El autor norteamericano Rob Dreher, con su reciente libro de impacto en EE.UU ya publicado en otras lenguas, ha puesto sobre la mesa un sugerente debate. En definitiva, se trata de cómo las comunidades cristinas (de diferentes confesiones, recuerdo que él es ortodoxo, aunque inicialmente converso al catolicismo) pueden y deben afrontar su presencia vivificante en medio de una cultura y una sociedad a menudo beligerantes o cuando menos indiferentes con el hecho religioso, léase cristianismo en el contexto occidental.

   No voy a abordar aquí la tesis referida (cfr. la entrevista al autor en ABC Cultural 1/02/19) ni entrar en la discusión originada (por ejemplo, se ha propuesto un complemento formulado como “opción paulina”, véase www.eldebatedehoy.es  31/1/19, por el prof. Sánchez Garrido) Pero sí estimo conveniente extraer las referencias a la tradición benedictina y su pertinencia en el siglo XXI. Dreher alude en términos filosóficos, en versión contemporánea del filósofo Alasdair MacIntyre, al comunitarismo pero este enfoque, que apuesta por seguir el hilo conductor de la propia tradición cultural, espiritual y humana de cada comunidad social, religiosa, etc –ante la inconmensurabilidad de los puntos de partida de cada cosmovisión, esto es, la imposibilidad de convergencia ante presupuestos tan dispares en sociedades tan plurales-, contiene el riesgo y la semilla de la introversión: contra una auténtica “Iglesia en salida” (de la que tanto habla y a la que anima el actual Pontífice).

    Es bien sabido el papel crucial que jugaron los monjes altomedievales en la conservación de la cultura clásica pero es menos conocido su función dinamizadora de la sociedad de entonces. Los monasterios, no en vano S. Benito es invocado como patrón y fundador de Europa y su regla monástica aún es admirada incluso en ámbitos no específicamente cristianos, jugaron un decisivo rol en la construción del continente, y no únicamente como savia espiritual sino también en el plano económico, demográfico y pedagógico. La paternidad del monacato, especialmente del benedictino, sobre la configuración del espíritu europeo es indudable.

    Ahora bien, cada generación debe afrontar sus responsabilidades ante la Historia y enfrentarse a los retos del momento. Así como nuestros antecesores supieron fecundar e impulsar la civilización occidental con un cristianismo que significó levadura y fermento en aquel entonces, hoy es nuestro turno y con un horizonte aún mayor pues se trata del conjunto del planeta, debido a nuestra era de globalización e hiperconectividad.

    En este sentido, el prof. Sánchez Garrido, en el artículo antes citado, acierta al apostar por que las comunidades cristianas sean oasis pero no guetos (encerrados en sí mismos) y en semillas de mostaza –en términos evangélicos- en la sociedad de hoy, no olvidando la necesaria acción evangelizadora, no sólo a nivel personal, sino también en el ámbito político (en su sentido amplio, la “polis” griega, el espacio público) y lo que S. Juan Pablo II dio en llamar “los nuevos aerópagos” -en alusión directa a la predicación de S. Pablo en Atenas-. Y Benedicto XVI: “el atrio de los gentiles”, referido al espacio del Templo de Jerusalén reservado a los no judíos.

    Pues bien, desde mi punto de vista, así como en otros periodos de la Historia la religiosidad intrínseca de la condición humana servía de base y fundamento para la predicación y propuesta cristiana (un magnífico análisis de su importancia se puede encontrar en los escritos del próximamente proclamado santo  cardenal J. H. Newman) hoy podemos encontrar este punto de partida, a mi modo de ver, en la consideración positiva del legado de la tradición cristiana en la fundamentación y dinamismo de los valores comúnmente compartidos incluso en el mundo laico. A nadie se le escapa que fenómenos sociopolíticos medulares como los Derechos Humanos, la democracia liberal (libertad e igualdad ante la ley) y las aspiraciones a una globalización más justa, fraterna y solidaria (universalismo de matriz cristiana) son producto de unas raíces muy bien definidas, las que se hunden en el humus evangélico de Jesucristo.

    De un modo más concreto, afirma el reconocido filósofo y escritor I. Gómez de Liaño en una reciente entrevista periodística (a la pregunta: “¿Cuál es, en su opinión, el lugar de la religión en un sistema democrático como el nuestro?): “En esto coincido bastante con el filósofo español –aunque él escribió en inglés- Santayana. El cristianismo católico tiene unos valores culturales y poéticos extraordinarios. La liturgia también. De manera que yo creo que eso, independientemente de la fe que uno pueda tener, de si hubo resurrección o no, etc. tiene ese valor moralizador y poetizador. Esos son valores muy importantes para la humanidad, incluida la humanidad democrática. En ese sentido, la religión que ha aportado más ha sido la versión católica del cristianismo, y también ciertas versiones del budismo”.

