Derecho Romano; la definición exacta de sus objetivos, primariamente de naturaleza espiritual, y la voluntad decidida de su logro; la posesión y restauración de los recursos culturales salvados por ellos, provenientes de la tradición de Grecia y Roma; la eficacia de la sabiduría y experiencia puestos en acción, fueron algunos de los elementos sobre los que se apoyó esta actuación.

  Cierto que los poderes políticos de la época ayudaron a la expansión de esta institución monástica, pero no siempre de manera desinteresada y positiva: la fórmula de las encomiendas, que justificó su intervención en los Monasterios, intentó un control sobre ellos que obstaculizó gravemente tanto la vida de sus comunidades como su proyección social; pero ello no impidió que los monjes fueran de hecho los educadores de Europa, como en Grecia lo habían sido los filósofos y sus escuelas y Academias, de las que también aprendió Roma. Una educación que no se limitó a las letras y a la disciplina del pensamiento, sino que abarcó toda la esfera de la formación del hombre y de la sociedad. Los Monasterios han estado proporcionando a la sociedad europea del medievo un marco de referencias que ha incluido, junto a las espirituales y culturales de todo orden, las de la organización de la vida social, política y económica.

  De ellos emanó una contribución sustancial sin paralelo a la formación de la ‘casa común’ que estaba en pleno proceso de constitución. Contribución a través de los elementos más comunes, universales y aglutinantes, constitutivos de la comunidad espiritual, moral, cultural, jurídica y política que ha sido Europa por encima de sus fronteras nacionales.

  Simbólicamente, el mismo año en que Justiniano clausuraba la Academia de Atenas S. Benito fundaba el Monasterio de Montecasino (529).

  Un fenómeno que se inicia con la red de Monasterios que cubre toda la superficie europea –también los países orientales– y que hablando únicamente de Occidente polariza intensamente la vida religiosa, intelectual y artística, así como una buena parte de la económica y social.

  En este terreno hay que subrayar que el Monasterio es la primera y más persistente unidad económica y social de Europa, con sus explotaciones agrarias, sus manufacturas, sus industrias metalúrgicas (Monasterio de Fontenoy), sus talleres artísticos, su código de comercio, sus colonos, operarios y artesanos y la formación profesional de los mismos en todas estas técnicas.

  Si a ello se añade que son también los centros más numerosos del saber y de la cultura, se comprenderá que la influencia, incluso política, que desde ellos se ejerce haya sido extraordinariamente intensa. La historia de Europa recoge esta realidad, considerada como determinante para la formación de su espíritu y de sus instituciones de toda índole, lo que la une estrechamente a la de los ‘monjes de Occidente’, cuyo fundador S. Benito ha sido declarado, por los Papas Pío XII y Pablo VI, Padre y Patrono de Europa.

Proyección civil del Monasterio

Esta implantación en la totalidad del ámbito europeo tuvo como primera consecuencia la atracción hacia los Monasterios de una parte muy considerable de los pobladores procedentes de las invasiones que siguen llegando de manera ininterrumpida –hasta los normandos en el s. XI–. Tanto estas nuevas poblaciones como no pocas de las antiguas romanas buscan en torno al Monasterio un lugar de refugio y seguridad bajo la protección de los monjes, unas tierras cultivables, a la vez que un contacto directo con los agentes de la evangelización que los Monasterios han iniciado y que no concluirá hasta la entrada de estos pueblos bárbaros en la fe cristiana.

Los monjes no sólo acogían sino que directamente estimulaban el establecimiento de estas colonias, uno de cuyos resultados más positivos fue el asentamiento y organización de las poblaciones que tanto el flujo de las invasiones como la inestabilidad social mantenían en fluctuación permanente. Estas colonias son el origen de muy numerosos núcleos de población urbana nacidos en la época medieval, lo que significa que los Monasterios están en el origen del movimiento urbano europeo.

Pero lo que ahora interesa destacar más de este hecho es que durante siglos el hombre europeo ha estado en contacto inmediato con los monjes, lo que dio la oportunidad para programar y desarrollar su conquista para la civilización, la cultura, la religión, el trabajo, el arte, y también, con la lentitud impuesta por el talante agresivo de estos pueblos invasores, para la vida en común, el orden, el derecho, y más adelante el fuero, las libertades y la carta magna; y a través de ellos, para la vida municipal, el gremio y la experiencia asociativa tan abundante en la Edad Media.

La civitas monástica

Los Monasterios han sido descritos y organizados por la Regla de S. Benito como centros de población monástica, masculina o femenina. Con el tiempo el número de habitantes por Monasterio ha oscilado entre los 5 y los 500 monjes/as, y aunque no es fácil hacer una estadística de la suma total de los cenobios a lo largo de los diez siglos medievales, su número fue muy elevado, siendo innumerables los miles de monjes y no menos de monjas.

