“Descargad en Dios todo vuestro agobio, que Él se interesa por vosotros”(S. Pedro)

 En momentos tan dramáticos como los que estamos viviendo durante esta devastadora pandemia podríamos llegar a preguntarnos: ¿dónde está Dios? Cuestionarnos su fidelidad: dudar de su amor, de su Providencia, de su fidelidad con nosoros. Sabemos por la fe que Él nos acompaña y sufre con nosotros, que mueve “el querer como el obrar” (Flp 2, 13) de tan tas personas generosas que se están entregando heroicamente, y que acompaña a tantos y tantos enfermos y acoge en su seno a las decenas de miles de víctimas mortales. Sin embargo, como los Apóstoles en la barca, estamos asustados y le interrogamos: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” (Mc 4, 38). La zozobra y la tempestad nos parece que nos van a hundir fatalmente. En este caso se trataba también de un fenómeno natural, una furiosa tormenta, ahora de una epidemia letal. Propongo una reflexión serena, que no fría.

Ante situaciones así, nos planteamos más radicalmente nuestra fragilidad y vulnerabilidad, por qué estamos sujetos a la enfermedad, el sufrimiento o la muerte. El misterio del mal es una cuestión antropológica fundamental y de profundas dimensiones existenciales, personales y teóricas que van mucho más allá del plano abstracto y que nos afectan en lo más íntimo de nuestro ser, especialmente en el plano espiritual: “¿Por qué sufro? Esta es la roca del ateísmo” (Büchner, La muerte de Danton, acto 3º)  Se trata de un problema intemporal, universal y hondamente humano. En este sentido, escribe W. Kasper: “Las experiencias del sufrimiento inocente e injusto constituyen un argumento existencialmente mucho más fuerte contra la creencia en Dios que todos los argumentos basados en la teoría del conocimiento, en las ciencias, en la crítica de la religión y de la ideología y en cualquier tipo de razonamiento filosófico” (cfr. El Dios de Jesucristo, Salamanca, p. 188).

La literatura, como gran expresión de la vida humana, ha abierto en carne viva el interrogante sobre el mal físico y moral (F.Dostoievski, A.Camus y tantos otros). Se suman a ella grandes pensadores como Darwin (a partir de su observación de la naturaleza salvaje), Freud (a raíz de la muerte de su nieto y de su propio cáncer de mandíbula), Unamuno (ante el fallecimiento de su hijo disminuido), Guardini (aquejado de una dolencia muy dolorosa durante largos años) y un largo etcétera. Todos ellos han hecho del sufrimiento, y por lo tanto del mal, una aspecto fundamental que vertebra su pensamiento, explícita o implícitamente. Es un hecho que “da que pensar”, en expresión de P. Ricoeur.

En este orden de cosas, la Teodicea (o Teología Natural, la disciplina que aborda la justificación filosófica de la existencia de Dios y sus atributos) es tan antigua como la Filosofía, aunque con esta denominación debutó con Leibniz, en 1710, con su obra titulada de este modo. La misión de esta disciplina respecto al misterio del mal es abordar desde la razón esta cuestión y el papel del Ser Divino en ella, clarificando las objeciones argumentales pues se produce un aparente choque existencial e intelectual entre la fe en Dios, su bondad y omnipotencia, y la existencia del mal. Posteriormente, el método teológico, desde la revelación divina, ilumina y amplía enormemente, decisivamente, el contenido de este enorme misterio.

 Torres Queiruga, afirma en este sentido: “la Teodicea tiene dos turning points decisivos, el terremoto de Lisboa, en 1755, el cual pondría fin a la etapa lebiniziana, centrada en el mal físico; y el segundo, con el Holocausto, centrándolo en el mal moral y la responsabilidad ética” (Repensar el mal, Madrid p. 31). En esta ocasión nos hallamos ante una posible mutación -muy agresiva y contagiosa para la especie humana- de un virus ya parcialmente conocido. ¿Es en sí un mal? Como afirmábamos más arriba lo es como estado de cosas que nos afecta por el gran daño a nuestra vida.

Abordando el asunto desde una reflexión más concreta, la comprensión clásica del mal como privación del bien  -entendido metafísica u ontológicamente- enfatiza su carácter negativo, esto es: que no tiene existencia objetiva más allá de significar la carencia o ausencia de lo que realmente es o existe, el bien, el “bien debido” en cada caso (no supone un mal que el hombre no pueda volar por sí mismo). Aunque aparentemente pueda parecer que con este abordaje se intenta negar la cruda realidad del impacto real de lo que nos afecta, es una crítica superficial a este enfoque metafísico del problema. El mal no tiene entidad propia, per se, sólo alude a lo que falta y es debido en relación al bien (cómo está constituido ontológicamente cada ser).

