En nuestro continente la expresión tópica de esta situación ha culminado, hasta ahora, en el preámbulo de la Constitución Europea, mantenido intacto en el Tratado de Lisboa. En él se consuma la ruptura con ese núcleo que en el lenguaje religioso universal, especialmente en el monoteísta, se llama o se sintetiza en Dios.

Situada en el proyecto general del Nuevo Orden Mundial, del que ya es sólo un apéndice, la Europa unida debe sustituir las señas de identidad particulares de cada uno de sus pueblos por las definiciones comunes que la Constitución única y los sucesivos instrumentos que la expliciten vayan elaborando. Lo cual ha tenido una primera expresión en el campo religioso del que, como se sabe, se ha hecho desaparecer la mención del nombre de Dios y las referencias al cristianismo. Ello representa uno de los objetivos básicos de este Documento, cuyo desarrollo será considerado primordial cuando llegue el momento previsto, dando así la oportunidad de implantar un modelo racionalista y profano a escala del continente. La intención de vaciar a Europa de Dios se extenderá, con toda probabilidad, a todo lo que lleve el signo de Dios. Así está previsto, y escrito en algún sitio.

En todo caso, la referencia a lo divino y cristiano determinó, desde sus orígenes, la orientación de las realidades mayores de la Europa naciente: los conceptos del mundo y del hombre, la existencia personal y colectiva, las formas religiosas, el pensamiento, la cultura, el conjunto de su civilización. Más adelante ella fue difusora en el mundo de este Evangelio cristiano. La fractura religiosa del siglo XVI no alteró durante mucho tiempo lo esencial de estos datos, aunque sí propició un debilitamiento, que sería incrementado por las corrientes racionalistas de la Ilustración, por las ideologías materialistas de diverso signo, y finalmente por el relativismo de nuestro tiempo.

La figura sustancial de Europa fue moldeada por este contenido cristiano. Ciertamente en ella han actuado otros elementos: pensamiento hebreo, filosofía griega, derecho romano y algunos componentes de procedencia no islámica sino árabe, como las traducciones de autores griegos realizadas en la Siria cristiana (siglos IV-VII. Pero su presencia debe ser considerada también, de manera muy significativa, como una contribución de la cristiandad, que asumió la misión de conservar, investigar e incorporar ese legado a la herencia común europea. ¿Cuál habría sido el destino de ese patrimonio si las invasiones bárbaras e islámicas no hubieran sido detenidas o integradas en la civilización cristiana?    

En ese preámbulo se ha sintetizado la nueva filosofía, excluyente de la herencia cristiana. Europa no pone, con esta Constitución, el cimiento de su futuro, sino que retira la ‘piedra angular’. Quiere ser la declaración de un comienzo, pero es la proclamación de un final: el de Europa. La disolución de su elemento germinal y nucleador determina su extinción. Europa no va a ser una realidad nueva; sencillamente, va a dejar de ser Europa en la medida en que deje de ser ella misma. Porque las cosas no son porque tengan un nombre y una apariencia, sino porque poseen una entidad sustantiva. Pero Europa parece preferir despojarse de la suya, y las instituciones, recursos y proyectos de los que se está dotando sólo cumplen una función formal, como sillares de un edificio construido sobre arena.

Estamos ante la proclamación del nuevo evangelio de Europa: un Evangelio apócrifo.  Con él se la ha rebautizado en el nombre de otra trinidad: la Razón, la Libertad, el Progreso. Estas divinidades estaban ahí desde hace mucho tiempo, pero no habían ascendido todavía al altar, del que se está haciendo descender el Nombre de Dios, su Ley, su Evangelio, su Iglesia, su Cruz: todo lo que había animado el alma de Europa

Este nuevo orden europeo se asienta sobre un desorden constitutivo, por cuanto los dinamismos a los que se confía: ética, poder, razón, ciencia, política o libertad, quedan, cada vez más, fuera de la Ley, de la Razón y del Orden primordiales. Es como si la tierra decidiera dejar de girar al rededor del sol para hacerlo en torno a sí misma.

Hemos establecido la contradicción entre Dios y el hombre, entre lo espiritual y lo temporal, entre religión y política. Pero ya no nos entretenemos, como en el pasado, en analizar la dialéctica de estas oposiciones, sino que pasamos a declarar caduco el primero de esos elementos. Por consiguiente, no hay lugar para ellos en la esfera pública. Ahora bien, suponer que Dios no cabe en una Constitución equivale a decir que Dios queda fuera de la razón, del orden humano, de la sabiduría y del progreso del hombre.

La nueva democracia europea no tiene pasaporte para Dios, a quien hemos puesto fuera de la ley. Lo tiene para cualquier civilización, religión o cultura que llame a sus puertas, por muy extraña o enemiga que haya sido de Europa, pero no para quien es el más antiguo de sus habitantes, para quien ha marcado más profundamente su pensamiento y su vida.

Ahora bien, dejar a Dios fuera de Europa es anunciar su disolución, no la de Dios sino la de Europa: todos saben que Él ha sido su verdadera y permanente constitución interna. No siempre la de sus Estados, instituciones y leyes, pero sí, casi siempre, la de sus pueblos hasta tiempos cercanos a los nuestros, bajo cristiandades católicas, protestantes u ortodoxas. ¿Creemos que el proyecto de la nueva Europa está mejor diseñado y va a ser más eficaz y resistente que el de la Europa tutelada por una modernidad que finalmente hubo de ser declarada concluida por estéril?

La intención del preámbulo no es la de certificar un hecho sino la de establecerlo: dar por terminada la era cristiana en Europa. La ausencia de Dios no es un dato ni histórico ni sociológico general, pero debe llegar a serlo, y cabe pensar -así lo  piensan muchos- que su eliminación de la Constitución es la advertencia de su expulsión efectiva, más o menos cercana, de todos los niveles fundamentales de la vida real.

Se trata, en efecto, de una decisión gratuita que no encuentra ningún argumento válido ni en la razón, ni en la experiencia; una decisión que no proviene de una opción de la sociedad, como no lo han sido nunca las iniciativas ideológicas o políticas contra Dios. Desalojar a Dios antes de haberle encontrado un substitutivo adecuado, o bien creer que ese sucedáneo existe, o que se puede vivir sin ambos, sólo se produce en situación de irracionalidad obsesiva, en contra de la experiencia humana acumulada desde los orígenes. Las culturas más desarrolladas, etapa en la que creemos encontrarnos, no son las que cultivan más habilidosamente la ciencia y el progreso, o las que hablan más clamorosamente de libertad, sino las que poseen un conocimiento superior del hombre, las que, por tanto, permiten desarrollar las dimensiones humanas más profundas, que parten y transitan por la cercanía de Dios.

Sucederá que este preámbulo será considerado un monumento a la perpetua memoria de la incongruencia humana: “¿por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean un fracaso?” (Sal 2, 1). Europa no cree en Dios pero sí en Nietzsche, de quien ha escuchado que “Dios ha muerto”, y pasa consiguientemente a eliminarlo de su porvenir. Pero el resultado no es la aparición del superhombre, europeo o universal, sino el que él mismo había sido previsto: muerte de la cultura, nihilismo, vaciamiento espiritual, es decir, secularización de la filosofía, abolición de la metafísica, positivismo de las ciencias humanas, agnosticismo, relativismo existencial y moral. Tras ello sólo queda una frágil ética, o más bien una voluntariosa política destinada a la construcción de la Europa civil.

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