La modernidad se ha venido entregando fervorosamente a esta obra de liquidación  y a la invención de un hombre imaginario e insustancial, aunque con figura de poderosa estatua gigante, como la que el profeta Daniel contempló en  visión, con cabeza de oro, piernas de hierro y pies de barro, a la que una piedra desprendida desde lo alto de la montaña echó por tierra, despedazándola. Cristo es esta alta cumbre, la cima y el vértice que nosotros nos afanamos por alcanzar y sobrepasar, en una acción repetida cada vez que alguien, humano o celeste, ha querido suplantar a Dios.

Pero hay que reiterar que lo que amenaza ruina no es el reino de Dios, sino el que para sí mismo se está preparando el hombre: la nueva babel, cuyas torres se están alzando por encima de lo que El permite. Hubo una sentencia ante el desafío de aquella primera Babel, a la que su arrogancia condenó a la dispersión. Los primeros hombres no pusieron entonces en peligro la soberanía divina cuando quisieron ser dioses por encima de Dios. Lo que arruinaron fue su propia condición humana, sólo salvada por el amor providente de Dios y por la acción futura del Redentor.

Tampoco la rebelión de Lucifer había removido el señorío absoluto de Dios. En ambos casos lo que obtuvieron fue la expulsión del cielo y del paraíso, el alejamiento de su presencia y la  desposesión de los bienes cuyo disfrute constituye el único destino de las criaturas.

Ahora tampoco Europa va a ser la que herede ese señorío. No lo va a recoger nadie porque no se va a desprender de las manos de Aquel que es ‘Señor de señores y de Rey de reyes” (Ap 17, 14), de Aquel a quien se conoce por derribar sedes, teorías e imperios. “Reconocer Mi poder es la raíz de la inmortalidad”, afirma Él mismo en el Libro de la Sabiduría (15, 3); por eso Europa agoniza,  porque rehúsa reconocer esta fuente de perennidad.

Tras las apariencias de dinamismo del mundo europeo moderno hay síntomas bastantes de un declive cuyo origen está en ese alejamiento del que tantas veces se hacen eco las palabras de Dios: “me abandonaron a Mí, fuente de aguas vivas” (Jer, 2, 13).

Todos nosotros hemos sido testigos del momento crepuscular de algunas realizaciones que habíamos considerado como la expresión por excelencia de nuestra capacidad para romper las opresiones y dar cumplimiento a las utopías liberadoras. Me refiero al colapso del espíritu del Renacimiento, de la Reforma, de las ‘Luces’, de los mitos liberadores y de las ideologías totalitarias que han obnubilado a innumerables espíritus y a las que se ha sacrificado a muchedumbres sin número. Utopías de las que se nos había asegurado que representaban finalmente la verdad, la justicia y la libertad soñadas.

Pero después de esta estafa sin precedente y de la quiebra de tantas expectativas, ¿quien ha pensado en devolvernos el tiempo perdido, la energía inútilmente derrochada, el pensamiento dilapidado, las esperanzas mofadas, las promesas incumplidas, las palabras transgredidas? ¿Quién va a restituir al conjunto de la sociedad la verdad violada, la libertad arrebatada, o la justicia escarnecida? ¿Quién piensa en ofrecer una palabra de disculpa o en reparar los estragos producidos sobre la razón y el corazón de los europeos?

¿Quién se apresta a rehacer la imagen del hombre, la energía histórica malgastada, los restos demolidos de la conciencia y del alma humanos? ¿Quién va a reparar la mentira, la ignorancia y la miseria que han sido volcados sobre el hombre? ¿Quién nos va a devolver al Dios prohibido, al ‘Cristo de nuevo crucificado’, a la Iglesia declarada infame y enemiga? ¿Hay algo en la postmodernidad que aspire a realizar esta obra de reparación?

 En todo caso, la postmodernidad es la expresión final de la incredulidad del europeo sobre sí mismo y sobre la obra que ha considerado modélica sobre todas. De hecho, hoy Europa cree tan poco en sí misma que renuncia incluso a asegurarse su posteridad biológica, y la entrega a los extranjeros. Con el agravante de que la invasión religiosa y cultural que representa, en concreto, la llegada de las masas árabes, la sorprende en los momentos de su máximo desarme en estos campos. En el horizonte aparece la amenaza formidable del Islán, que sí cree en sí mismo.

A los europeos se nos formula hoy la misma pregunta que Jesús planteó a su pueblo: “muchas buenas obras os he mostrado: ¿por cuál de ellas queréis apedrearme?” (Jn 10, 31); “por qué queréis matar al hombre que os ha dicho la verdad” (Jn 8, 14). El hecho es que los herederos de la Europa edificada en nombre  y al servicio de Cristo han terminado por considerarlo un intruso y un embaucador, y cultivan lo que ya se denomina la  ‘cristofobia’ de Europa. Como sucedió entonces, “solo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta” (Mt 13, 57). Por eso, tiene que preguntar: ¿por cuál de mis acciones o de mis palabras queréis expulsarme de vuestra tierra y situarme fuera de vuestra de la ley, o declarar vuestro tiempo y vuestra sociedad incompatibles con Dios?