Por lo tanto, concluímos, el mal es negación porque no es una realidad en sí misma. Este es el planteamiento de una corriente filosófica coincidente en lo esencial desde Aristóteles (s.IV a.c) hasta Leibniz (s. XVIII). Siempre tiene algo de carencia, por eso es “parasitario” del bien. La finitud tiene también un innegable carácter de privación y, por ello, de mal: así pues, la raíz última, la definitiva condición de posibilidad del mal en lo creado está en la finitud de lo real. En apretada síntesis este es el nudo gordiano filosófico-racional de esta gran cuestión. Este planteamiento habrá de ser completado a posteriori por la reflexión teológica que después abordaremos.

La gran pregunta por el mal (CIC, 284) pareciera hacer surgir objeciones a la existencia, bondad y poder de Dios. Ante las afirmaciones que niegan un polo de la cuestión: 1) “el mal existe: luego no hay Dios” o su contraria, 2) “si hay un Dios bueno y omnipotente entonces no hay mal” (porque estamos en el mejor mundo de los posibles, como sugiriera Leibniz) con santo Tomás afirmamos: 3) “habría más bien que efectuar el razonamiento inverso: si existe el mal, existe Dios. Ya que el mal no existiría, si no existiese el orden del bien, del cual el mal es privación. Y este orden no existiría, si Dios no existiese” (Suma contra Gentiles, III, c. 71). Podemos pues reafirmarnos en esta posible Teodicea: “aunque haya mal, hay Dios (y es omnipotente y bueno)”.

Yendo más allá, el mal y su experiencia incluso puede ser un argumento racional para creer en Dios. El propio Kant, en uno de sus postulados de la Razón Práctica (“Crítica de la Razón Práctica”, 1788) se eleva desde la realidad del mal, el sefrimiento y la injusticia a la perspectiva escatológica: afirmando desde la razón filosófica –postulatoriamente- una vida tras la muerte, así como la existencia de un Juez Supremo garante de la Justicia y la Bondad que retribuiría en el más allá la conducta y el sufrimiento humano. Más existencialmente escribe Rousseau a Voltaire: “He sufrido demasiado en esta vida como para no esperar en la otra”.

Si por un lado negamos la realidad metafísica objetiva del mal, por otro entendemos por él la cualificación de una acción, un acontecimiento, una cosa o un estado de cosas en relación primariamente con nuestra vida -a la que de algún modo daña o contradice- y que por eso denominamos “mala” o malo”. Es el caso de esta epidemia que tan duramente golpea al género humano. En este sentido, el mal es extensible a la naturaleza misma pues también las catástrofes naturales pueden serlo no sólo en la medida que nos afecta a nosotros sino también en aquellos casos en que es perjudicado un habitat biológico-natural; aún siendo el drama humano lo esencial.

 “El problema de la Teodicea, o la cuestión de cómo puede permitir tanto sufrimiento un Dios omnipotente y amoroso se ha centrado en el sufrimiento humano, y al resto de la naturaleza se le ha prestado poca atención. Sin embargo, esto cambió radicalmente con la aparición de Darwin” (T. D. Cooper, Las dimensiones del mal. Perspectivas actuales, Bilbao, 2009, p. 25). Sus descubrimientos aparejaron un importante problema al pensamiento al trasladarse la relación de Dios con el mal a la naturaleza en su conjunto. De hecho se han planteado visiones filosófico-teológicas postdarwinianas de la Providencia y el mal (p. ej. el teólogo católico J.F. Haught).

El naturalista inglés del XIX propuso en su modelo evolutivo una nueva ley explicativa: la del oportunismo, el azar, el cambio y la fuerza bruta; la lucha por la vida. Partiendo de esta premisa de que la naturaleza parece estar vacía de toda “compasión” la existencia del mal está siendo también actualmente estudiada por sociólogos  y científicos naturalistas. La filosofía y la teología no ostentan ya el monopolio del “problema del mal”. Así afirma el renombrado sociólogo P. Berger: “El trastorno en la historia no puede quedar limitado a la historia del ser humano, porque existe un enorme dolor y sufrimiento en el desarrollo del proceso evolutivo mucho antes de que comenzara la historia humana, con especies enteras de animales que sufrieron y fueron relegadas a un olvido total por la inexorable selección de la evolución biológica. En otras palabras, el trastorno de la creación ha tenido que ser metahistórico;  quizás hasta tuvo una dimensión cósmica, de lo que se deduce que el proceso de su reparación redentora ha de ser en este plano” (ibid. p. 20).

Todas estas consideraciones previas son pertinentes y no posponen la importancia del sufrimiento personal al biológico: reflexionamos sobre la causa, un virus que ha mutado, evolucionado, si como parece hasta ahora, es fruto de un mecanismo natural que en su nueva configuración biológica ha resultado agredir letalmente a la Humanidad. Frente al darwinismo que, al fijarse en los brutales comportamientos de la naturaleza cuestionaba que realmente hubiera un cuidado providencial del mundo, ¿es posible una teodicea y una teología de la evolución?