     En este sentido, Karol Wojtyla, recoje en su volumen “Signo de contradicción” (1978) la espléndida referencia de otro conocido pensador, materialista ateo, compatriota suyo, Kolakowski, respecto a los diversos intentos de eliminar a Jesucristo de nuestra cultura: “Semejante intento es obra de gentes ingenuas, que se imaginan que el ateísmo vulgar no solo puede bastar como Weltanschauung, sino que además puede autorizar a mutilar la tradición cultural según el propio parecer doctrinario, privándola así de su jugo más vital” (p. 137). Concluye: “no se puede, sin romper la continuidad de la vida espiritual, hundir en el ‘no-ser’ la persona de ese hombre, que a través de los siglos fue…ejemplo de los valores más nobles. Él encarnó en su persona la capacidad de expresar en alta voz su verdad, la capacidad de defenderla hasta el fin y sin compromisos, la capacidad de resistir hasta el final frente a la presión de la situación establecida, que no lo acepta. Enseñó de qué forma, sin recurrir a la violencia, se puede enfrentar uno consigo mismo y con el mundo. Fue por todo ello un ejemplo de esa autenticidad radical a la que todo individuo humano puede con los propios valores dar verdaderamente vida” (pp.137-8).

    Frente al hecho cristiano podemos advertir hoy un notable desapego, indiferencia o incluso desdén en no pocos ambientes. Sin embargo, en muchos espíritus atentos y honestos intelectualmente pervive el reconocimiento del enorme valor y aportación de la fe cristiana a la civilización, así como el aprecio incondicional de la figura de Jesús –independientemente de la consideración sobre su Persona-. Desde mi óptica este es un punto importante a partir del cual se puede volver a proponer la fe: si la religión cristiana ha aportado tanto a la Historia y a la humanidad en su conjunto, y la figura de Jesucristo sigue suscitando interés y atractivo después de más de 2.000 años, por qué no plantearse de un modo radical y sincero aquella vieja cuestión que formuló Hugo Grocio referida al Derecho Natural: pasando del “etsi deus non daretur” (como si Dios no existiera) al “etsi Deus daretur” (concedamos que Dios existe).

    La religiosidad natural humana hoy se desdibuja en neblinas New Age y espiritualidades etéreas y desinstitucionalizadas: la libertad moderna, mal entendida, se contrapone a la búsqueda de la verdad y a las formulaciones dogmáticas, como si no fueran otra cosa que proposiciones que sintetizan el contenido de la fe que se profesa. Pero, sin embargo, recuperemos una gran pregunta: ¿responde la fe cristiana a los más profundos anhelos de la condición humana? Y, si es así, y somos capaces de no reducirla a un sueño infantil, despreciando su autenticidad (etsi Deus daretur), como han hecho los “maestros de la sospecha” (como los denomina P. Ricoeur: Marx, Freud, Nietszche), o ha dejado un rastro luminoso de amor y fraternidad humana en la Historia.

    Bien es cierto que mezclado, como afirma el Evangelio, el trigo con la cizaña, el bien con el mal, porque es ese nuestro sino desde la caída original el resplandor de la Verdad, la Bondad y la Belleza, la tríada que consiste el envés del Ser puede ser rastreado en el devenir humano y, como afirma Pascal en sus “Pensamientos”, hay la suficiente luz para verlo quien busque honestamente y la suficiente oscuridad para negarlo.

    Regreso al monacato benedictino, ante su labor de faro iluminador de la circunstancia vital del Medioevo, tenemos un hito más de esa gran herencia que es la tradición cristiana –presidida por su cabeza, Jesucristo mismo- que a nosotros nos toca renovar y revitalizar para hacerla accesible a los hombres y mujeres de hoy. Pero considero que es una falsa disyuntiva optar por ser oasis en medio de la increencia y la secularización o fermento creyente en medio de la levadura del mundo. La tarea de todo cristiano es hacer brillar el resplandor de la fe, así como lo hicieron nuestros predecesores, cada uno en el lugar donde esté y en la coyuntura que le sitúe la vida. Los primitivos cristianos no se plantearon estrategias de expansión, en el ámbito público, ni de retirada, en el vínculo eclesial, simplemente afrontaron los que le tocó vivir, eso sí, plenamente encarnados evangélicamente en la Historia: fuera el martirio en las persecuciones o fuera la presencia pública a partir de Teodosio (380 d.c).

    Lo importante en definitiva, es la sinceridad, radicalidad y autenticidad de la vida cristiana y el genio creador que impulsa la misma determinarán el tipo de presencia en la sociedad. Los monjes lo lograron con su vida de contemplación y trabajo, constituyendo los monasterios un foco de civilización. Quizá hoy nos toque, para ser creíbles, vivir el cristianismo con la misma intensidad, disciplina y ascesis que ellos pero, en un mundo descreído, ser luminarias, antorchas, auténticos “teóforos” (portadores de Dios) que comuniquen de nuevo, con su vida, con su estar en el mundo, la esperanza y la Buena Nueva de la “civilización del amor” (Pablo VI).

Gabriel Alonso

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