Tampoco nosotros toleramos que nos advierta lo que ya en su tiempo reprochaba a su pueblo: no es eso; lo que buscáis, creéis y amáis  no corresponde ni a la ley de Moisés, ni a la del Evangelio, ni a la de los hombres. Estáis construyendo un falso hombre. Y es que el hombre prefiere construirse en falso si lo hace por sí mismo; es el pecado original. Hoy el viejo pueblo de Europa rechaza la soberanía de Cristo, como en el pasado la rechazó el pueblo de Israel. Entonces lo que éste recogió no fue la soberanía mesiánica, sino un exilio de dos mil años.

No obstante, es sabido que las actitudes contrarias a algo nos mantienen dentro de la órbita de lo que impugnamos, tanto más fuertemente cuanto más tenaz es la oposición. Por eso, Cristo sigue siendo el referente de Europa, incluso cuando se declara en antítesis con Él, a la manera como Satán no sale de la órbita de Dios cuando se alza contra Él.

En esa Europa de raíces cristianas, Cristo se ha alzado «como enseña para todos los pueblos» (Is 11, 10). Contribuir a ello ha sido, probablemente, su misión por excelencia. Ella fue la que, a través de Roma, recibió el legado de Cristo, y a su vez Cristo ha sido el don más eminente que Europa ha ofrecido al resto de los pueblos. En él Europa ha recibido, y a la vez ha presentado a muchos otros pueblos, la oferta entregada por Dios a la humanidad: el Camino, la Verdad y la Vida destinados a dar realización plena a la historia humana, en conformidad con el proyecto divino acerca del hombre. Los fallos evidenciados al servicio de esta misión, así como su deserción e infidelidad finales, no anulan ese destino que, como todos las que Dios nos confía en la tierra, pasan siempre por la fragilidad de las manos humanas.

La sabiduría de nuestros antepasados había reconocido en Cristo al único mediador de la única salvación: Piedra angular, Fundamento único, el que lleva  Nombre de redención y liberación, nuestra reconciliación y nuestra Paz. Con San Pablo sabía que ‘en Él habita la plenitud total de la divinidad y que en Él está la fuente de nuestra propia plenitud’ (cf Col 2, 9); sabía que “en Cristo se encierra toda sabiduría y toda ciencia” (Col 2, 3), por encima de toda ilustración y ciencia humanas.

Pero cuando la desventura de esta negación se haya consumado, también nosotros, como los judíos que regresaban del Gólgota después de la crucifixión, no tardaremos en preguntarnos: qué hemos hecho, y se cumplirá en nosotros lo anticipado por el profeta: “le llorarán como se llora al Primogénito” (Zac 12, 10). Entonces volveremos a confesar con el centurión romano que asistía a la escena: “verdaderamente éste era el Hijo de Dios” (Mc 15, 39). Hasta que, otra vez, la noticia que se extendió por Jerusalén tres días después vuelva a escucharse por todos los espacios de nuestro mundo: dicen que ha resucitado: “el Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros asesinasteis colgándolo de un madero. Pero la diestra de Dios lo exaltó haciéndolo Señor y Salvador” (Hch 5, 30-31).

Hoy Europa se asemeja a un templo solitario, que espera volver a resonar con el cántico nuevo de una sociedad renacida. Ciertamente, Europa está bautizada en el cristianismo, y eso imprime carácter. Lo cual mantiene abierta la esperanza de una renovación que está ya marcada en el calendario de Dios.

La obra de la razón en Europa, expresada en sus creaciones culturales o ideológicas, políticas, sociales o científicas de los últimos siglos, debe ser finalmente contrastada con esa Fe a la que Europa dio su asentimiento durante la mayor parte de su historia; Fe que contiene la palabra pronunciada por Dios para señalar el destino personal y colectivo de la humanidad.

Esa Fe nos dice que lo que no se inspira o no concuerda con la Palabra, la Sabiduría y la Verdad prototípicas, no es finalmente evaluable como aportación al crecimiento del hombre o al conocimiento de la verdad : “el que no siembra conmigo desparrama” (Mt 12, 30). Cuando occidente haya reducido el cristianismo a material de museo, la civilización que lleva ese nombre habrá dejado de existir. Sus productos tendrán ya otra raíz porque la matriz original se habrá vaciado y su fuente de identidad extinguido. 

Por el contrario, reconstruir Europa sobre los pilares del cristianismo no sería reedificarla sobre un pasado concluso, sino sobre un presente siempre abierto. El proyecto que él diseña es la referencia inevitable para cualquier concepción de la historia en la que el hombre figure como sujeto y como meta. Juiciosamente, el cristianismo no puede quedar excluido allí donde lo que se programa es la construcción del hombre, porque es en él donde, por primera vez, el hombre ha sido puesto en presencia de sí mismo: “he aquí el hombre” (Jn 19, 5). Sólo cuando el hombre haya dejado de ser el interés primario de su propia historia dejará de haber lugar para el cristianismo. Por eso, después de la experiencia histórica global, encomendar a nuestra sola capacidad la reinvención del proyecto humano es un acto de inconsciencia de consecuencias imprevisibles.

La restauración del hombre y la reconducción de la historia, incluida la de Europa, tiene como premisa la reposición de la ‘Piedra Angular’, el regreso de Aquel ‘en cuyo Nombre está la única salvación’ (cf Hch 4, 12). Sobre ese único soporte volverá a ser reconstruido el nuevo eje, el nuevo fundamento, la nueva racionalidad, la vertebración definitiva de todos los proyectos europeos y humanos.

 

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