Este trabajo se elaboró inicialmente cuando 

se preparaba la Constitución Europea, pero

su espíritu se supera después de ser rechazada.

Por eso, parece conveniente mantener la alusión a la misma

y las consideraciones que sugiere.

                       P. Anselmo Álvarez OSB

 

No abordo este tema ni desde la perspectiva política ni como historiador. Invoco ante todo mi condición de monje, pues son conocidos los vínculos muy estrechos que tenemos con Europa. Si me permiten esa libertad: Europa es cosa nuestra desde su cuna: conocemos la criatura de la que, en buena medida, hemos sido progenitores, a la que hemos educado y conducido hasta su mayoría de edad. Después hemos acompañado sus pasos y sus aventuras -y desventuras-. Hoy estamos un poco perplejos ante esta criatura, como seguramente les ocurre también a muchos de Vdes.

La actuación de la Iglesia y de los monjes desde la primera hora, dio a la configuración europea un signo cristiano y teológico muy perceptible, representado en Cristo, el Evangelio, la Fe, la Gracia y la cristiandad.

 Por eso me acerco al tema a partir de algunas consideraciones inspiradas en la teología de la historia, que viene a ser el saber más certero acerca de las profundidades del acontecer humano. En realidad, sólo quien conoce a Dios conoce al hombre: en Él, en cuanto origen de todos los seres, está el arquetipo primordial de todos ellos, y en particular el de quien lleva su misma imagen. Por eso, es imprescindible mirar a Dios para reconocer al hombre.

Este hecho sigue siendo determinante a la hora de comprender más exhaustivamente los acontecimientos humanos y sus protagonistas, y es desde luego clave para discernir muchos de los factores esenciales que intervienen en la crisis actual de Europa. Se va a tratar, por tanto, de una evaluación hecha desde los presupuestos y valores que ella misma se dio como marco de referencias fundamentales, y que han permanecido vigentes, en el conjunto de la sociedad europea, hasta tiempos todavía muy próximos. Ello hará que algunas de las valoraciones que siguen puedan resultar inusuales, y desde luego políticamente incorrectas. Me permito sugerirles que, en este punto (como en otros), se atrevan a practicar esta incorrección como muestra de una buena salud intelectual.

¿Por qué hablar de desintegración cuando Europa está viviendo desde hace más de cincuenta años la euforia de su unión y está recorriendo tantas etapas en ese camino?

 En realidad, son dos las sendas que Europa tiene abiertas ante sí: las institucionales, que marcan los pasos de la unión política, jurídica y económica; por otra parte, las que señalan el cambio de signo de la conciencia europea. Es aquí donde se encuentra el fermento de esa deconstrucción a que el hombre europeo parece cada vez más fervientemente entregado. Se trata de la cuestión que ha centrado la reflexión de tantos observadores de la realidad europea desde la perspectiva de su crisis espiritual. Empezando por escritores rusos como Dowstoviesky, Berdiaief y Solzenytzin, o los occidentales contemporáneos como Thierry Molnar, Giovanni Reale, Remy Brague, George Weilgel y, en otro nivel, Juan Pablo II (Carta Apostólica Iglesia en Europa, 2003), Benedicto XVI (entre otras obras Europa, grandeza histórica y moral), y los documentos de las Conferencias Episcopales Europeas.

¿Qué ha sucedido en este orden de cosas?, ¿cual ha sido el desencadenante de esta desintegración en curso? Como causa fundamental parece que hay que señalar la disolución del núcleo a partir del cual tomó cuerpo y sobre el que se mantuvo compacta la realidad histórica europea: su universo metafísico, espiritual y humanista. O más exactamente, el alejamiento respecto a ese núcleo, ya que la naturaleza suprahistórica del mismo asegura su integridad por encima de los vaivenes humanos.

La inestabilidad fundamental que recorre el espacio humano europeo proviene, en efecto, del alejamiento de ese núcleo; todo lo que se separa del centro se desintegra, como se desintegra el cuerpo separado del alma. La subversión del mismo ha trastornado sustancialmente la figura y el espíritu del hombre europeo, y ha desarticulado su contextura interior. Ha sido un fenómeno de larga gestación en el que han intervenido diversas concausas: la acción de las filosofías iluministas y de las ideologías materialistas, el agotamiento de las ideas e impulsos históricos, el debilitamiento de la fe en los valores trascendentes, la decisión deliberada de poner fin a un ciclo histórico multisecular aunque no se dispusiera de un modelo de recambio, como sucedió con la declaración del fin de la modernidad, para la que no hubo ninguna propuesta alternativa.                          

En todo caso, la desintegración de Europa tiene el sentido y el efecto de una desvertebración de la misma, consiguiente al empeño de renunciar a sus genes, aun  a sabiendas de que no es posible anular o transmutar los genes sin que el organismo perezca. De hecho, la construcción política del continente se está levantando sobre las ruinas de la vieja casa europea, mediante una acción deliberada que proyecta el nuevo edificio con materiales y diseños que son extraños a su estructura fundamental, aunque algunos de ellos vengan siendo ensayados desde hace tiempo.

Un Pueblo, o una comunidad de Pueblos, no es sólo una geografía, unas fronteras o una población; ni siquiera es el resultado de la existencia de un Estado, de un sistema político o de una Constitución. Todo eso forma también parte de la configuración de los pueblos, pero es sólo su infraestructura. Con esos elementos en cualquier momento y lugar puede hacer aparición casi de la nada una nueva nación, como sucedió en Oriente Medio después de la 1ª y 2ª guerras mundiales, o en el África descolonizada.

Los elementos esenciales de un pueblo vienen determinados por el espíritu, la tradición, la historia, los valores espirituales y morales, la cultura, la lengua, las instituciones naturales como la familia y la sociedad. Ellos son los que definen su identidad –su alma-, y su eclipse provoca su decadencia o su ruina, aunque persista una fachada.

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