Uno de los elementos que en el mundo cristiano se perciben como más negativos del tiempo presente son las limitaciones insuperables  que estrechan crecientemente la capacidad de actuación de quienes mantienen su adhesión a Cristo. Bajo muchas perspectivas esta impresión es realista. Pero dejamos de percibir lo esencial de  la situación cuando olvidamos que nuestras capacidades  fundamentales no son de orden humano, aunque no se deban excluir, sino de realidad muy distinta.

La magnitud determinante en el orden cristiano, ante cualquier contingencia es, primordialmente,  de índole sobrenatural. Por eso, cuando elaboramos proyectos de acción al servicio de Dios y de la Iglesia, parece que hay una primera y esencial posibilidad de abordar el objetivo de obtenerlos mediante el recurso a actuaciones que nos pueden parecer extraordinarias, pero que deberían ser consideradas y utilizadas con total normalidad, porque pertenecen esencialmente a la esfera específica de la acción cristiana.

Bajo esta perspectiva, podríamos movilizar al servicio de Dios un inmenso conjunto de realidades divinas, angélicas, sobrenaturales, eclesiales, litúrgicas, espirituales, humanas, cósmicas, más otras dimensiones  como el trabajo, el sufrimiento, la vida y la muerte: todas las que constituyen normalmente la realidad interna del mundo cristiano y que, en su totalidad, permanecen activas en su presencia, procedentes del pasado, del presente o del futuro. Cada creyente, en cuanto miembro del Cuerpo místico puede, aquí y ahora, poner en acción presente todo cuanto ha tenido lugar en el orden sobrenatural y natural bajo la acción de Dios en cualquier tiempo. Porque todo es presente para Él y cada acción sigue activa e inextinguible en su presencia. Así, podríamos, entre otros objetivos, mantener al mundo en oración incesante, al modo de la alabanza perenne medieval, como una liturgia universal en el tiempo y en el espacio. Sostenida por quienes,  aquí y ahora, muchos o pocos, mantienen viva  la Iglesia mística de Cristo. 

La cristiandad entera podría participar en ella, uniéndose intencionalmente a la que cada día y cada tiempo ha sido la práctica de la comunidad cristiana, en la que se origina una corriente incesante de intercesión que recorre todos los espacios y moviliza todas las oportunidades  de eficacia ante Dios. Mantener esta actividad en movimiento constante, aunque no siempre pueda ser consciente, resultaría una de los recursos más afectivos en este intento, y uno de los medios decisivos que la providencia  ha reservado para esta hora que es, por excelencia, la hora de Dios.  

Sucede, por otra parte, que aunque la cristiandad histórica pudiera extinguirse ello no es, en ninguna hipótesis, extensible más allá de esta dimensión. Cierto que muchos viven bajo la convicción de que el cristianismo ha sido condenado a la extinción, sea por su propia insolvencia histórica o porque su final ha sido decretado por poderes que pudieran aspirar a sustituirlo en su pasada representación como eje de la historia humana. Aparentemente, no quedaría ningún futuro para algo cuyo final parece decretado. Pero aunque esto pudiera suceder hipotéticamente en el orden de ciertas realidades históricas cristianas, no es transferible a quien es Cabeza y  Raíz de la misma.

En realidad, quien es “Juez de vivos y muertos” (Hch 10, 42), Aquel que es “la vida” (Jn, 14, 6), y de quien el Apóstol atestigua que Cristo resucitado de entre los muertos ya no muere más, que la muerte ya no tiene dominio sobre Él” (Rm 6, 9); el mismo que atestigua: “Yo soy el que vive por los siglos” (Ap 4, 9, 10; 10, 6), porque “vive siempre para interceder por nosotros “ (Hb 7, 25), o que asegura: “en verdad os digo: antes de que Abrahán naciera Yo Soy, Yo existo” (Jn 8, 58). Alguien a quien pertenece y es sustancialmente la Vida garantiza que el cuerpo que anima va a conservar la vida propia de la Cabeza: “Si alguien confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios está con Él y Él con Dios” (1  Jn,5, 15). De hecho, es un desatino preconizar la muerte de un cuerpo cuya Cabeza y cuyo Corazón palpitan con la fuerza incontenible de quien, sin cesar, es y da vida a toda realidad. Por eso, bajo tal garantía, el cristianismo no es la nación sentenciada a perecer, sino “el pueblo destinado a nacer” (Sal 21, 31).

Y ello ocurrirá como anuncian los textos sagrados: “se alían los reyes de la tierra, los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Mesías: rompamos sus coyundas, sacudamos su yugo. Pero el que habita en el cielo sonríe,  el Señor se burla de ellos” (Sal 2, 2). De hecho, la hipótesis de un colapso de la Iglesia es una ficción insensata, porque en determinados momentos ella puede comportarse como un Guadiana que juega con su curso, asomándose o sumergiéndose.

Los albores del nuevo día de la humanidad pueden estar ya despuntando, y cuando Alguien pregunte de nuevo: “¿a quién buscas?”, “por qué lloras, María?”, puede encontrarse cara a cara con el Señor resucitado aunque velado. Aquí y ahora Él sigue apaciguando “la tormenta en suave brisa y haciendo enmudecer las olas del mar” (cf Sal 106…), mientras mantiene la soberanía sobre el  actual imperio de la muerte y del caos, que deben cumplir su tiempo y su obra según los designios divinos: ¿“por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean un fracaso? Se alían los reyes de la tierra, los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Mesías?” (Hc 4, 25-26).

Por eso, parece que es una urgencia inmediata ponernos en pie de guerra: los penúltimos de los penúltimos tiempos. La batalla no es sólo de los celícolas  sino de los postreros testigos de Dios en el  mundo. No son necesarias muchedumbres. Gedeón fue invitado por Yahvé a dejar en el camino la casi totalidad del ejército que había reunido, mientras siguen vigentes las palabras que el Señor pronunció por boca de David ante Goliat y sus huestes: “esta es una guerra del Señor” (1 Sam 17,47). Ante la fuerza que podemos poner en acto, los demonios la conocen  y tiemblan. Tiemblan ante la pequeña hueste de los fieles de esta hora que se deciden a coger las armas de que disponen. Tiemblan ante el impulso de furia sagrada que finalmente decida la extinción de las sombras que ahora ejercen la hegemonía sobre el pecado y la muerte, y devuelva al hombre el esplendor de la gloria original.

Tal es la expectativa cristiana  de los tiempos  presentes: el desplome de los cimientos del imperio del pecado y de la muerte, ahora en aparente posesión del el infierno.

Compartir la muerte con todos aquellos con quienes he deseado  compartir la vida en Dios: mis hermanos, pero también todos aquellos  con quienes, por encima de lugares y tiempos, he deseado compartir todas las experiencias que nos unen a todos los miembros del C. místico mediante la Comunión de los Santos: la misma fe, obras, amor, experiencias religiosas y litúrgicas,  vida eclesial…

Anselmo Álvarez OSB

  

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