Decía el Cardenal Ratzinger en la Conferencia de Subiaco, 1 abril 2005, dos días antes del fallecimiento de Juan Pablo II: “Las motivaciones por las que la Constitución Europea no contempla al cristianismo entre los fundamentos de Europa presuponen la idea de que sólo la cultura ilustrada radical podría ser constitutiva de la identidad europea”. Y añadía: “La coexistencia en ella de diferentes culturas religiosas es admitida en la medida en que respeten y se subordinen a los criterios de la cultura ilustrada, que mide todas las cosas por el único criterio de la libertad”. Ahora bien, la libertad genuinamente humana es la que se reconoce inseparable de la verdad, la que es indagadora y creadora de obras verdaderas, humanas.

La nueva etapa, presidida también ahora por la esfinge de la libertad, quiere situarnos en el postcristianismo. El cristianismo, nos aseguran, ha sido superado. Al dogma sobre Dios sucede ahora la afirmación del hombre, el credo que sostiene la hegemonía definitiva del hombre y de su obra. Por eso debe desaparecer la presencia de lo cristiano como algo que la modernidad ha desacreditado con la fuerza de su verdad y de sus obras. Da igual -se sostiene- que muchos europeos se sientan todavía cristianos, o que los vestigios de la vieja cultura pueblen aún casi todos los rincones del continente. Unos y otros representan el pasado, ya extinguido como representación válida del nuevo orden humano.

Dicho orden, continúa afirmando el nuevo dogmatismo, debe ser desde ahora total y exclusivamente humano: moldeado enteramente por el hombre, al margen de Dios, de la conciencia o de la Iglesia. Es una decisión -y un progreso- ya irrenunciable, que forma parte del nuevo sueño y de la nueva imagen que el hombre tiene acerca de sí mismo. El hombre es ya depositario de la verdad, el que señala la trayectoria a seguir, por tanto el que impone las reglas del juego. Caminar en la dirección contraria es declararse incompatible con él y con el sentido común. Tenemos ya nuestra propia ley, fundada en la razón; poseemos la ciencia, la libertad, el bienestar, el poder y el placer. Ellos son la nueva fuente de salvación y felicidad. Tal es nuestra nueva propuesta para la creación del reino de este mundo.

Europa cree en el fin de la historia: la que ha tenido por eje a Dios; ahora emerge el tiempo del hombre. Pero se trata, como diría Hegel, de una “frivolidad metafísica”, de palabras insensatas de un hombre alucinado que quiere dar por concluida la aventura humana hacia Dios, pero que en realidad obstruye todos los caminos del hombre. La autoafirmación frente a Dios reproduce el gesto de Lucifer y el de Adán, y anuncia su mismo destino.

En este punto parecen necesarias algunas reflexiones a la luz de ese análisis teológico. Sus premisas nos dicen que el posicionamiento del hombre ante Dios es decisivo para el resultado de su obra personal y colectiva. Así lo insinúa el primero de los actos humanos del que tenemos noticia: el que tuvo lugar a la sombra del árbol del paraíso. Allí el hombre decidió hacer su propia elección en sentido opuesto a la que Dios le había sugerido: probó el fruto vedado, con secuelas que desviaron el signo de la historia y que exigieron la intervención reparadora del propio Hijo de Dios. Entonces se evidenció que plantear la acción y el progreso humanos al margen de Dios sólo conduce al destierro: del paraíso y de sí mismo.

De hecho, cuando la historia evacua a Dios se vacía de sí misma. Él sustenta toda realidad humana positiva, en todo su devenir y en la totalidad de sus expresiones. Al margen de Dios la naturaleza humana se eclipsa, porque ha ingresado en ella a partir de su creación por Dios y de la participación en su ser. Dejar su vestido divino significa para el hombre desnudarse de sí mismo, porque toda su realidad proviene  de su semejanza con Dios. Desprendido de ella se encuentra a solas con su perfil inicial, cuando era todavía una figura informe de polvo y barro, antes de que sobre él viniera el soplo del espíritu de Dios.

Separarnos de Aquel que Es, como Dios se define a Sí mismo, implica para nosotros dejar de ser e instalarnos en la nada. No podemos evitar que al situarnos fuera de Él nos expatriemos de la realidad, ni que lo que se construya al margen de Él sea un espejismo. Fuera de Dios no hay tiempo, ni realidad, ni verdad. No podemos evitar que sea así, como no podemos impedir que DIOS SEA DIOS. Nada de lo que el hombre elija en su lugar puede suplir mínimamente lo que ha perdido. Pero los europeos, desasidos del espíritu y prendados de la materia y de la ciencia, han renunciado a la Gracia y a lo Real. Ahora bien, las cosas -la materia- ni sustituyen ni son la Realidad. ¿Qué riqueza les queda entonces a los europeos, para sí y para los otros, ellos tan opulentos antes ante el mundo?

