Escribo estas líneas la mañana del Domingo de Resurrección y, en una fecha así, no está permitido el desaliento; sólo lo totalmente contrario, la esperanza. Este Lunes Santo pasado ardía la catedral parisina dedicada a la Bienaventurada Virgen María, Notre Dame. Se han podido leer y escuchar muchos comentarios históricos, culturales, religiosos y numerosas metáforas y simbolismos evocando paralelismos de todo tipo.

Déjenme aportar el mío. La catedral francesa es un gigantesco homenaje a la Madre de Dios y, a la postre, a su Hijo Jesucristo: ante todo y sobre todo, no cabe olvidarlo. La ya anunciada reconstrucción será llevada a cabo por muchos motivos, todos legítimos y plausibles, pero me temo que muchos de ellos desgajados del origen último que la hizo posible. Los tiempos cambian y la “Europa de las catedrales” ya no existe. No lo subrayo con nostalgia pues cada momento histórico vive sus peculiares circunstancias; el actual en nuestro continente es el del eclipse de Dios.

Pero los grupos de personas rezando contemplando arder Notre Dame, los repetidos y variados homenajes espontáneos que ha recibido la construcción, las vidas arriesgadas por los bomberos y demás equipos y la sensibilidad unánime que ha despertado el acontecimiento hacen pensar en que no hay mal que por bien no venga.

Lo que cabe preguntarse es que si por mucho que hayan mutado los tiempos, se puede relegar la centralidad de la intención cúltico-litúrgica de un templo tan emblemático. Lo digo por lo siguiente. La Catedral parisina es el monumento más visitado de la capital francesa, que es llamativo en una ciudad como la capital francesa y es tanto como decir el más frecuentado por los visitantes de toda Francia. La última vez que lo visité me causó una profunda impresión un hecho relevante. Había establecido una suerte de circuito turístico que recorría los diferentes rincones y permitía contemplar las maravillas del edificio sagrado. Este estaba repleto de turistas, por miles ellos. Sin embargo, había una zona solitaria y totalmente vacía: era la girola tras el altar mayor. Allí, tras sortear unos cordeles y carteles –a izquierda y a derecha- que anunciaban que era un lugar de oración, se encontraba el sagrario con la Eucaristía. El espacio estaba completamente apartado de la masa de visitantes, pero ninguno, en aquel momento, había traspasado la delimitación y entrado a orar, reflexionar o, simplemente, descansar en silencio contemplativo.

Aquello me impactó. Riadas de gentes visitaban la gran catedral de París pero ninguna era capaz de penetrar el sentido profundo de toda aquella belleza, de todo aquel esfuerzo arquitectónico, de ese titánico canto a lo divino. Para los medievales que construyeron durante siglos estos templos existía una certeza, Dios existe, y aún más, estas construcciones quedarían vacías de sentido sin la presencia sacramental de Dios entre sus muros. Sin embargo, para sus herederos del siglo XXI, la razón de ser última y el valor primero y fundamental del Templo pasaban completamente desapercibidas. La soledad de la Presencia eucarística, como escondida en el conjunto catedralicio tras el altar mayor, solitaria y abandonada era una gran paradoja y una metáfora del olvido de Dios. Parecía como si el interés real estuviera en los muros,  vidrieras, rosetones, bóvedas y columnas –por muy espléndidos que fueran- y la adoración a Dios fuera algo secundario y marginal, arrinconada, nunca mejor dicho, en un lugar apartado y olvidado cuando eran miles de personas las que estaban en el interior. Ciertamente desolador y pensaba para mis adentros: ¡qué confusión, qué desnortamiento, qué injusto para Dios y para las gentes de ayer y de hoy!. Ni que decir tiene que pasé un rato largo en oración delante de la Eucaristía, durante el que no pasó nadie por allí, oyendo el murmullo de fondo de los numerosos turistas que visitaban el recinto, aparentemente sin perder detalle, excepto…lo más importante: lo que daba sentido a todo lo que contemplaban.

