Dar por definitivamente anulada la hipótesis de Dios significaría el máximo desatino del sentido común, para Europa y para la humanidad. El desafío a Dios se convierte en amenaza total para el hombre. Hasta ahora habíamos descrito con esta expresión hechos tales como la guerra fría, el colapso atómico o la destrucción ecológica. Pero nada más amenazador que el exilio impuesto a Dios. Algo que para Él resulta una intimidación ociosa, pero en lo hay para nosotros un ultimátum en el que se nos condena a un vacío metafísico y existencial, y tal vez a un desastre bastante más tangible. En todo caso, ahí tenemos al hombre que, aunque orgulloso de sus poderes científicos y técnicos y de su bienestar material, habita un mundo convertido en feria de vanidades. “Todo se tambalea y la tierra tiembla”, pronosticaba el mismo Nietzsche ante la perspectiva de esa ausencia de Dios.

Despojada de su espíritu, Europa se desconoce y se niega a sí misma, ante sí misma y ante el mundo. Es el resultado, ya descrito, de toda negación de Dios. Ella ha cortado su cordón umbilical, no para iniciar una vida autónoma, sino para extirpar, al menos momentáneamente,  el hilo de la vida. Europa se extingue cuando apaga su luz y su alma, y deja de ser para los demás pueblos el referente de cualquier valor humano y espiritual superiores.

Thierry Molnar escribió que “Europa se ha salido de la historia”, lo que significa que  ha perdido el pasado y no encuentra el futuro, si no es en la búsqueda del bienestar y de la ciencia. Aunque tal vez habría que decir que es el hombre el que se ha salido del hombre, el que ha abandonado su casa y su nombre, o más exactamente, que se ha salido de Dios, es decir, del alveolo en que ha sido engendrado. Entonces ha buscado otros progenitores y se ha convertido a otros maestros y a otros evangelios. ¿Qué bancarrota del pensamiento ha podido producirse para que, por ejemplo, las enseñanzas de Marx, Nietzsche o Freud hayan sustituido, en tantas mentes, a las del Evangelio, hasta que también ellos han sido recluidos en las catacumbas de la postmodernidad?

Europa está incurriendo en una trágica irresponsabilidad por el hecho de mantener desprestigiado e hibernado el pensamiento más dinámico que ha conocido la historia y al que ella debe lo mejor de lo que ha sido. Sin embargo, tanto los pueblos como los individuos necesitan arraigos profundos y duraderos. Porque ¿cómo estar en la vida y en la historia sin conocer nuestra genealogía, sin saber de dónde venimos, ni quiénes somos, ni a dónde vamos? Sin ello no somos ni estamos en ningún sitio. Si no tenemos un punto de partida no podemos señalarnos ninguna meta. Empezamos a ser y a estar a partir de lo que somos originalmente: sin pasado no hay futuro, sin raíces no hay árbol: no se nace de la nada.

Pero Europa, y en general el mundo de cultura occidental, quieren ser hoy el fruto de la nada: una construcción imaginaria, asentada en la negación, en un no-ser. De ahí que en nuestro tiempo cada día nacemos de la nada, porque rechazamos el ayer. Pero sin ayer no hay hoy; por eso vamos de nada en nada, hacia la nada, porque esa nueva nada -la de cada día- se sostiene en nada. El cercenamiento de las raíces es un salto al vacío y al nihilismo.

De ahí que el peor presagio para el proyecto de Europa deriva de la situación de intrascendencia metafísica y espiritual en que al presente se halla asentada su cultura. Ello hace utópico el sueño europeo, con ésta o con cualquier Constitución que parta de las mismas premisas. Algo que contrasta con lo que había sucedido hasta ahora: Europa había elegido siempre, para rejuvenecerse, la reivindicación de los orígenes; tal fue el caso del Renacimiento y de la Reforma, incluso si falsearon algunas de sus interpretaciones.

Había en ello una cierta reproducción de uno de los mitos más universales, con gran presencia en la Edad Media: el del Ave Fénix, renacida siempre igual a sí misma, que retorna siempre a su misma patria y a su mismo ser, y que después de inmolarse periódicamente, se rejuvenece recobrando de sus propias cenizas un ser nuevo, que no es alteración del anterior, sino idéntico a sí mismo. Sabe que una mutación podría desfigurarla y destruirla irremediablemente, y que allí acabaría su historia, aunque el sustituto que tomara su lugar adoptara su mismo nombre y forma. Por eso quería sobrevivir permaneciendo fiel a su identidad sustancial. ¿Qué otra es la lección de la naturaleza en su invariable renovación cíclica?

Ese es también el estilo de Dios: innovar restaurando. Como en el bautismo, que no crea en nosotros un ente nuevo, sino que nos restituye al estado original. Como Cristo al volver a la vida, después de su aniquilación en la cruz y en el sepulcro: retoma su propia vida y su mismo cuerpo. El profeta Isaías había predicho del Mesías: “reconstruirás viejas ruinas, levantarás sobre cimientos de antaño; serás llamado reparador de brechas, restaurador de casas en ruinas”. Todo esto formaba parte de nuestra tradición cultural y religiosa.

 Pero hoy Europa se está vaciando del Espíritu, por tanto de los dones que le acompañan. Está extinguiendo la fuente de la Luz y de la Vida. La construcción del futuro sobre el vacío de Dios y del humanismo espiritual, que ha sido, bajo diversas formas, la constante de la historia humana, de manera particular en Europa, augura al proyecto que estamos forjando un porvenir muy poco estable. Sobre esta subversión de nuestra identidad y sobre el desafío a la soberanía de Dios, no es posible levantar ningún proyecto viable. El futuro posible –sostenible- hay que esperarlo de Aquel que “ha hecho al hombre un poco inferior a los ángeles y lo ha coronado de gloria y dignidad” (Sal 8, 6).

 Con esta nueva puesta en escena Europa corre el riesgo de sufrir el expolio de  esa herencia en la que, a través de la fe cristiana, había recibido el don más espléndido. Ahora, sin Dios la nueva Europa va a ser condenada al infierno. En ella la suerte del hombre queda en manos de los hombres: sus leyes y gobernantes se convierten en los depositarios de la sabiduría y de la providencia que se niega a la divinidad. La Iglesia laica es ahora definidora del bien y del mal, intérprete y garante de los destinos del hombre.

Pero esta situación no nos lleva al fin de la ‘decadencia de Occidente’, sino a su consumación. La Europa postcristiana será posteuropea, construida a la vez sobre los restos de la cristiandad y sobre los escombros ideológicos de la modernidad. El vuelo libre que quiere emprender se trocará en caída libre hacia el irracionalismo, en forma, tal vez, de un paganismo y un totalitarismo desconocidos hasta ahora.

Europa será entonces una palabra sin contenido europeo, desprovista de un concepto propio, históricamente irreconocible, y condenada al ocaso por las mismas razones por las que la modernidad y las ideologías totalitarias se han colapsado: la expulsión de Dios y la asfixia espiritual.

En ese clima de depresión metafísica, Europa no estará ya habitada por el hombre europeo; será un continente poblado de sombras. El hombre es su sombra cuando se desprende de su figura interior; la externa es sólo un receptáculo, que puede quedar desocupado cuando hemos ‘extinguido el espíritu’ (cf 1 Tes 5, 19), que es siempre una participación del Espíritu del Dios vivo.

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