La respuesta es ciertamente sí, lo que subraya esta renovada teodicea es el pensar en términos no únicamente antropocéntricos, incluyendo también la perspectiva del designio bio-cósmico. Formamos parte de una historia mucho más grande que la de la evolución de la Tierra. La redención implica al universo entero, no solo a los seres humanos: el propio S. Pablo habla de la recapitulación y restauración de todas las cosas en Cristo, las del Cielo y las de la Tierra (Ef 1, 10). Esta teodicea y teología de la evolución “trata de mostrar cómo la nueva conciencia de la evolución biológica cósmica es capaz de realzar y enriquecer la doctrina tradicional sobre Dios y sobre cómo actúa Dios en el mundo” (ibid, p. 69) Es preciso tener en cuenta esta nueva visión que intenta elaborar una aproximación al papel de la Providencia congruente con lo asumible científicamente del modelo darwinista, aunque ahora no podamos sino dejarlo apuntado.

Lo dramático de nuestra situación nos hace dirigir la mirada al origen de la epidemia, una mutación biológica, que se enmarca en las leyes de la vida que habita en el Cosmos, con su aparente arbitrariedad pero también llamado a constituirse en “un Cielo nuevo y una Tierra nueva” (Ap 21, 1), al igual que la Humanidad está llamada a una vida perdurable sin “muerte, ni luto, ni lágrimas, ni dolor” (Ap 21, 4).

Yendo al núcleo, la pregunta de fondo que cabría hacerse -desde la perspectiva de la Teodicea y la Teología- sería más bien:  ¿por qué Dios creó el mundo sabiendo que iba a ser tan precario? ¿merecía la pena crear un mundo que acabaría siendo así? Esta cuestión ya habrá de abordarse desde el plano complementario filosófico-teológico. Sabemos por la Revelación divina que inicialmente el designio de Dios sobre la Creación fue de ausencia del mal y de sufrimiento, según su sabiduría (Sab 9, 9), y que el pecado trastocó la Creación entera, pendiente de una redención definitiva.

En este orden de cosas, el mal que nos pueden ocasionar los desórdenes naturales -vistos en perspectiva humana- se enmarca en el desorden causado por el pecado, que nos hace estar sujetos a la enfermedad y la muerte confiando en el plan salvífico de Dios que incluye la revelada restauración definitiva de la condición humana, del Cosmos y de la Historia y que tendrá su culmen en la recapitulación de todas las cosas en Cristo (Ef, 3-10), también de la Creación que ahora “gime bajo dolores de parto” (Rom 8, 22). En esta clave de una actuación misteriosa de la Providencia, que no entendemos porque nos supera con mucho hay que enmarcar los hechos históricos que nos suceden: incluídos los más nefastos. Su significado último nos es ahora inhaprensible, por ser un profundo misterio que se nos desvelará. Para ello contamos con la garantía de la Revelación y de nuestro asentimiento a ella, la fe: “garantía de lo que se espera” (Hb 11,1) que confía en que “Él hace que todo lo que nos suceda sea para nuestro bien” (Rom 8, 28).

 No son estos acontecimientos naturales catastróficos, como afirman algunos, ni deliberados ni permitidos por la voluntad divina como una forma de castigo: únicamente lo son de manera manifiesta y extraordinaria. Al respecto de la pandemia que padecemos sería cruel para con Dios adjudicarle la muerte, por ejemplo en España, de quince mil personas y puede que el doble (hasta la fecha) de los cuales el 95% son mayores de sesenta años. ¿Qué ocurriría entonces con enfermedades contagiadas como la malaria que ocasiona centenares de miles de fallecidos cada año?¿Son también, entonces, un castigo divino? Pienso en estos planteamientos como el  “apocalipsis del rico Epulón” y que deforman el verdadero rostro de Dios.

Si Dios no elimina el mal de un mundo finito y contingente, es porque así es su constitución actual y no podemos deducir legítimamente que Él ha sido el origen del mal porque en el plano de la razón no puede concebirse -como ya queda dicho- una creación finita sin privación. Esto es compatible con su bondad y omnipotencia porque Él quiere y puede vencer el mal que nos aqueja aquí y ahora y de modo definitivo una vez rotos los límites del espacio y el tiempo, aunque siempre según su designio providencial que es el del Misterio de la Redención; obsérvese que para Tomás de Aquino: “ser misericordioso es lo propio de Dios, y en ello se manifiesta de forma máxima su omnipotencia” (ST, 2-2 q. 34 a. 4).

La perspectiva cristiana me parece abordar así el significado del acontecer y capta de este modo el sentido de los sucesos que actualmente sufrimos. Por muy duros que sean y nos parezcan: sabemos por la fe que nada se escapa al designio providente y misterioso de Dios. A Él y a la Bienaventurada Virgen María encomendamos tanto sufrimiento, angustia y dolor como está ocasionando esta pandemia y, por supuesto,  el eterno descanso de los fallecidos.

 

 

                                                                                   Gabriel Alonso

                                                                               Viernes Santo 2020

 

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