Pero, como decía S. Pablo, “examinadlo todo y quedaos con lo bueno”. Hay muchos aspectos positivos y esperanzadores en que Notre Dame fuera lo más visitado de París y en la reacción unánime de aprecio y valoración, cada uno desde su perspectiva, ante el desastre del incendio. Por un lado, me parece ser indicativo de una cierta nostalgia como la que expresa certeramente Mikel Buesa en una lograda Tercera de ABC: “La pregunta: ¿merece la pena –incluso desde posiciones agnósticas- minusvalorar o abandonar un Cristianismo que, con todas las críticas que se quiera, ha estructurado nuestra cultura y nuestros valores: el sentido de la vida, la dignidad de la persona, la hospitalidad, el perdón, la piedad, la solidaridad, la compasión, la cohesión social y un Occidente que muchos repudian sin saber lo que está en juego?”. U hoy mismo, Ramón Tamames: “Personalmente, me parece la manifestación más excelsa de Dios (el cristianismo), porque estamos influidos por toda esa cultura”.

Por otra parte, el que una catedral cristiana siga siendo el símbolo de Europa, de la historia de Francia, y del corazón de la cultura del continente europeo es también sumamente indicativo y clarificador, a pesar de que hubo corrientes que se negaron, en su momento, a explicitar lo obvio: que no se puede entender la europeidad sin la fe cristiana (como ocurrió en el texto constitucional de la Unión Europea –en el que se suprimió cualquier referencia a este hecho inapelable-). La conciencia elemental de la sociedad civil, una vez más, contradice las mentes ideologizadas de los políticos que en su cegera sectaria negaron la evidencia.

Pero demos un paso más hacia donde quiero llegar, el simbolismo o paralelismo que voy trazando. Para los que no lo conozcan Paul Claudel fue un célebre escritor, poeta y diplomático francés (1868-1955), hermano de Camille Claudel, de vida dramática, conocida escultora amante de Rodin. Formó parte de ese deslumbrante rencimiento cultural católico francés de la primera mitad del siglo pasado -que incluyó todos los campos del humanismo-. Claudel, a los dieciocho años, experimentó una profunda conversión al catolicismo hasta el punto de plantearse ingresar en la vida monástica benedictina. Fue la el día de Navidad (1886), el 25 de diciembre. Y la ocasión fue, precisamente, el asistir al rezo litúrgico de las Vísperas del día de la Natividad del Señor, en Notre Dame de París. Cantaba la escolanía de voces infantiles el “Magnificat” bíblico cuando fue protagonista de una experiencia mística que le brindó la certeza pacífica de la presencia del Misterio de Dios en su interior y en nuestras vidas: “Yo estaba de pie, en medio de la multitud, junto a la segunda columna, cerca de la entrada para el coro, a la derecha, del lado de la sacristía. Y allí se dio el acontecimiento que domina toda mi vida. En un momento, mi corazón se sintió emocionado, y tuve fe. Tuve fe con tal intensidad de adhesión, con tal exaltación de todo mi ser, con una convicción tan poderosa, con tal seguridad, que no quedaba margen para ninguna especie de duda

Lógicamente su proceso de conversión espiritual tuvo sus causas remotas (búsqueda personal, lecturas como Rimbaud y su sensibilidad poético-simbólica, etc) y causas próximas. Entre las últimas, estuvieron el contexto en que fue tocado por la gracia divina aquella tarde del día de Navidad. El culto litúrgico, el canto infantil de un texto bíblico, la imagen de Nuestra Señora con el Niño, la luz tenue del atarder –matizada por las vidrieras-, y un corazón dispuesto, sin lo cual la obra del Espíritu Santo es imposible. Aún hoy se puede acudir al rincón que describe el dramaturgo y embajador, a los pies de una columna y allí hay colocada una placa conmemorativa del suceso: no en vano fue uno de los grandes escritores franceses del siglo XX.

He entresacado estas frases textuales (en internet se encuentra el relato completo fácilmente) por su significación de cara a lo que sigue a continuación. Se dice que en la Edad Media se pudieron construir catedrales porque tenían certeza y no una mera opinión, como le ocurre a la civilización occidental hoy. Para llevar a cabo ciertas empresas hace falta un convencimiento firme y no únicamente conjeturas.