Su organización está pensada con el funcionalismo de las sociedades pequeñas y a la vez ideales. Y aunque las previsiones normativas sean mínimas, son todas las esenciales. De hecho el Monasterio realiza, a su propia escala, el proyecto y el modelo de la civitas. Por eso encontramos en él todos sus elementos constitutivos: un territorio, es decir, la propiedad donde está asentado el Monasterio; unos ciudadanos: los monjes; una Constitución: la Regla; un gobernador: el Abad; un Senado: la asamblea monástica; unas elecciones: las que designan al Abad; un código jurídico, incluido el penal: la legislación contenida en la Regla; unos funcionarios: los ‘oficiales’ o magistrados encargados de las diversas áreas de la actividad del Monasterio; una filosofía político-social inspiradora de la civitas: el servicio de Dios, de los hombres y de los propios hermanos; unas relaciones internacionales: la comunicación y los intercambios permanentes entre los monasterios esparcidos por toda la superficie europea, pero también con los príncipes y con las Cortes (p.e. las relaciones de Cluny y S. Bernardo con todas las realezas europeas, o como fue el caso de nuestro Alfonso VI con Cluny), a las que han prestado consejeros, ministros, agentes diplomáticos o maestros para las escuelas palatinas, y también recursos económicos.

Cierto que este Monasterio es una civitas Dei (S. Agustín). Pero lo que en ella sucede no está centrado únicamente en asuntos y realidades concernientes a Dios, sino que se ocupa también, de una manera concienzuda, del ciudadano que la habita para reglamentar todo lo relacionado con su existencia en ella. El Monasterio es también una ciudad del hombre. De ahí que si por un lado representa una sociedad alternativa a la civil, por otra es también paralela a ella y, en la medida que ha sido la primera de las sociedades organizadas en la Edad Media, puede decirse que tiene un carácter anticipativo y prototípico. De ahí también que la trasposición del modelo monástico a la sociedad civil no sea una incongruencia, pese a las inevitables diferencias.

 

  1. a) Elementos paralelos

El tema central de toda civitas: la dialéctica individuo-sociedad tiene también su presencia y planteamiento en la ciudad monástica, en la que el monje es considerado bajo la doble condición de sujeto personal y social, individuo y ciudadano de la sociedad cenobítica, es decir, de la vida común (koinos bios). La primera imagen que ofrece el Monasterio es la de una comunidad de existencia en el mismo espacio local y vital, existencia conducida por el principio del personalismo comunitario, que impide que el monje sea un ente anónimo dentro de la colectividad. Monasterio y monje están concebidos para que se presten un servicio mutuo, para que la comunidad potencie a cada uno de sus miembros y cada uno de ellos enriquezca a la Comunidad a través del sentimiento común de pertenencia, identidad e igualdad.

Desde él se define la participación igual en el proyecto común del Monasterio, en la responsabilidad personal y colectiva, en los mismos derechos y obligaciones, en el condominio de los bienes, en la concurrencia en el trabajo y actividades de todo orden.

Pero ante todo define el capítulo más importante de las relaciones interpersonales, que desde la perspectiva de toda comunidad humana se vislumbra como la cuestión decisiva. El fundador de la sociedad monástica occidental lo planteo cuando acertó a introducir los únicos mecanismos eficaces contra la perversión de los dos ejes sobre los que descansa la sociedad: al riesgo del colectivismo y gregarismo opuso el valor sustancial del sujeto personal; al egoísmo, individualismo y exclusivismo de sujetos y grupos, la fuerza unificadora del amor y la fraternidad verdaderos.

San Benito sabía que la relación entre los hombres es una cuestión teológica antes de ser social o jurídica, y que es inútil el intento de resolverla satisfactoriamente si se excluye esta premisa. Allí donde las relaciones humanas –dentro de la ciudad secular– impera el principio abstracto de la justicia, el legislador de los monjes instaura el principio evangélico del amor fraterno, no para burlarse de la justicia, sino para posibilitarla y trascenderla. La Regla no es más que una transcripción del Evangelio para quienes aspiran a ser hombres y cristianos en sentido más pleno. Por eso, plasma sobre él la forma y la exigencia del recto orden de relaciones, válido para la comunidad monástica y para la sociedad civil.

Sobre la base de este criterio, los monjes no son considerados como meros ciudadanos de la ciudad monástica, sino como hermanos. En un texto tan breve como el de la Regla el término con que se designa la comunidad –congregatio– se repita hasta 25 veces. En ella la condición jurídica de sus miembros se expresa con el término monje –36 veces–, mientras que su condición moral y social se describe con el vocablo hermanos –más de un centenar–.