Ocurre, en efecto, que la frustración en el plano divino se traslada también al humano. Fracasado lo esencial, el resto se malogra. No hay éxitos a costa de Dios.  Nada tiene futuro cuando escapa al ecosistema natural y divino en que el hombre ha nacido. Cuando sus actos no son acordes con la realidad humana integral, por tanto con la integridad de la verdad y del bien, pierden en la misma proporción su dimensión humana. Es lo que nos dicen los santos y místicos de nuestro tiempo: ‘nuestra libertad se ha convertido en nuestro infierno’, ‘nuestra leyes humanas no ya tienen ninguna raíz’. El  profeta Isaías advertía: “ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas” (Is 5, 20).

La memoria perdida de Dios deja al hombre sin la memoria de sí mismo, y su eclipse es el anuncio del fin: nada sobrevive a Dios. Nada puede subsistir después de haber dejado morir, en nuestra conciencia, al autor de la vida. Durante much os siglos, y hasta ayer mismo, los europeos han leído en la Escritura y han creído convencidamente que “si el Señor no construye la casa en vano se cansan los que la edifican” (Sal 126, 1), que “sin Mi no podéis hacer nada” (Jn 15, 5), o como decía Santa Teresa: “sin Dios no podemos ni torta”; habían creído que “la sabiduría, la prudencia y la sensatez proceden de Dios” (Ecl 11, 15). ¿Qué ha sucedido para que los europeos hayan olvidado estas evidencias elementales?

La voluntad de sofocar la memoria de Dios tiene, más bien, acentos de amenaza final, no sobre Él sino sobre nosotros. Tal eliminación, si es que tuviera alguna posibilidad de ser efectiva, nos dejaría sin el fundamento. Desechado éste, del edificio construido como monumento del orgullo no quedará piedra sobre piedra. Si la exclusión del cristianismo se consumara ello sería la certificación de que Europa ha muerto como espacio de humanidad: donde no hay lugar para Dios ¿hasta cuándo lo habrá para el hombre?

Sin embargo, “estas cosas están ahora ocultas a sus ojos” (Lc 19, 42). Esos ojos que necesitaríamos para ver en la noche por la que atravesamos. Para ver y comprender que Dios es el máximo progreso alcanzado por el hombre, que sin Él quedan rotos todos los equilibrios morales, y aparcados los problemas cardinales: Dios, el Hombre, el Bien, la Verdad, la Libertad, el Sentido, la Muerte. De hecho, no han sido las luces de la razón las que han hecho vivible y comprensible, para la mayoría de los hombres, la existencia humana y sus preguntas básicas, sino las miradas que se han dirigido a Dios. Las luces y la ilustración indispensables no son las que nacen de la mente humana, sino las que ésta enciende en la Luz de Dios, en su Sabiduría y Verdad.

Pero la ausencia del Logos, de la fuente de racionalidad y sabiduría supremos que es el Verbo de Dios, abre la última puerta a un desorden que puede llevar al fin de la civilización. Habíamos afirmado, desde Aristóteles, que el hombre era la medida y la razón de todas las cosas, pero ahora ignoramos si hay alguna razón y medida para él, excepto la del poder o la ciencia. Es previsible un momento culminante para esta babel actual, que puede sobrevenir cuando de ella surja el Hombre de la Confusión, quien, pretendiendo ser la encarnación de la Luz y la Verdad, actuará como verdadero Leviatán, Príncipe del Caos.

Sucede que desde el comienzo de la historia alguien busca y alguien se prepara el nuevo trono y altar de la tierra. Pero como nos advierte la Escritura: “sus proyectos son engaño” (Sal 118): todos los proyectos urdidos contra “Dios y contra su Cristo”, y que tienen un origen común en el que la misma Escritura llama “el adversario”,  “el jefe”, “príncipe” (Jn 12, 31; 16, 11) y “dios de este mundo” (2 Cor 4, 4), y describe como “la Bestia que sube del abismo” (Ap 11, 7).

Pero, como asegura el propio Cristo: “ahora Satanás es echado fuera” (Jn 12, 31). El reino de este mundo, del que él cree ser señor, está ahora a punto de desplomarse, precisamente cuando ‘la ‘voluntad de poder’ de Satán y sus prosélitos parece afirmarse definitivamente: “el trono de la bestia y su reino es ahora cubierto de tinieblas” (Ap 16, 10). Entretanto, escuchamos un rumor en los cielos: “todas las criaturas de la tierra, de los abismos y del mar abatieron sus coronas delante del trono y se postraron delante del Cordero, y adoraron al que vive por los siglos de lo siglos” (Ap 5, 14).

 

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