Claudel traspasó el umbral de la incertidumbre a la seguridad en la fe por un movimiento interior suscitado por la gracia divina que supo acoger y hacer suyo. De ahí nació una obra literaria que también significó un monumento a la fe católica. Pero este proceso no se produjo, finalmente, sino por las “piedras vivas” que constituyen el conjunto de la Iglesia como Cuerpo Místico: la multitud de  creyentes celebrando el Oficio divino, los niños cantores, la alabanza litúrgica, la intercesión de la Virgen María, en la advocación de Nuestra Señora, y la del Niño que acababa de nacer en Belén, la acción santificadora del Espíritu Santo…Sin esta presencia viva, los vidriales, rosetones, columnas, crucerías y arcos góticos se quedan en mera estética que ciertamente puede llegar a conmover pero no a convertir el corazón de raíz, tal y como describe Claudel.

De ahí el simbolismo de su conversión, precisamente en Notre Dame. El escritor, cuando se introdujo en la Catedral encontró un ambiente propicio, habitado por la fe y el culto: lo que le envolvió misteriosamente no fue el impacto de una visita turística, sino un entorno presidido por la presencia central de lo divino. Hoy, sin embargo, quizá porque los propios cristianos hemos convertido nuestras catedrales más en lugares de visita histórico-cultural que en templos vivos, la Presencia sacramentada de Cristo vivo permanecía solitaria, apartada, marginada: quizá también por tantos miles de personas que pasan por allí que, en su ignorancia o en su indiferencia, olvidan Quien habita en aquel rincón trasero del edificio.

El gran desafío es la conversión de los corazones. Hay planes ya multimillonarios de reconstrucción, plazos e incluso se debate sobre modelos de restauración de Notre Dame. Todo ello es magnífico y es de alabar y agradecer, ahora bien: ¿mueve al mundo la recuperación de un gran símbolo de tantas cosas o, como en el caso de Claudel, lo simbólico –Rimbaud y su simbolismo poético- es la preparatio evangelica que nos acerca a la grandeza de la fe: como los neoplatónicos para San Agustín? Esos bellos muros y esas hermosas torres han permanecido firmes, a pesar de que la techumbre y la portentosa aguja neogótica se derrumbase entre llamas. Como una metáfora de la solidez y la certeza de la fe cristiana de nuestros mayores, quizá sea una invitación a prolongar su labor durante siglos: constituir una Iglesia viva, como una nueva atmósfera envolvente como la que acompañó aquella tarde navideña a Claudel, y retornar a situar en el centro, no el continente sino el contenido de estos grandes templos: la presencia real y eficaz de Dios y la intercesión maternal de la Bienaventurada Virgen María.

Todo ello hizo posible la profunda conversión espiritual de nuestro gran escritor, ¿no es el momento de “vencer el mal con el bien” y partiendo de un error humano -el que dio lugar al pavoroso incendio- “reconstruir el templo en tres días”, también el Cuerpo de la Iglesia, en lo que nos toca y podemos, con la ayuda de Jesucristo –su Cabeza-, para reedificar no sólo Notre Dame, sino también Europa? Para hacer de ella el lugar propicio para una profunda mutación de nuestra frialdad e indiferencia y que el Continente pueda volver a ser un faro de civilizaciones, no sólo como arte o cultura, sino también en las profundidades del espíritu humano.

De este modo, tantos y tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo podrán encontrar la calidez mística que Paul Claudel halló en Notre Dame, y que le envolvió luminosamente en el instante más precioso y preciado de su existencia: su conversión a Dios. Así la corona de doce estrellas sobre el fondo azul mariano que forma parte de la bandera de la Unión Europea volverá a recuperar su verdadero simbolismo: la preminencia de Nuestra Señora (el título de la catedral parisina) sobre la construcción -siempre en marcha- del alma de Europa.

 

Gabriel Alonso

Domingo de Pascua de Resurrección 2019

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