A partir de ello, los valores comunitarios se hacen derivar de este plano en el que encuentran su impulso y su nivel de exigencia, tanto en las relaciones verticales con el titular de la autoridad: “amen al abad con sincera y humilde caridad”, como en las horizontales: “que todos se amen con amor desinteresado” (cp. 72,8); “que nadie busque su propia utilidad sino la del otro” (72,7); “que todo sea común a todos” (33,6); “dese a cada uno según sus necesidades” (34,1); ideas que tienen resonancias todavía muy actuales.

Toda la vida común está presidida por las virtudes sociales que la hacen genuina y posible: la concordia, el respeto, la cooperación, el desinterés, la gratuidad, la paciencia, la abnegación, la generosidad y el servicio mutuo, la obediencia recíproca, la atención permanente a los más débiles: niños y jóvenes (los hay en los Monasterios, para que nada falte a esta sociedad), los ancianos, los enfermos, los transgresores, los extranjeros… De esta forma, el Monasterio es una de los pocos lugares de comunión plena que subsisten junto a la familia: un lugar donde la sociedad de los hombres es comunidad y no sólo colectividad, fraternidad y no sólo coexistencia.

 

  1. b) Idea de jerarquía y democracia. El humanismo benedictino

La ciudad monástica es una sociedad vertebrada, es decir, jerarquizada, tanto vertical, según un triple criterio: el de la autoridad, así la superior como la intermedia, que tiene la representación de aquélla; el de la antigüedad en el Monasterio: el que ha llegado antes precede al que ha llegado después, sin que importe ni la edad, ni la categoría social, ni la función, de acuerdo con un criterio de objetividad y derecho que, a comienzos del s. VI, supone una conmoción: todavía están vigentes los privilegios antiguos: los ciudadanos libres, la nobleza de la sangre o el poder social y económico. Finalmente, el rango del mérito, sobre todo el de la virtud, el de la calidad personal. Esta forma de aristocracia tiene también una gran tradición romana y San Benito creyó conveniente conservarla como estímulo a la calidad humana incluso entre los monjes, provenientes del entorno bárbaro de la época.

Pero al mismo tiempo el principio jerárquico está compensado con el democrático a través de un ejercicio efectivo de la actividad democrática compatible con el marco monástico. A este fin, la asamblea del Monasterio, en la que están presentes todos los miembros de la comunidad, interviene soberanamente en la elección del abad y discute todos los asuntos importantes que le afectan, mientras un Consejo consultivo asesora al abad en las cuestiones de importancia menor. Ciertamente el Monasterio no es una democracia plena porque el principio de la obediencia, esencial a la organización monástica, limita el juego de la libertad. Pero hay que subrayar que se trata de una cesión plenamente libre, que eleva la obediencia al gesto de libertad por excelencia. Por lo demás, la autoridad deja un amplio margen a la autonomía del monje, la obediencia a la responsabilidad, la comunidad al individuo, la disciplina a la iniciativa.

Una de las características más sobresalientes del código de S. Benito es precisamente el imperio de la razón, de la aequitas, de la moderación, de la discreción, del equilibrio en la administración de la ciudad monástica, y que forma parte de una filosofía de la vida que inspira todas las dimensiones de la existencia del monje: el espacio, el tiempo, el ambiente, el ritmo y, sobre todo, la interioridad de su vida. Algo que ha marcado también durante mucho tiempo el talante cultural europeo: por una parte, el esfuerzo por definir y realizar el proyecto humano según la imagen del hombre descubierta en y por el Logos divino, así como la jerarquización de los fines y actividades según ella. En segundo término, el primado del hombre sobre su obra exterior, y la subordinación del trabajo, la ciencia, la técnica y la economía a fines y medidas humanas. Y ello porque el Monasterio se concibe como un espacio destinado a la creación de verdadera humanidad, como una escuela de humanismo en la que se aprende a encontrar y realizar la medida exacta del hombre.

Esta es la fuente de la calidad de vida que los Monasterios han enseñado a todas las generaciones y en todos los pueblos de Europa. Calidad basada en el predominio de la gratuidad sobre la eficacia, del silencio y la serenidad sobre el ruido y la agitación, de la belleza sobre lo grotesco, del orden sobre la confusión, de la economía sobre el despilfarro. Calidad generadora de unidad, comunión, disciplina y libertad verdadera. Por eso, no es de extrañar que la Regla benedictina haya sido uno de los libros de cabecera de los gobernantes medievales, civiles y eclesiásticos, príncipes y obispos: trataban de hacer posible el aforismo de San Benito: “que el Monasterio –la ciudad– sea sabiamente gobernada por hombres sabios”. (cp. 53). 

Anselmo Álvarez OSB

  

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